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3 febrero 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Domingo de Sexagésima: 4-febrero-2024

Epístola (2Cor 11, 19-33 y 12, 1-9)

19Pues vosotros, que sois sensatos, soportáis con gusto a los insensatos: 20si uno os esclaviza, si os explota, si os roba, si es arrogante, si os insulta, lo soportáis. 21Lo digo para vergüenza vuestra: ¡Cómo hemos sido nosotros tan débiles! Pero a lo que alguien se atreva —lo digo disparatando—, también me atrevo yo. 22¿Que son hebreos? También yo. ¿Que son israelitas? También yo. ¿Que son descendientes de Abrahán? También yo. 23¿Que son siervos de Cristo? Voy a decir un disparate: mucho más yo. Más en fatigas, más en cárceles; muchísimo más en palizas y, frecuentemente, en peligros de muerte. 24De los judíos he recibido cinco veces los cuarenta azotes menos uno; 25tres veces he sido azotado con varas, una vez he sido lapidado, tres veces he naufragado y pasé una noche y un día en alta mar. 26Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, peligros de bandoleros, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, 27trabajo y agobio, sin dormir muchas veces, con hambre y sed, a menudo sin comer, con frío y sin ropa. 28Y aparte todo lo demás, la carga de cada día: la preocupación por todas las iglesias. 29¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién tropieza sin que yo me encienda? 30Si hay que gloriarse, me gloriaré de lo que muestra mi debilidad. 31El Dios y Padre del Señor Jesús —bendito sea por siempre— sabe que no miento. 32En Damasco, el gobernador del rey Aretas montó una guardia en la ciudad para prenderme; 33metido en un costal, me descolgaron muralla abajo por una ventana, y así escapé de sus manos.

[12] 1¿Hay que gloriarse?: sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor. 2Yo sé de un hombre en Cristo que hace catorce años —si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe— fue arrebatado hasta el tercer cielo. 3Y sé que ese hombre —si en el cuerpo o sin el cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe— 4fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables, que un hombre no es capaz de repetir. 5De alguien así podría gloriarme; pero, por lo que a mí respecta, solo me gloriaré de mis debilidades. 6Aunque, si quisiera gloriarme, no me comportaría como un necio, diría la pura verdad; pero lo dejo, para que nadie me considere superior a lo que ve u oye de mí. 7Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. 8Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: 9«Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo.

Evangelio (Lc 8, 4-15)

 4Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola: 5«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. 6Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. 7Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. 8Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga». 9Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola. 10Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. 11El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios. 12Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. 13Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. 14Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro. 15Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: El sembrador (1886-1894), Brooklyn Museum

Reflexión

I. En el Evangelio del Domingo de Sexagésima (Lc 8, 4-15) leemos cómo acudió a Jesús una muchedumbre y Él comenzó a enseñarle en parábolas. San Mateo precisa que estaba junto al mar de Galilea y se subió a una barca para hablarles desde ella (cfr. Mt 13, 1ss). Más tarde, en la explicación que da a sus discípulos, el mismo Jesús se identifica con ese sembrador que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios y reduce a cuatro grupos las diversas actitudes de los oyentes.

  • Los tres primeros son los que reciben la palabra de Dios y no la quieren aceptar. Hay quien escucha superficialmente la Palabra y ésta no echa raíces en su interior; Hay quien la acoge en un primer momento pero lo pierde todo o bien porque sucumbe en el momento de la tentación o la prueba o bien porque se deja llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida;
  • El último grupo, los que reciben en tierra buena la simiente, es decir, la acogen con un corazón noble y generoso, dan, también según sus disposiciones, más o menos fruto, aunque siempre abundante.

