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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Flp 1, 6-11)
6Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús. 7Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo en el corazón, porque tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís mi gracia. 8Testigo me es Dios del amor entrañable con que os quiero, en Cristo Jesús. 9Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad 10para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, 11cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.
Evangelio (Mt 22, 15-21)
15Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. 16Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. 17Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». 18Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? 19Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario. 20Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». 21Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

James TISSOT: La moneda del tributo (c. 1890), Museo Brooklyn
Reflexión
I. La escena que propone a nuestra consideración el Evangelio de este Domingo (Mt 22, 15-21) ocurre después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, cuando había sido aclamado como Mesías por el pueblo. Sus enemigos (que pertenecían a diversas facciones político-religiosas como eran los fariseos, los saduceos o los herodianos), formaron un frente único contra él para acusarle basándose en sus enseñanzas. Una de las cuestiones que le plantearon era si cumplir aquello que ordenaban las leyes a las que estaban sometidos por Roma era moral o inmoral, era una acción buena o mala a los ojos de Dios: «¿es lícito pagar impuesto al César o no?» (v. 17).
Si Jesús decía que no había que pagarlo, se le acusaba como sedicioso contra el poder de Roma. Si decía que había que pagarlo autorizaba a los odiados publicanos, recaudadores de estas contribuciones y al someterse a Roma los judíos lo rechazarían como Mesías.
Jesús, sabiendo que lo tentaban, contestó yendo más allá de las circunstancias concretas y asentó un principio fundamental que rige todas las relaciones del ciudadano con el hombre religioso: «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (v. 21).
II. Dios quiso crear una sociedad propiamente religiosa, la Santa Iglesia, distinta de la sociedad civil. El hombre debe pertenecer a estas dos sociedades. Pero el hombre sólo tiene un fin último; él no puede ir en dos direcciones a la vez; y se le da vida temporal para preparar la vida eterna. El Estado, cuyo dominio propio es lo temporal, no puede, por lo tanto, organizar la vida social y civil terrenal independientemente del fin último, la vida eterna, debe esforzarse por ajustar las leyes civiles a las leyes divinas. Y quien pretenda reglamentar la vida de un país en contra de la ley de Dios, merece la oposición y el desprecio: «Por esta razón no puede existir en el mundo una ley contra Dios, contra su Ungido o su Iglesia. Desde el momento en que Dios no esté con el hombre que manda, el poder de ese hombre sólo es una fuerza brutal. Llamar con el nombre sagrado de ley a esas lucubraciones tiránicas es una profanación indigna de un cristiano y de todo hombre libre» (Prospero GUERANGUER, El Año Litúrgico, vol.5, Burgos: Aldecoa, 1956, 125).
III. Por tanto es necesaria alguna reflexión sobre la naturaleza de la obediencia, su alcance y sus límites.
Según Santo Tomás, la obediencia es una virtud moral que hace pronta la voluntad para ejecutar los preceptos del superior (II-II,104, 2 ad 3). Ahora bien, como virtud moral que es, en la obediencia cabe pecar por defecto, pero también por exceso, a diferencia de lo que ocurre con las virtudes teologales. No se puede amar demasiado a Dios, no se puede esperar ni creer demasiado…; pero sí se puede caer en el error de obedecer con una desordenada adhesión a la autoridad que lleva a acatar incluso lo indiscreto o ilícito (cfr. Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 1, Madrid: BAC, 1965, 782-785).
¿Cuáles son los límites de la obediencia? “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Esto dijeron los Apóstoles ante el Sanedrín, que los conminaba a cesar su predicación. Pedro, Santiago y Juan resistieron a las autoridades religioso-políticas judías con estas palabras. En tales casos, nuestra acción se debe regir por la caridad y la prudencia.
Incluso las virtudes teologales necesitan el control de la prudencia por razón del sujeto y del modo de su ejercicio, esto es, a su debido tiempo y teniendo en cuenta todas las circunstancias (Cfr. Antonio ROYO MARÍN, ob. cit., 420-426).
IV. La enseñanza de Jesús en este Evangelio nos recuerda que todo en nuestra vida es de Dios, y nada puede quedar al margen de Él, menos aún nuestra vida social.
Pidamos a la Virgen María que nos alcance la gracia de vivir siempre y en todo lugar como verdaderos hijos de Dios para que un uso recto de las cosas temporales lleguemos a alcanzar los bienes eternos.