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4 mayo 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

V Domingo después de Pascua: 5-mayo-2024

Epístola (St 1, 22-27)

22Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos. 23Porque quien oye la palabra y no la pone en práctica, ese se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo 24y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. 25Pero el que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla. 26Si alguien se cree religioso y no refrena su lengua, sino que se engaña a sí mismo, su religiosidad está vacía. 27La religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo.

Evangelio (Jn 16, 23-30)

23[…] En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. 24Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. 25Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. 26Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, 27pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. 28Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre». 29Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. 30Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios»

Fra Angélico: La Comunión de los Apóstoles. Convento de San Marcos (Florencia)

Reflexión

I. A partir del III Domingo después de Pascua, la Liturgia de la Iglesia nos viene orientando a celebrar los misterios de la Ascensión de Cristo y de Pentecostés. Por eso, en los Evangelios escuchamos el discurso del Salvador la noche de la Última Cena. En él nos habla de esa vida nueva y sobrenatural de la gracia que hemos recibido por el bautismo y que es el fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestras almas.

De ahí también el tema dominante en el Evangelio de este Domingo (Jn 16, 23-30): los apóstoles no deben entristecerse porque, lejos de quedar abandonados después de la Ascensión de Jesús a los cielos, contarán con el poder intercesor de Cristo, sentado a la diestra del Padre. Por eso se inculca la importancia y la necesidad de la oración para la vida del cristiano: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. […]; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (vv.23-24).

La misma conclusión de esta enseñanza: que pidan en su nombre «para que vuestra alegría sea completa», hace ver que esta oración será escuchada dentro de la finalidad que aquí se establece. Supone esto que lo que piden los apóstoles está en consonancia con el nuevo estado de cosas que ha comenzado con la Muerte y Resurrección de Cristo y con el Espíritu que entonces los moverá en su actuación[1].

II. Aplicando esto a nuestra vida cristiana, la conclusión es que la rectitud y eficacia de la oración también guarda relación con las disposiciones del que la hace. Y por eso en la Epístola (St 1, 22-27) se establecen los que podemos considerar presupuestos para toda vida de oración al recordarnos la necesidad de que la vida de piedad vaya acompañada de la puesta en práctica de la enseñanza evangélica.

En los primeros versículos (22-25) se resalta con un ejemplo la necedad del que se engaña a sí mismo, contento con oír la Palabra de Dios sin vivirla.

Uno de los fines de la Encarnación fue «darnos ejemplo de vida» presentándonos a Jesucristo como nuestro modelo de santidad. Todo el que crea en Jesucristo y después de haberle conocido y contemplado no le imita, es como el que se mira en un espejo y después ni siquiera recuerda sus facciones para corregir los defectos que haya notado. Así sucede al hombre que se contenta sólo con oír la palabra del Evangelio sin ponerla en práctica. El Evangelio exige no solamente que se le escuche, sino que también requiere la cooperación de la voluntad del hombre con el fin de que resulte eficaz en orden a la salvación. No basta con aceptarlo; es necesario practicarlo. El considerar la Palabra divina, no de un modo olvidadizo, sino con el propósito de cumplirla, llevará al fiel a un cambio moral[2].

III. En la segunda parte de la perícopa, Santiago partiendo de la idea de que creer ser religioso y no obrar como tal es engañarse a sí mismo porque tal religiosidad está vacía (v. 26) hace un resumen la vida cristiana en tres preceptos:

  • Dos de ellos se refieren concretamente a la caridad en su obligación de no perjudicar la fama del prójimo y en el servicio del necesitado. Santiago cita expresamente a los huérfanos y a las viudas (aunque lógicamente la caridad no se limita solamente a ellos), poniéndolos como ejemplo como ocurre en otras muchas enseñanzas bíblica.
  • El tercer precepto consiste en conservarse incontaminados de aquel mundo en el que los hijos de Dios -como ciudadanos del cielo que son- se consideran desterrados en medio de él.

IV. En resumen, caridad (evitando el perjuicio del prójimo y socorriendo al necesitado) y pureza de vida son el compendio de la religión cristiana que nos presenta Santiago en su Epístola, a ello podemos añadir la oración, de la que nos habla el Evangelio, que nos une con Dios y de la que obtendremos la gracia para convertir en obras la Palabra recibida.

El que actúa así, vivirá feliz a causa de su buena conducta, porque está en paz con Dios y con su prójimo (v. 25). También aquí tenemos un eco de la enseñanza de Cristo: «bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Una felicidad que se inicia ya en este mundo y que llegará a su plenitud con la corona de vida eterna que Dios ha prometido a los que le aman poniendo en práctica sus mandamientos y que todos nosotros esperamos alcanzar acogiéndonos a los méritos y a la intercesión de la santísima Virgen María.


[1] Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 1255-1256.

[2] José SALGUERO, Biblia comentada, vol. 8, Epístolas católicas. Apocalipsis, Madrid: BAC, 1965, 44-45.