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17 marzo 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

I Domingo de Pasión: 17-marzo-2024

Epístola (Hb 9, 11-15)

11En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. 12No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. 13Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, 14¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo! 15Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Evangelio (Jn 8, 46-59)

En aquel tiempo, decía Jesús a las turbas de los judíos:

46¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? 47El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios». 48Le respondieron los judíos: «¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y que tienes un demonio?». 49Contestó Jesús: «Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre y vosotros me deshonráis a mí. 50Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga. 51En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre». 52Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? 53¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?». 54Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, 55aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. 56Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría». 57Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?». 58Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy». 59Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

«Entonces tomaron piedras para tirárselas» (James Tissot)

Reflexión

I. A partir de este I Domingo de Pasión: «La Cruz misma ha dejado de ser visible a las miradas de los fieles; está tapada por un velo. Este uso está relacionado con la idea de la penitencia pública en la antigüedad. Todos sabemos que los Penitentes públicos eran expulsados de la Iglesia, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo. Cuando se quitó la penitencia pública, se ideó extender una cortina entre el altar y la nave en todas las iglesias, para hacer comprender a todos los fieles, que, sin penitencia, no pueden llegar a la visión de Dios. Cuando se suprimió la «cortina de Cuaresma», se cubrieron los crucifijos y las imágenes y, más adelante, sólo durante el tiempo de Pasión.

Los intérpretes de la Liturgia nos enseñan que esta costumbre austera de velar la cruz en tiempo de Pasión expresa la humillación del Redentor, obligado a ocultarse para no ser apedreado por los Judíos, como leemos en el Evangelio de este Domingo (Jn 8, 46-59). No tardaremos en verle presentarse ante sus enemigos. Si ahora evita el furor de los judíos es por no haberse cumplido aún lo que dijeron los profetas sobre El. Por otra parte no debe morir a pedradas sino sobre el madero maldito que, en adelante, se convertirá en el árbol de la vida» (GUERANGUER, Año Litúrgico, vol. 2, Burgos: Editorial Aldecoa, 1956, 417).

«Has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol fuera en un árbol vencido» (Prefacio de la Santa Cruz).

II. Una de las formas en las que la Revelación nos presenta esta obra de la salvación es bajo la de una Alianza entre Dios y los hombres. Cuando hablamos de Alianza nos estamos refiriendo al «pacto estipulado por Dios con Israel, cuyo último fin fue la salvación de la humanidad por obra del Mesías» (SPADAFORA, Diccionario Bíblico).

La Alianza (también llamada Testamento) hecha por Dios con los hombres, fue salvarlos por medio de un Redentor prometido, con la condición de que prestasen fe a su palabra y obediencia a sus leyes. El antiguo Pacto lo hizo primero Dios con Adán y Noé, y después más especialmente con Abrahán y su descendencia; este pacto exigía la fe en el futuro Redentor o Mesías y guardar la ley dada al principio por Dios, y promulgada más tarde a su pueblo por medio de Moisés. Pero en aquella alianza del Antiguo Testamento faltaba el principio interior de la gracia, que transforma los corazones. Por eso, Jeremías, en nombre de Dios, anuncia una nueva Alianza escrita sobre los corazones y destinada a durar para siempre: «Ya llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva» (Jer 31, 31). Por eso dicen así las palabras de Jesús que pronuncia el sacerdote en la Consagración de la Misa: «este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados».

Es verdad que Jesucristo ha muerto en la Cruz para redimir a todos pero es necesario aplicar a cada uno el fruto y los méritos de su pasión y muerte. Para ello, debemos cumplir la ley de Dios y acudir a las fuentes de la gracia que son los Sacramentos, de manera muy especial en el tiempo pascual que se acerca, renovando las promesas bautismales y recibiendo la Penitencia y la Eucaristía.

Esta es la vida cristiana, vida según la Ley nueva o Ley evangélica, que cumple la promesa de una nueva alianza grabada en los corazones que hemos escuchado en la profecía de Jeremías porque nos hace pasar a la condición de hijos de Dios y nos confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos (CATIC, 1972).

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Pidamos a la Virgen María que nos ayude a purificar nuestro corazón, especialmente ante la cercana celebración de las fiestas de Pascua, para que lleguemos a participar en plenitud del misterio salvador de su Hijo y Señor nuestro, Jesucristo