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23 marzo 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Domingo II de Pasión o de Ramos: 24-marzo-2024

Evangelio de la procesión

Mt 21, 1-9

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Evangelio de la Misa: Pasión de NSJC según San Mateo (26, 36-75; 27, 1-60)

Hippolyte Flandrin: «Entrada de Jesús en Jerusalén» (1842)

Reflexión

I Contexto Litúrgico. Con la celebración de este Domingo, comienza esta Semana que se llama “Santa” porque en ella se celebra la memoria de los más grandes misterios que Jesucristo obró por nuestra redención, comenzando por su entrada como Mesías en Jerusalén, donde iba a sufrir su pasión y muerte.

Seis días antes de su Pasión, Jesús es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación y entra en la ciudad santa como el Rey de la Gloria (Sal 24, 7-10) «montado en un asno», como había anunciado el profeta Zacarías (Za 9, 9) con la humildad que da testimonio de la Verdad.

Pero este momento de triunfo es inseparable del misterio de la Cruz porque al entrar así en Jerusalén quiso alentar a sus discípulos, dándoles con ello una prueba manifiesta de que iba a padecer voluntariamente. «La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios» (CATIC 599) que lo había anunciado a través de las Escrituras (601). Y Jesucristo «aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte» (609).

En su pasión, Jesús se muestra como el siervo de Dios entregado y pacíficamente sufriente que había anunciado el profeta Isaías y el apóstol san Pablo (Epístola: Flp 2, 5-11) nos lleva a centrar la atención en Jesús como ejemplo supremo de humildad y obediencia. Así se nos recuerda la unidad de dos acontecimientos salvíficos inseparables: el misterio de la muerte de Cristo en la Cruz y el misterio de su Resurrección.

II. Nuestra participación en el misterio de Cristo, muerto y resucitado. El deseo de la Iglesia en la Semana Santa es hacer más profunda nuestra fe. En las celebraciones litúrgicas de estos días no nos limitamos a la mera conmemoración de lo que Jesús realizó; estamos inmersos en el mismo Misterio de Cristo para morir y resucitar con Él.

Jesús murió, fue sepultado y resucitó de entre los muertos. Este es el único acontecimiento de la historia que no pasa. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, ubicado en el tiempo y en el espacio como expresamos en el Credo al decir que «padeció bajo el poder de Poncio Pilato». Pero se trata de algo absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan, son absorbidos por el pasado, sometidos a la inexorable «ley del olvido». En cambio, el misterio de Cristo participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida (Cfr. CATIC 1085).

El medio para unirnos a este misterio y participar de él son los sacramentos, muy en especial la Eucaristía y la Confesión. Mediante ellos, Dios nos va transformando y no hace capaces de llevar una vida de acuerdo con nuestra condición de hijos suyos. Una vida que pasa por los mismos caminos por los que discurrió la de Cristo (a quien estamos unidos como miembros de su Cuerpo Místico): humildad, obediencia a la ley de Dios, servicio a los demás.

III. A lo largo de toda esta Semana Santa se nos va a llamar al seguimiento de un Rey, que elige como trono la cruz; de un Mesías-Salvador que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?

Junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre, la Virgen Santa María. A ella acudimos para pedirle que el misterio del dolor redentor de Cristo que nos disponemos a celebrar, nos ayude a vivir en la humildad de la obediencia a la Ley de Dios, perseverando con fidelidad en el camino que lleva a la vida eterna.