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28 abril 2018 • La palabra conciencia es una de las más usadas y, al mismo tiempo, deformada

Angel David Martín Rubio

Tranquilizar la conciencia

Examen de conciencia ignaciano

«En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él» (1 Jn 3, 18).

Estas palabras del Apóstol san Juan que se escuchan en la segunda lectura de este quinto domingo de Pascua (Forma ordinaria, Ciclo B) nos recuerdan la importancia de vivir con una conciencia recta. Si Jesús en el Evangelio nos dice que solamente unido a Él puede vivir el cristiano en la gracia y en el amor y producir frutos de santidad, san Juan nos recuerda que esas buenas obras no pueden ser simplemente de deseo o de palabra sino que han de realizarse efectivamente, obrarse de verdad: «no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (v. 18). En otro lugar, el Apóstol san Pablo (2 Cor 8, 10) nos confirma cómo En este caso práctico nos muestra precisamente el Apóstol cómo lo que importa es tener siempre la buena disposición en el corazón, pues, habiendo ésta, la ejecución de las buenas obras vendrá en el momento oportuno, cuando Dios nos muestre su voluntad para que las hagamos, ya que es Él mismo quien las prepara. Y podemos remitir también a la enseñanza de Santiago (St 2, 18ss) acerca de cómo la fe obra por la caridad (cfr. Mons. STRAUBINGER, La Sagrada Biblia, in locs. cit.).

Esa confrontación de la realidad de nuestras obras con los frutos de santidad que Dios espera de nuestra condición de bautizados y de hijos suyos es la obra de la conciencia. Se trata de un juicio del entendimiento práctico que consiste en aplicar los principios de la moral a algún hecho concreto que hemos realizado o vamos a realizar. El oficio propio de la conciencia es juzgar el acto concreto que vamos a realizar pero también le pertenece juzgar acerca del acto ya realizado por eso decimos que nos da testimonio (con su aprobación o remordimiento) de la bondad o maldad del acto realizado.

La palabra conciencia es una de las que más se utiliza en nuestro tiempo pero de esa definición de se deduce que es de las más deformadas. Se habla de actuar en conciencia, votar en conciencia, libertad de conciencia… pero lo que se entiende por esas expresiones es remitir al juicio puramente subjetivo (para mí…). A esa luz, cualquier acción encuentra justificación porque somos mejores jueces de los demás que de nosotros mismos.

Y es que el dictamen de la conciencia tiene que hacerse a la luz de los principios morales. No juzga acerca de los principios de la ley natural o divina, únicamente si tal acto se ajusta o no a aquellos principios. Por tanto la conciencia ni es autónoma ni la propia conciencia es el supremo e independiente árbitro del bien del mal.

Puesto que el bien de nuestra vida aquí en la tierra y la salvación eterna de nuestra alma en el Cielo dependen de que nuestras acciones se ajusten a la ley de Dios, es de capital importancia la recta y cristiana educación de la conciencia. Recordamos tres medios que pueden ayudarnos a ello:

  1. El estudio profundo de nuestros deberes y obligaciones. Importancia y necesidad de una cultura religiosa a la altura de nuestro nivel formativo humano.
  2. La práctica de la virtud. Nada hay que aleje más de la rectitud moral como la recaída en el pecado o el dejarse llevar por las pasiones. Hay que vivir como se piensa para no acabar pensando como se vive… ¿Pedimos la gracia de cumplir la ley de Dios, de crecer en una virtud…?
  3. La confesión frecuente. El examen de conciencia y los consejos del confesor que resuelven nuestras dudas.

Acudamos con frecuencia a Nuestra Madre, que tan dócil fue a la obra del Espíritu Santo. Que Ella nos enseñe a tener una conciencia delicada, que no nos acostumbremos al peso del pecado y que sepamos reaccionar al ver que en nuestra vida hay cosas que no están de acuerdo con la santidad de Dios y la perfección que Él ha querido para cada uno de nosotros.

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