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5 julio 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

IV Domingo después de Pentecostés: 6-julio-2025

Epístola (Rm 8, 18-23)

18Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. 19Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; 20en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza 21de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. 22Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. 23Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

Evangelio (Lc 5, 1-11)

1Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Genesaret, 2vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. 3Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. 4Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». 5Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». 6Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. 7Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. 8Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». 9Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; 10y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». 11Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. El Evangelio de este Domingo (Lc 5, 1-11) presenta la llamada de algunos los primeros discípulos (en concreto, se nombra a Pedro, Santiago y Juan) precedida por la enseñanza de Jesús a la multitud y por una pesca milagrosa, realizada por voluntad del Señor.

Mientras la muchedumbre se agolpa en la orilla del lago de Genesaret para escucharle, Él ve a Simón desanimado por no haber pescado nada durante toda la noche y se da una sucesión de acontecimientos:

  • En primer lugar le pregunta si puede apartar un poco la barca de la orilla para predicar a la gente desde allí (Desde esta escena la barca de Pedro es mirada como símbolo de la Iglesia).
  • Después, terminada la predicación, le pide que se dirija mar adentro con sus compañeros y que eche las redes.
  • Simón obedece, y pescan una gran cantidad de peces. «Y Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres». (vv. 10-11). La expresión «pescador de hombres» se refiere a ser discípulo de Cristo en orden a extender su reino [1] .

Los primeros discípulos siguieron a Jesús confiando en Él, apoyándose en su Palabra, acompañada también por signos prodigiosos. Una Palabra que no mira tanto la calidad de los elegidos, sino su fe, que se traduce en obediencia: «Por tu palabra, echaré las redes» y disponibilidad: «Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron».

Al ser llamados por Jesús, aquellos hombres abandonaron su oficio, su ocupación, su familia y fueron tras Él. La gracia interior atrae misteriosamente sus corazones y empieza a transformarlos: ahora rudos e ignorantes, serán un día fundamento de su Iglesia que iban a extender por todo el mundo entonces conocido, del Asia Menor a Hispania.

II. En los Evangelios, la vocación de los discípulos (y en particular cuando Jesús constituye con Doce de ellos el grupo de los Apóstoles) guarda estrecha relación con la convocatoria de la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios del que nosotros somos miembros desde el día de nuestro Bautismo.

Entonces, tomando nuestro nombre de Cristo, empezamos a ser «cristianos» y recibimos una vocación sobrenatural: «Dios, por una gracia particular, nos ha llamado a la Iglesia de Jesucristo, para que con la luz de la fe y la observancia de la divina ley le demos el debido culto y lleguemos a la vida eterna» [2] . Por tanto, nuestro primer deber como miembros de la Iglesia es ser santos, conformes a Dios.

En la Epístola (Rm 8, 18-23) san Pablo nos explica que esta vocación se vive en dos tiempos: aquí, bajo la adopción bautismal; en el cielo, por su consumación definitiva en la gloria. Por eso habla de «primicias del Espíritu» (v.23), es decir, de que tenemos ya el Espíritu Santo, pero no tenemos todavía todo lo que esa posesión nos garantiza. Dicho de otra manera, «hemos sido salvados en esperanza» (v.24), pues la plenitud de esa salvación aparecerá sólo más tarde; de momento debemos mantener una espera paciente y constante. San Pablo sostiene que no hay en este mundo sufrimiento alguno que merezca compararse con la gloria que nos espera. «Creemos y esperamos una gloria sin fin, igual a la de Aquel que, por conquistarla para su Humanidad santísima y para nosotros, no obstante ser el Unigénito de Dios, sufrió en la vida, en la pasión y en la cruz más que todos los hombres»[3].

De esta manera nos ponemos en camino para llegar a la meta del seguimiento de Cristo, a la altura a la que el cristiano está destinado: vivir como hijos de Dios ya en esta vida y llegar a la bienaventuranza del cielo que «consiste en ver, amar y poseer por siempre a Dios, fuente de todo bien» [4].

III. El Señor nos ha invitado a seguirle, a cada uno en sus condiciones peculiares. Podemos examinar cómo estamos correspondiendo a esa llamada, si hay cosas en nuestra vida que nos impiden renovar cada día una respuesta rápida y generosa como la de los Apóstoles. Y a la Virgen María le pedimos que nos alcance la fortaleza que necesitamos para ser fieles a nuestra vocación cristiana y llevarla a su plenitud.


[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 2, Evangelios, Salamanca: BAC, 1964, 797-798.

[2] Catecismo mayor, 147.

[3] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Rm 8, 18.

[4] Catecismo mayor, 249.