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25 febrero 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

II Domingo de Cuaresma: 25-febrero-2024

Epístola (1 Tes 4, 1-7)

1Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. 2Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús. 3Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, 4que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, 5no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. 6Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y os aseguramos: 7Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa.

Evangelio (Mt 17, 1-9)

1Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». 

James TISSOT, La Transfiguración (c. 1886-94), Brooklyn Museum

Reflexión

I. El Evangelio del pasado Domingo nos presentaba a Jesús como el Hijo de Dios encarnado, que se somete a las tentaciones en el desierto, «probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Hb 4, 15). En este segundo Domingo de Cuaresma (Mt 17, 1-9) lo contemplamos también como Hijo de Dios que nos invita a participar de su vida divina desde «un monte alto» donde «se transfiguró... y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz».

Transfigurarse es cambiar una figura por otra figura. En la Encarnación, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumió una naturaleza humana completa y perfecta. Tomó la manera de ser propia de nuestro cuerpo. Ahora, Jesús deja esa figura ordinaria como la nuestra y toma otra que es toda ella luz, blancura, esplendor… Por un instante, se manifiesta como Hijo de Dios por el resplandor de su gloria divina y por la voz del Padre que le proclama como su Hijo: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Si el desierto evoca el camino del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, el monte no puede menos que recordarnos aquel desde el que Dios reveló su Ley a Moisés. Cristo, sublimado y esclarecido en el monte es el Legislador de la Nueva Alianza, que por medio de su Ley y su Gracia nos transfigura también a nosotros[1]. «Yo os conduciré a la santidad y a la gloria que ostento en mi Transfiguración. Tal es el significado del Evangelio»[2].

II. De la Ley de Cristo nos habla también la Epístola (1Tes 4, 1-7): «Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús». El Apóstol no cita expresamente los Mandamientos o la Ley pero les exhorta a que caminen según las enseñanzas que les dio cuando estuvo entre ellos y que miren siempre adelante, tratando de progresar más y más cada día. Y esto se lo pide «en el Señor Jesús» es decir, con la autoridad y por la voluntad del mismo Cristo, en quien creen y al que están sacramentalmente incorporados por el bautismo y la gracia santificante. Luego, tratando de concretar más esa recomendación general, San Pablo va a insistir sobre todo en tres cosas: pureza (vv. 3-8), y en los versículos siguientes, caridad (v.9-10) y trabajo (v.11-12). Y todo ello porque es deseo de Dios que los cristianos sean «santos» (v. 3)[3].

Si aceptamos, si lo deseamos con sinceridad, Él mismo nos da entonces su propio Espíritu, que es el Espíritu de santidad (Rm. 5, 5), de la propia santidad de Dios[4]. Estamos hablando, pues, de una Ley de gracia que es para nosotros la voluntad de Dios y, por tanto, nuestra santificación y transfiguración.

III. La Transfiguración de Cristo nos presenta también a nosotros el ejemplo y modelo de la acción santificante y transformadora de la gracia que nos limpia del pecado y hace de nosotros nuevas criaturas (como se refleja en la blancura y el resplandor), verdaderos hijos amados de Dios, en los que el Padre tiene sus complacencias. Pero con estos dones gratuitos de Dios hemos de cooperar ajustando nuestra conciencia con la Ley y examinándola conforme a ella (examen de conciencia).

Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a renovar con frecuencia durante esta Cuaresma el deseo de conocer y seguir la voluntad de Dios. Así confiamos en alcanzar un día la gloria del Cielo que la gracia de Dios nos anticipa a lo largo de toda nuestra vida.

Oh Dios, que nos ves privados de toda virtud; guárdanos interior y exteriormente, para que seamos fortalecidos contra toda adversidad en el cuerpo, y limpios de malos pensamientos
en el alma. Por nuestro Señor Jesucristo… (Misal Romano, II Domingo de Cuaresma, oración)


[1] A. MEYENBERG, La práctica del púlpito, Madrid, Razón y Fe, 1908, 237-238.

[2] Pius PARSCH, El Año Litúrgico, Barcelona: Herder, 1964, 175.

[3] Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 652-653.

[4] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in 1Tes 4, 7.