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18 marzo 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Fiesta de san José: 19-marzo-2024

Epístola (Eclo 15, 1-6)

El justo es amado de Dios y de los hombres, y su memoria se conserva en bendición. Le hizo el Señor semejante en la gloria a los santos, y le engrandeció, y le hizo terrible a los enemigos; y él, con su palabra, hizo cesar las horrendas plagas. Le glorificó ante los reyes; le dio preceptos que promulgase a su pueblo y le mostró su gloria. Le santificó por medio de su fe y mansedumbre, y le escogió entre todos los hombres. Oyó a Dios y su voz; y le hizo Dios entrar dentro de la nube. Y le dio cara a cara los mandamientos y la ley de vida y de ciencia.

Evangelio (Mt 1, 18-21)

La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús.

Reflexión

«La Iglesia celebra con especial solemnidad la fiesta de San José porque es uno de los más grandes santos, Esposo de la Virgen María, padre legal de Jesucristo, y porque ha sido declarado Patrón de la Iglesia universal» (Catecismo Mayor).

Toda la grandeza de San José arranca de la misión que Dios le encomendó y para la cual le dio las gracias necesarias: ser esposo de la Virgen María y hacer las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo. En virtud de esos títulos, san José interviene en el plan redentor de Dios del que forma parte la Encarnación de Jesucristo.

I. San José, padre legal de Jesucristo

La paternidad de San José sobre Jesucristo se califica de «adoptiva» o «legal» porque no tuvo cooperación positiva alguna en la concepción de Cristo. Su fundamento no es físico, sino jurídico: el mismo matrimonio de José con María, que fue decretado por Dios para que el nacimiento de Jesús ocurriera de modo conveniente, en el seno de una familia, aunque no fuera fruto de ella porque el Hijo de Dios tomó cuerpo y alma, en las purísimas entrañas de María Virgen, por obra del Espíritu Santo.

Por tanto, la misión de san José forma parte de la Historia de la Salvación y mediante él se cumple la  profecía a David por boca de Natán (2 Sam 7, 4-5a. 12-14a. 16). «Yo suscitaré descendencia tuya después de ti… yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (vv. 12-13).

El profeta anuncia a David un reino duradero y una posteridad de la cual saldrá el Mesías, que habrá de sentarse en ese trono como lo anunció el Ángel a María: «será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33)

II. San José, Patrono de la Iglesia

Por esta misión que Dios confirió a su siervo san José, la Iglesia se pone bajo su particular protección y lo proclama su Patrono. Ya hemos visto en qué consistió la obra encomendada por Dios a San José: ser «custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia». Ahora bien, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, que continúa en el mundo entero la obra del Salvador por eso San José la mira y protege ahora como hizo con Jesucristo mientras vivía en la tierra. Nos ve a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado y su protección llega a cada uno de sus fieles.

Por eso además de invocarle, debemos imitar sus virtudes, en particular cómo el servicio de san José consiste en haber convertido la autoridad legal que tenía sobre la Sagrada Familia en un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; habiendo convertido su vocación humana al amor doméstico en la entrega de su corazón y de toda su capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías germinado en su casa, el hijo de María y el hijo de Dios. Servir a Cristo era su vida, servirle con la más profunda humildad, con la más completa entrega, sirviéndole con amor y por amor.

Le pedimos a san José que nos enseñe en nuestra vida cristiana este servir por amor a los demás para así contribuir a su salvación: servir con amor a las almas, a la Iglesia, al mundo, a Cristo. Y que sepamos descubrir a qué nos mueve esta llamada en nuestro particular camino por alcanzar la santidad de la que san José nos da ejemplo como una luz brillante.

Oración a san José de León XIII

A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Con aquella caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, oh providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo, en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad.

Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

Encíclica Quamquam Pluries (1889)