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13 marzo 2021 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

III Domingo de Cuaresma: 14-marzo-2021

Epístola (Gal 4, 22-31)

Porque está escrito que Abrahán tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre; pero el hijo de la esclava nació según la carne y el de la libre en virtud de una promesa. Estas cosas son una alegoría: aquellas representan dos alianzas. Una, la del monte Sinaí, engendra para la esclavitud, y es Agar; en efecto, Agar significa la montaña del Sinaí, que está en Arabia, pero corresponde a la Jerusalén actual, pues está sometida a esclavitud junto con sus hijos. En cambio, la Jerusalén de arriba es libre; y esa es nuestra madre. Pues está escrito: Alégrate, estéril, la que no dabas a luz, rompe a gritar de júbilo, la que no tenías dolores de parto, porque serán muchos los hijos de la abandonada; más que los de la que tiene marido. Pero vosotros, hermanos, sois, como Isaac, hijos de la promesa. Ahora bien, lo mismo que entonces el que había sido engendrado según la carne perseguía al que había sido engendrado según el Espíritu, así ocurre ahora. Pero ¿qué dice la Escritura? Expulsa a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. Así, pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.

Evangelio (Jn 6, 1-15)

Después de esto, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo». Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda». Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Reflexión

I. Las Misas del tiempo de Cuaresma en el Rito romano conservan numerosos indicios de la Liturgia estacional de la Iglesia de los primeros siglos.

En Roma, cada día de la Cuaresma se reunían los cristianos a la hora de nona, después de terminar el trabajo, en una iglesia llamada de la colecta donde esperaban el Papa y el cortejo. Aquí se cantaban las letanías y se organizaba la procesión a la iglesia estacional en la que se celebraba la Misa.

La iglesia estacional variaba cada día. Al principio su elección quedaba a discreción del papa. Pero con el tiempo se estableció una iglesia fija para cada día, como quedó patente en los libros litúrgicos y se indica en el Misal en el título de las misas de cada día de Cuaresma. Las iglesias principales eran para los días más importantes. Así, Letrán era la estación de Pascua, y la Basílica Vaticana para Navidad.

Muchas veces, la advocación de la iglesia estacional inspiraba las fórmulas litúrgicas. Por ejemplo, la iglesia de san Jorge, militar, donde se celebraba la estación el jueves después de la imposición de las Cenizas, inspiró el Evangelio del centurión que se lee en la Misa de dicho día.

II. Este cuarto domingo de Cuaresma, la Estación se encuentra en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, una de las siete principales de la ciudad santa, construida en el siglo IV por Constantino en el lugar en que se encontraba el palacio de Santa Elena y enriquecida con las más preciadas reliquias de la Pasión.

El introito de la Misa evoca El nombre de Jerusalén se evoca en las partes cantadas de la Misa de hoy: introito, gradual, tracto, y comunión.

«Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis; regocijaos con ella, gozosos, cuantos por ella hacéis duelo; para que os saciéis del pecho de sus consuelos (Is 66, 10-11) Me alegré cuando se me dijo: Vamos a la casa del Señor» (Sal 121, 1).

El nombre de Jerusalén despierta todas las esperanzas de los cristianos la verdadera Jerusalén del cielo a la que esperamos llegar un día. Como enseña San Pablo en la Epístola (Gal 4, 22-31): «la Jerusalén de arriba es libre, la cual es nuestra madre».

Los cristianos somos los hijos de la Jerusalén celestial. Y, en el Apocalipsis, Juan ve «la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, preparada como una novia engalanada para su esposo» (Ap. 21, 2), y más adelante el ángel le dice: «Ven y te mostraré la novia, la Esposa del Cordero”, y le muestra, desde un monte grande y elevado, «la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo y venía de Dios, con la gloria de Dios»

Allí está el término del camino, la paz y la plenitud de toda dicha: la gozosa contemplación de Dios.

Al presentar el término de nuestra esperanza, la liturgia de este domingo consuela y conforta. Con sus notas de alegría, la Iglesia quiere alentar a sus hijos para coronar la carrera adelantando algo del gozo espiritual que le espera al fin.

III. La expresión gozosa del salmo 121, 1 (introito) se ha aplicado en muchas ocasiones al momento de la muerte de los cristianos. Así murió san Pedro de Alcántara: «Como vio ya se acababa, dijo el salmo de Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi, e, hincado de rodillas, murió» (Santa Teresa).

La consideración de la muerte es una ayuda eficaz para darle a nuestra vida su verdadero sentido. Nuestro paso por la tierra es un tiempo para merecer; el mismo Señor nos lo ha dado. San Pablo recuerda que «aquí no tenemos ciudad permanente, sino que buscamos la futura» (Heb 13, 14). El Señor vendrá a llamarnos, a pedirnos cuenta de los bienes que nos dió para que los administrásemos bien. Aferrarse a lo de aquí abajo, olvidar que nuestro fin es el Cielo, nos llevaría a desorientar completamente nuestra vida actual y a perder la futura. Toda la existencia temporal deber servirnos como preparación para la existencia definitiva con Dios en el Cielo.

IV. Perseveremos en la santa Iglesia. Ella es nuestra santa ciudad de Jerusalén, es la Esposa de Cristo, nuestra Madre.

Llevados de su mano, marchemos, a través de la Cuaresma de la presente vida, hasta la Jerusalén de allá arriba, hasta la Jerusalén del Cielo, siguiendo el camino de la penitencia y de la mortificación.

Vamos a la Casa del Señor. El camino es corto, y breve el tiempo del dolor. Después vendrá la plenitud de todos los bienes, en la Jerusalén celeste.

«Concedednos, oh Dios omnipotente, que los que justamente somos afligidos a causa de nuestras acciones, respiremos con el consuelo de tu gracia. Por NSJC…» [Misal Romano, ed. 1962: Colecta del IV Domingo de Cuaresma].