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19 octubre 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XXII Domingo después de Pentecostés: 20-octubre-2024

Epístola (Flp 1, 6-11)

6Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús. 7Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo en el corazón, porque tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís mi gracia. 8Testigo me es Dios del amor entrañable con que os quiero, en Cristo Jesús. 9Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad 10para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, 11cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

Evangelio (Mt 22, 15-21)

15Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. 16Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. 17Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». 18Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? 19Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario. 20Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». 21Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». 

James TISSOT: La moneda del tributo (c. 1890), Museo Brooklyn

Reflexión

I. La escena que propone a nuestra consideración el Evangelio de este Domingo (Mt 22, 15-21) ocurre después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, cuando había sido aclamado como Mesías por el pueblo. Sus enemigos (que pertenecían a diversas facciones político-religiosas como eran los fariseos, los saduceos o los herodianos), formaron un frente único contra él para acusarle basándose en sus enseñanzas. Una de las cuestiones que le plantearon era si cumplir aquello que ordenaban las leyes a las que estaban sometidos por Roma era moral o inmoral, era una acción buena o mala a los ojos de Dios: «¿es lícito pagar impuesto al César o no?» (v. 17).

Si Jesús decía que no había que pagarlo, se le acusaba como sedicioso contra el poder de Roma. Si decía que había que pagarlo autorizaba a los odiados publicanos, recaudadores de estas contribuciones y al someterse a Roma los judíos lo rechazarían como Mesías.

Jesús, sabiendo que lo tentaban, contestó yendo más allá de las circunstancias concretas y asentó un principio fundamental que rige todas las relaciones del ciudadano con el hombre religioso: «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (v. 21).

II. Dios quiso crear una sociedad propiamente religiosa, la Santa Iglesia, distinta de la sociedad civil. El hombre debe pertenecer a estas dos sociedades. Pero el hombre sólo tiene un fin último; él no puede ir en dos direcciones a la vez; y se le da vida temporal para preparar la vida eterna. El Estado, cuyo dominio propio es lo temporal, no puede, por lo tanto, organizar la vida social y civil terrenal independientemente del fin último, la vida eterna, debe esforzarse por ajustar las leyes civiles a las leyes divinas. Y quien pretenda reglamentar la vida de un país en contra de la ley de Dios, merece la oposición y el desprecio: «Por esta razón no puede existir en el mundo una ley contra Dios, contra su Ungido o su Iglesia. Desde el momento en que Dios no esté con el hombre que manda, el poder de ese hombre sólo es una fuerza brutal. Llamar con el nombre sagrado de ley a esas lucubraciones tiránicas es una profanación indigna de un cristiano y de todo hombre libre» (Prospero GUERANGUER, El Año Litúrgico, vol.5, Burgos: Aldecoa, 1956, 125).

III. Por tanto es necesaria alguna reflexión sobre la naturaleza de la obediencia, su alcance y sus límites.

Según Santo Tomás, la obediencia es una virtud moral que hace pronta la voluntad para ejecutar los preceptos del superior (II-II,104, 2 ad 3). Ahora bien, como virtud moral que es, en la obediencia cabe pecar por defecto, pero también por exceso, a diferencia de lo que ocurre con las virtudes teologales. No se puede amar demasiado a Dios, no se puede esperar ni creer demasiado…; pero sí se puede caer en el error de obedecer con una desordenada adhesión a la autoridad que lleva a acatar incluso lo indiscreto o ilícito (cfr. Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 1, Madrid: BAC, 1965, 782-785).

¿Cuáles son los límites de la obediencia? “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Esto dijeron los Apóstoles ante el Sanedrín, que los conminaba a cesar su predicación. Pedro, Santiago y Juan resistieron a las autoridades religioso-políticas judías con estas palabras. En tales casos, nuestra acción se debe regir por la caridad y la prudencia.

  • La caridad: «No se puede obedecer contra la caridad: en donde se ve pecado, aun el más mínimo, hay que detenerse […] El punto exacto es cuando los mandatos de los hombres interfieren con los mandatos divinos, cuando la autoridad humana se desconecta de la autoridad de Dios, de la cual dimana […] Si esto que digo no fuese verdad, no habría habido mártires» (Leonardo CASTELLANI, El Evangelio de Jesucristo, Madrid: Ediciones Cristiandad, 2011, 314).
  • La prudencia: Hay que tener en cuenta las circunstancias concretas de la Iglesia y de la sociedad en la que nos movemos, sin confundir los tiempos, ni el sentido de la historia… Ser conscientes de la dirección de los acontecimientos, del proceso revolucionario que sufre el mundo y de la crisis de la Iglesia, de quiénes son los que realmente ocupan el poder y ejercen la autoridad y actuar siempre con prudencia sobrenatural que es «la recta razón en el obrar», es decir, en las acciones individuales y concretas que se han de realizar.

Incluso las virtudes teologales necesitan el control de la prudencia por razón del sujeto y del modo de su ejercicio, esto es, a su debido tiempo y teniendo en cuenta todas las circunstancias (Cfr. Antonio ROYO MARÍN, ob. cit., 420-426).

IV. La enseñanza de Jesús en este Evangelio nos recuerda que todo en nuestra vida es de Dios, y nada puede quedar al margen de Él, menos aún nuestra vida social.

Pidamos a la Virgen María que nos alcance la gracia de vivir siempre y en todo lugar como verdaderos hijos de Dios para que un uso recto de las cosas temporales lleguemos a alcanzar los bienes eternos.