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6 septiembre 2017 • Artículo publicado en: "La Vanguardia Española", Barcelona, 13-diciembre-1966

Desde Mi Campanario

Confesión de un excombatiente de las Brigadas Internacionales

FIGURÓ EN EL PIQUETE DE EJECUCIÓN DE UN GRUPO DE VOLUNTARIOS CATALANES EN QUINTO (Zaragoza) Y HOY PROCLAMA LA GRANDEZA DE LA FE POR LA QUE MURIERON AQUÉLLOS

La historia de las conversiones es tan larga como la historia de la Iglesia. Desde Saulo, trocado en el Paulo convertidor de naciones, pasando por Agustín, transformado de sofista en teólogo y de pecador en santo, nuestro tiempo ha sido pródigo en suscitar casos impresionantes de conversiones. Chesterton y Charles de Foucauld, Claudel y García Morente, con todo un abanico de variedad polícroma y universal de hombres y mujeres, venidos de todas las ideologías, situaciones y contextos morales y ambientales ilustran la eterna eficacia de la Gracia que cala con la más palpitante lanzada e íntima decisión.

Nos llega una carta de un antiguo combatiente de las Brigadas Internacionales. Luchó en el Batallón Lincoln, conociendo toda la carga de muerte y tragedia de nuestro drama bélico, vivido desde sus trincheras. Figuró en el piquete de ejecución de unos voluntarios catalanes, en tierras de Aragón. Hoy, después de un periplo espiritual, incomprensible a los ojos humanos, pero lleno de lógica divina, es un fervoroso católico. Ha aprovechado la presencia de un misionero claretiano para escribirle una carta, densa de contenido humano y pureza cristiana, que nos recuerda las más patéticas y calientes efusiones del Señor de los grandes perdones y misericordias.

Frente a frente en España

La carta, merece ser meditada: divulgada y releída con destiempo para la reflexión el gozo y la acción de gracias. Nos habla William F. Mc. Carthy:

«Reverendo-padre Juan Corominas: Eventualmente acabo de descubrir que hace unos 30 años, usted y yo nos estábamos tiroteando en los frentes de España. Que actualmente usted está dando, un curso de espiritualidad a religiosas hispanoamericanas. Que en el programa de TV que usted presenta los domingos a las 12.30 en el canal 34 representa unos 47 o 48 años. Que en la apertura de dicho programa aparece Cristo con la oveja perdida, que mira hacia los brazos del Divino Pastor; y éste soy precisamente yo. ¡Que he sido la oveja perdida durante muchos, años!

Formé parte en las Brigadas Internacionales, concretamente en la Brigada 15 del Batallón Abraham Lincoln, en la Cía. de ametralladoras. En la primera ofensiva de los republicanos, en agosto-septiembre de 1937, me encontraba en el frente de Aragón, provincia de Zaragoza. Tomé parte en la batalla de Quinto y Belchite. Y en Belchite fui herido.

He estado en el partido comunista de América desde 1936 hasta 1952. Actualmente soy presidente de la sección de piedad de la Sociedad del Santo Nombre en la Parroquia de San Felipe Neri. Y hasta hace cuatro meses fui el presidente de dicha Sociedad. He sido y continúo siendo miembro activo de la Tercera Orden de San Francisco.
El pasado domingo, segundo de mes, domingo que toca la comunión de los miembros de la Sociedad, después de la misa de 8.30 fui a dar las gracias al extraño padre que nos había celebrado la misa. Cuando él me dijo que era el padre Rosendo Rafael, natural de Cataluña, me quedé grandemente sorprendido. Me presenté a mí mismo, y me sinceré con él; pasamos juntos unas dos horas en el Seminario Claretiano de Compton.

El padre Rafael está convencido de que mi conversión hace seis años, el don gratuito de mi fe, son auténtica manifestación de la infinita caridad, misericordia, y perdón de Dios, para con un católico de nacimiento, ex acólito y educado en el Colegio de los Padres Jesuitas de «Brooklyn Prep», Biklyn, N. Y.

Un don especial

Efectivamente, fue un don especial para mi alma muerta, que al tercer día de la ofensiva en el frente de Aragón, en agosto o septiembre de 1937, en el pueblecito de Quinto, en la carretera de Belchite, formaba parte de un piquete de ejecución que disparamos con «Dum Dums» (explosivas) fusilando a unos 15 ó 20 jóvenes carlistas o requetés. Y por esto le escribo la presente carta. El padre Rafael me dijo que usted por aquel entonces tendría unos 17 años, y que luchaba como soldado en los ejércitos de Franco, y que muy bien podría haberse hallado en Quinto o Belchite.

