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5 Enero 2015

Christopher Fleming

El Papa Francisco y el Medio Ambiente I

El Papa Francisco publicará en marzo de este año 2015 una encíclica sobre el medio ambiente. Según Monseñor Marcelo Sorondo, Canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias, el Papa quiere influir en la cumbre sobre el clima de París, que tendrá lugar en septiembre. Para Francisco el asunto es de tanta importancia que la encíclica será distribuida a todos los 5.000 obispos y 400.000 sacerdotes del mundo, para que ellos a su vez la distribuyan a los fieles en las parroquias. No contento con eso, en mayo convocará una cumbre de los representantes de todas las religiones del mundo en Londres, con la intención de mobilizar apoyos a favor de un acuerdo para frenar el cambio climático.


La postura de Francisco respecto a cuestiones ecológicas ha quedado cada vez más clara, con declaraciones de este tipo en 2014:

La monopolización de tierras, la deforestación, la apropiación del agua, agro-toxinas inadequadas son algunos de los males que arrancan al hombre de la tierra de su nacimiento. El cambio climático, la pérdida de la biodiversidad, y la deforestación ya evidencian sus efectos devastadores en los grandes cataclismos que vemos.

También ha salido en defensa de los campesinos desposeídos:

El sistema continúa sin cambios, porque domina la dinámica de una economía y unas financias sin ética. Ya no es el hombre quien manda, sino el dinero.

Su ecologismo, unido a su retórica anti-capitalista, le ha granjeado el aplauso de la izquierda política, pillando a muchos católicos conservadores con el pie cambiado. Sin embargo, creo que sería una torpeza reducir el asunto a la oposición entre izquierda y derecha en el plano político. Cuando se habla del medio ambiente se suele mezclar todo tipo de cuestiones, lo cual dificulta el análisis. Para valorar la postura del Papa habrá de desentrañar un poco estas cuestiones, una por una.

Primero, tengo que estar de acuerdo con Francisco cuando denuncia la inmoralidad del sistema económico global. Lo que mantiene en la pobreza más escuálida a los países en vías de desarrollo, aparte de la corrupción de sus dirigentes y las guerras promovidas y financiadas por el Nuevo Orden Mundial, es principalmente el pecado de la usura, practicada por la banca y sus organismos internacionales como la FMI. Sí, la usura sigue siendo un pecado mortal, aunque ya casi nadie hable de ella. Si el Papa Francisco decide combatir de frente las fuerzas diabólicas de Mamón en el mundo, le apoyaré sin reservas. Sin embargo, si su anti-capitalismo no se cimienta en principios católicos, y resulta ser el primer paso para caer en otro mal de igual gravedad, el marxismo, le resistiré. Viendo su incondicional amistad con la Sinagoga, tengo serias dudas respecto a la primera posibilidad. Dios dirá…

Luego, tengo que hacer un par de aclaraciones.Yo me considero un amante de la naturaleza. Soy montañero casi desde que tengo uso de razón; no hay nada que aprecio más que un paseo por el campo, o una ascensión a un buen pico donde me siento más cerca del Cielo. Valoro y respeto la belleza de los lugares naturales como el ecologista más convencido. Por lo tanto, nada tengo que objetar al ecologismo, si se trata simplemente de proteger los espacios naturales y cuidar la naturaleza, para que nuestros descendientes puedan disfrutar también de ella. A lo que objeto es al ecologismo convertido en religión. Es un fenómeno fácilmente constatable que a medida que Occidente se ha despojado del cristianismo, el ecologismo (entre otras cosas) lo ha reemplazado como guía moral. Hay personas que creen que son “buenas” por separar la basura para el reciclaje, ir al trabajo en bici o dar dinero a Greenpeace. La noción del pecado como ofensa personal hacía Dios ha sido sustituido por “ofensas” contra la Madre Tierra. Pero como todas las falsas religiones hechas por el hombre, es una religión mucho más fácil que la católica. Lo que resulta tan atractivo de la eco-religión es que, aunque vivas a todo tren y goces de una vida de placeres y comodidades, puedes lavar la conciencia plantando unos cuantos árboles en un país del Tercer Mundo, o pagando alguna organización que lo haga por tí. De esta manera la gente rica y famosa, sin ningún interés en guardar los Mandamientos de la Ley de Dios, puede vivir tranquila pensando que su vida inmoral está justificada porque participan en una campaña para salvar la selva amazónica, o una cosa por el estilo. Ya lo dijo Chesterton:

cuando la gente deja de creer en Jesucristo, no deja de creer sin más, sino que cree en cualquier cosa.

Cuento una anécdota, para que se entienda hasta qué punto el ecologismo puede ser una religión del Demonio. Hace años estuve recogiendo firmas para una iniciativa legislativa popular, para obligar a las autoridades a proporcionar ayuda material a las mujeres embarazadas en peligro de abortar a sus hijos. Pedí firmas a todos mis compañeros de trabajo, donde hay gente de todas las ideologías. Me imagino que muchos firmaron sólo por no decirme que no, pero hubo dos personas que se negaron: una era una femi-nazi de la que no esperaba otra cosa, y el otro era delegado de Adena (la ONG cuyo símbolo es el oso panda). Su explicación fue que el aborto le parecía fenomenal, porque reducía el exceso de población humana, que en su opinión dañaba la Tierra. Según él, lejos de dificultar el aborto, habría que fomentarlo, para matar al máximo número posible de seres humanos. Ante semejante apología del genocidio, en nombre del ecologismo, me quedé sin palabras.

