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16 julio 2017 • Además del vestido externo de su santo Escapulario pedimos a la Virgen el vestido interno de sus virtudes y gracias

Angel David Martín Rubio

“Le será dada la hermosura del Carmelo”

Imagen de Ntra.Sra. en su Santuario del Monte Carmelo (Palestina)

Si bien los textos de la Liturgia del Domingo prevalecen sobre la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, que celebramos hoy 16 de julio, es oportuno dedicar algunas consideraciones a este título mariano, uno de los más extendidos y populares entre los cristianos.

1. Todas las advocaciones o títulos que damos a la Virgen expresan una excelencia de Nuestra Señora y pueden ser doctrinales o locales.

  • Los títulos doctrinales expresan de modo breve una perfección de la Virgen, nos conducen a un conocimiento más profundo de Nuestra Madre y son un estímulo para acogernos a su protección. Como ejemplo de títulos marianos doctrinales están todos sus misterios: Inmaculada Concepción, Anunciación, Visitación, Asunción…, y otros como Reina, Mediadora, Corredentora, Milagrosa…
  • Los títulos locales se limitan a expresar una relación de María Santísima con un lugar determinado, recordándonos alguna manifestación de su bondad, alguna aparición o milagro que hacen de ese lugar y de la imagen en él venerada un motivo para recordarnos las bondades maternales de la Madre de Dios.

Estos títulos marianos locales son numerosísimos; cada nación, ciudad y pueblo tiene el suyo. Así honramos a nuestra Señora del Pilar, de Guadalupe, de Fátima, de la Montaña…

2. El nombre de la Virgen del Carmen es uno de estos títulos locales. Procede del Monte Carmelo, en Palestina y es una advocación muy venerable por su antigüedad. En dicho lugar, se extendió el culto a la Virgen entre los sucesores de los Profetas que desde tiempos de Elías habitaban en aquel lugar, practicando una vida de pobreza, oración y mortificación.

La Sagrada Escritura elogia la belleza del Carmelo. En las promesas mesiánicas se anuncia que al desierto «le será dada la gloria del Líbano, la hermosura del Carmelo y de Sarón» (Is 35, 2); y Salomón elogia en su amada: «Tu cabeza erguida, como el Carmelo» (Cnt 7, 5). El Carmelo es figura de la belleza y majestad.

El esplendor del Carmelo se refiere a Ella, a Nuestra Señora del Carmen. Y La liturgia aplica, en sentido acomodaticio, a la Virgen nuestra Madre el bellísimo texto de Isaías que hemos citado. A ella le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón y, con razón, se le llama: gracia, belleza, alabanza y gloria del Carmelo. Por eso, al celebrar hoy esta fiesta suya experimentamos la alegría espiritual de contemplarla y de acogernos a su protección, al amparo de su fortaleza. Al felicitarla –«desde ahora me felicitarán todas las generaciones»– vemos en ese don de la alegría, una prenda de la felicidad del cielo.

En la Nubecilla que el profeta vio alzarse desde el Carmelo y regar la tierra sedienta (cfr. III Reyes 18, 41-45) vieron los santos Padres una figura de la Santísima Virgen, la cual también apareció imperceptiblemente, llevando en su purísimo seno al Salvador tanto tiempo deseado por la humanidad. Y sigue reconociendo la Iglesia a la gran Reina del Cielo; quien, a manera de benéfica lluvia, con su amoroso patrocinio, cubre y defiende toda la tierra y dispone y restituye en las almas la vida de la gracia.

3. El Escapulario del Carmen es un signo externo de devoción mariana, de la consagración a la Santísima Virgen María al que van asociadas las promesas de especiales gracias y que el cristiano se reviste con la esperanza de su protección maternal.

  • En los contratiempos y peligros constantes de la vida;
  • En la hora de la muerte, para morir en la gracia de Dios;
  • Para salir pronto del Purgatorio, si allí debemos purgar las reliquias de nuestros pecados.

El Escapulario es una ayuda muy grande pero se ha de llevar no sólo exteriormente, sobre el pecho…, sino interiormente, en el alma. Además del vestido externo de su santo Escapulario pedimos a la Virgen el vestido interno de sus virtudes y gracias. Y entonces sí, cuando el Escapulario sea una manifestación exterior del amor interior que tenemos a nuestra Madre, podremos esperar de Ella las gracias y los frutos que nos ha prometido.

De esta manera, mirando la serena belleza del Carmelo, seremos capaces de elevarnos sobre las miserias humanas y las tristezas de este mundo para mirar a la “estrella del mar” y que Ella nos guíe a Jesucristo, Señor nuestro a quien esperamos gozar y contemplar por toda la Eternidad en unión de la Virgen María y de los santos del Cielo.

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