He pensado que si usted regresa a España es posible que pueda llevar algún consuelo a los familiares de aquellos jóvenes de 18 ó 20 años que fueron fusilados por nosotros.

Se portaron como unos valientes. Llevaban el escapulario puesto y el rosario, y estuvieron orando, no de rodillas, sino de pie hasta el momento en que cayeron. Todos ellos miraban hacia nosotros con impresionante serenidad. Aún parece que los estoy viendo ahora: apuestos, de porte digno, resignados y con la paz del Señor en sus almas esperaban el martirio, su bautismo de sangre, a unos diez metros de nuestros rifles.

Para poderlos identificar mejor, le diré que ocupaban la última de las pequeñas colinas a la derecha del pueblo de Quinto. Era el tercer o cuarto día de la primera ofensiva de los gubernamentales desde que empezó la guerra en 1936.

La orden de fusilamiento

Eran estudiantes, de unos 18 ó 20 años, yo diría que eran suboficiales entre cabos y sargentos. No estoy seguro de ello, pero creo que algunos de ellos llevaban el haz de flechas de los falangistas.

Cuando se dio la orden de fusilarlos una última chispa de mi alma muerta protestó del crimen; y consciente o inconscientemente levanté mi rifle como un buen pie sobre sus cabezas. A los diez metros de distancia, un pie sobre sus cabezas me daba seguridad de que gracias a Dios no disparé sobre ellos a sangre fría, en aquel día lejano de hace treinta años.

Nunca jamás, desde mi conversión, hace seis años, he mentido a un sacerdote. Sin embargo, yo estaba allí, yo formaba parte del piquete de ejecución.

El Señor ya me ha perdonado en el Sacramento de la Penitencia.

Cuando usted regrese a España podrá contar esta historia —la valentía de aquellos muchachos y su inmediata entrada en el cielo— a sus familiares que aún vivan, ya que puede ser un acto de caridad para ellos y para mí.

Pido al Señor que esta carta llegue a sus manos. Si aún está en Los Ángeles y quisiera hablar personalmente conmigo, estoy a su disposición. Si no pudiera hablar personalmente, puede telefonearme.

No creo que la eventualidad de haberme encontrado al padre Rafael, sea una pura casualidad, sino una providencia muy especial de Dios para mí, para usted y para los familiares de aquellos muchachos.

En la misa de este domingo el sacerdote nos ha comentado aquellas palabras de la misa en la carta de San Pablo: «En otro tiempo yo perseguí a la Iglesia de Cristo, pero por la gracia de Dios ahora soy el que soy».

Mi nombre en la tercera Orden de San Francisco es Pablo.
WILLIAM F. MC CARTHY.»

Reconciliación evangélica

Subrayemos la valoración, a través del parabólico proceso interior del comunista convertido, recordando la firme serenidad de los muchachos fusilados.

No dejemos de marginar la recia fe que nos brindan en su muerte, acorazados sus pechos con el escapulario y en sus manos el Rosario. ¡Siempre la Virgen en las horas punta de la vida, de la muerte y de la eternidad!

El odio y la guerra no son situaciones normales ni cristianas. Tampoco la paz de los cementerios, ni las treguas volcánica. Por encima de clanes, bandos, enfermizos extremismos, la plenitud es el Evangelio que nos reconcilia a todos con Dios, el prójimo y nosotros mismos. El combatiente americano nos muestra el atajo de la verdadera reconciliación. Ni resentimientos ni divisiones sectarias. Tampoco el borrón y cuenta nueva de reincidir en los abismos que fatalmente conducen a sangre y ruina.

La reconciliación evangélica nos lleva a la fe; a la convivencia de la verdad en la caridad y a la síntesis equilibrada de todos los valores. Tras tantos años, la sangre fecunda de unos mártires españoles fructifica en los Estados Unidos en un corazón que encuentra la fe por la que murieron sus víctimas. Y hoy, mártires y quienes les apuntó con el fusil para la muerte palpitan en la más entrañable y misteriosa solidaridad y en una reconciliación sin trampa. Que no deja olvidada la vertiente teológica con su proyección política, por la que también murieron aquellos muchachos catalanes en Quinto

José RICART TORRENS, Pbro.

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