La eco-religión que se predica hoy en día bebe de las teorías antinatalistas de Thomas Robert Malthus. Al principio del siglo XIX este clérigo inglés predijo erróneamente todo tipo de catástrofes debidas al aumento de la población humana. Charles Darwin recogió su idea de la necesidad de limitar las poblaciones humanas en pro de una mayor calidad de vida, y toda la corriente eugenista que nace con Darwin y su primo, Francis Galton, perpetúa el mito de la sobrepoblación. Digo que es un mito, porque con los avances en la agricultura y la producción de alimentos, la Tierra es sobradamente capaz de alimentar a todas las personas que viven hoy en día. De hecho, los países más densamente pobladas son los países más ricos. En pleno siglo XXI es el colmo del fanatismo que en Occidente se insista en las teorías fallidas de Malthus, sobre todo porque todos los países que antaño fueron cristianos tienen una tasa de nacimientos muy por debajo de la necesaria para el reemplazo generacional. Es decir, si no se da la vuelta a la tendencia actual (y es muy difícil de imaginar como se podría lograr), estos países están condenados a una extinción lenta pero segura.

En el fondo los ecologistas radicales ven la humanidad como un cáncer que hay que erradicar. Dado que no están dispuestos a dar un buen ejemplo auto-erradicándose, proponen exterminar a los que tachan de indeseables; antes eran los discapacitados; luego eran los pobres; ahora son los no nacidos. El término embarazo no deseado en sí es producto de la filosofía malthusiana, porque busca justificar el exterminio de los que supuestamente ponen en peligro la calidad de vida de toda la especie humana.

También habría que advertir que muchos de los que pasan por ecologistas no son más que comunistas disfrazados. Por esto se les llaman cariñosamente “sandías”; verdes por fuera, rojos por dentro. Con la caída del muro de Berlín en el ´89, millones de comunistas en Occidente buscaron otra causa con mayor proyección de futuro y vieron en la ecología una vía nueva para llegar a la misma meta. Sin tener que renunciar a sus principios fundamentales, como el ateísmo materialista, el colectivismo, o el anticapitalismo, se unieron a la lucha por “salvar el planeta”.

Ahora las ONG´s ecologistas poco o nada tienen que ver con el movimiento en sus inicios. El ecologismo o conservacionismo surgió en Inglaterra a principios del siglo XIX, con la Revolución Industrial, el consecuente éxodo rural, y la degradación de la calidad de vida en las ciudades. El poeta romántico, William Wordsworth, fue quizás el primer pensador que articuló la necesidad de preservar espacios naturales para el disfrute de futuras generaciones. Hablando del famoso Lake District del norte de Inglaterra, dijo esto en 1835:

Es una especie de propiedad nacional a la que cada hombre tiene derecho; todo aquel que tenga un ojo para ver y un corazón para alegrarse tendrá interés en ella. 

Esta conciencia conservacionista fue a más durante el siglo XIX en Inglaterra. A medida que las ciudades se fueron contaminando y afeando, el anhelo de sus habitantes por los lugares naturales aumentó. El celebérrimo autor, J.R.R. Tolkien, representa bien el espíritu ecologista inglés de principios del siglo XX, y su trilogía El Señor de los Anillos lo refleja claramente; los orcos, criaturas sin mezcla de bien alguno, talan los árboles por pura malicia, mientras que los elfos, criaturas angélicas sin pecado, cuidan de los bosques y viven en permanente armonía con la naturaleza.

Si el ecologismo no fuera más que lo que se transmite en los libros de Tolkien, yo sería el más ecologista de todos. Sin embargo, como he explicado, el movimiento ecologista hoy en día ha sido secuestrado por marxistas e idólatras, que en lugar de adorar al Creador, adoran Su Creación, y por este error fundamental caen en todo tipo de fanatismos. Si el Papa piensa escribir una encíclica sobre el medio ambiente, deberá tener esto muy en cuenta y dejar claro cual es la postura católica frente a la diabólica eco-religión de hoy en día, porque de lo contrario se aliará con grupos poco recomendables, enemigos acérrimos de la Iglesia de Cristo. 

Con esta salvedad, no hay nada en principio que impida que un Pastor Supremo hable del medio ambiente, porque es cierto que existe una obligación moral del hombre hacía la Tierra. No somos dueños de este mundo, sino sus custodios, por lo que causar daños irreversibles a la naturaleza que el Señor ha creado para nuestro uso y disfrute es un abuso de nuestra libertad. Sin embargo, el ecologismo no solo arrastra errores filosóficos, sino también científicos. La ONU y el lobi verde nos dicen que el planeta se está calentando a un ritmo alarmante, que este calentamiento se debe principalmente a la actividad del hombre, y que sus efectos serán calamitosos. Estas afirmaciones se basan en una interpretación sesgada de los datos científicos, y es muy fácil ver motivaciones ideológicas detrás. Además, son rechazadas por científicos de primer nivel, científicos que se la juegan al ir contra el dogma políticamente correcto, que lógicamente reciben menos publicidad y subvenciones que sus colegas que promueven la teoría del calentamiento global.

Por ello, creo que sería un grave error si, además de hablar del medio ambiente en términos morales, el Papa tomara partida por una hipotesis científica muy polémica, como es el calentamiento global antropogénica (causado por el hombre). El Papa tiene la autoridad de Cristo, si la quiere ejercer, cuando habla de cuestiones de fe o de moral; pero cuando habla de cuestiones científicas, sin base alguna en las Escrituras o la Tradición, como es este caso, su autoridad no es mayor que la mía o de cualquier otra persona. Por esta razón creo que no sería nada conveniente que se pronunciara sobre el calentamiento global, ya que su opinión personal sobre un tema fuera de su competencia no tiene cabida en una encíclica, que es un documento magisterial. 

En la segunda parte del artículo me centraré en la polémica científica acerca del calentamiento global.

Publicado en In novissimis diebus

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