En todos los casos, la calidad de la semilla es igual, es una semilla divina, la misma Palabra de Dios que tiene una eficacia poderosa y fecunda porque realiza la salvación que anuncia: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, | y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, | de fecundarla y hacerla germinar, | para que dé semilla al sembrador | y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: | no volverá a mí vacía, | sino que cumplirá mi deseo | y llevará a cabo mi encargo» (Is 55, 10-11). Aunque la eficacia inmediata de la lluvia no es perceptible, sin embargo, a la larga da semilla para sembrar y pan para comer; así la palabra divina no vuelve vacía, sino fructifica, plasmando sus designios de salvación. La imagen parece ser la de un subordinado que sale a cumplir una misión y vuelve a su superior a comunicar que se ha cumplido la misión[1].

La palabra de Dios jamás dejará de dar fruto porque está dotada de fertilidad sobrenatural. El fruto depende, por tanto, de la calidad del terreno en el que la semilla es sembrada. En el último caso de los que habla la parábola, la semilla de la Palabra de Dios da un fruto abundante porque se siembra en un terreno con capacidad de dar fruto. Y uno de los motivos que no podemos olvidar es el transcurso del tiempo: el fruto abundante requiere maduración, que las estaciones sigan su curso, que llegue el momento de la cosecha… Dios nos atrae hacia Él con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado y espera pacientemente nuestra respuesta.

II. Esta consideración nos lleva a recordar el valor del tiempo en nuestra vida cristiana. Mientras estamos en el mundo tenemos un tiempo del que disponemos para dar esos frutos que Dios espera de nosotros y así ganar el Cielo. No somos dueños, sino administradores de unos bienes de los que hemos de dar cuenta y que hemos recibido como la semilla llamada a dar fruto abundante. Por eso hemos de aprovechar cada instante de nuestra vida para ganar en el amor y en el servicio a Dios.

II.1. Aprovechar el tiempo es llevar a cabo lo que Dios quiere que hagamos en cada momento. Aprovechar el tiempo es vivir con plenitud el momento actual, poniendo la cabeza y el corazón en lo que hacemos, sin preocuparnos excesivamente por el pasado, sin inquietarnos demasiado por el futuro. El Señor quiere que vivamos y santifiquemos el momento presente, cumpliendo con responsabilidad ese deber que corresponde al instante que vivimos y librándonos de preocupaciones inútiles por el futuro: «no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio» (Mt 6, 34).

II.2. Nuestra vida es corta y bien limitada en el tiempo. Aunque sea más o menos larga, nuestra vida es breve en una perspectiva de eternidad. Dentro de un tiempo que no conocemos, nos encontraremos cara a cara con Dios.

El Señor vendrá a llamarnos, a pedirnos cuenta de los bienes que sembró en nosotros para que dieran fruto abundante: la inteligencia, la salud, los bienes materiales, la capacidad de amistad, la posibilidad de hacer felices a quienes nos rodean… Aferrarse a lo de aquí abajo, olvidar que nuestro fin es el Cielo, nos llevaría a desenfocar nuestra vida, a vivir en la más completa necedad. Por el contrario, procurando la santificación propia en las diversas circunstancias en que vivimos y con el buen uso de los bienes materiales podemos darle a nuestra vida su verdadero sentido.

III. Dios cuenta con el buen uso de la libertad y la personal correspondencia de cada uno de nosotros. Espera que seamos un buen terreno que acoja su palabra y dé frutos. Examinemos si estamos correspondiendo a las gracias que el Señor nos está dando continuamente. Y para ello acudimos a los méritos y la intercesión de la Virgen María, que acogió a la Palabra de Dios en sus entrañas purísimas, la meditaba en su corazón y siempre dio fruto abundante.

«Dios, que ves cómo no confiamos en nuestras obras, concédenos propicio que contra toda adversidad nos defienda la protección del Doctor de las gentes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén»[2].


[1] Cfr. Maximiliano GARCÍA CORDERO, Biblia comentada, vol. 3, Libros proféticos, Madrid: BAC, 1961, 337-338.

[2] Domingo de Sexagésima, oración: Eloíno NÁCAR FUSTER; Alberto COLUNGA, Misal ritual latino-español y devocionario, Barcelona: Editorial Vallés, 1959, 169.