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9 junio 2017

Gabriel García Hernández

A qué nos enfrentamos con el yihadismo

Manchester, Londres y París. El yihadismo atenta de nuevo en suelo europeo y la implicación de individuos a priori vigilados por las fuerzas policiales deja en evidencia la seguridad de los países afectados.

En España, por ahora a salvo de la oleada que ha golpeado a otros Estados vecinos durante los dos últimos años, presenciamos que un súbdito marroquí interrumpe una boda católica en Valladolid y queda la incertidumbre de cuánto tardará en estallarnos en la cara la amenaza islamista; el mismo día, un español en Londres se lanza contra unos terroristas con un monopatín como arma para defender a una mujer que estaba siendo acuchillada y, a pesar de la pasividad de las autoridades del Reino Unido en confirmar su asesinato, nos queda el orgullo de afirmar que ese valiente era compatriota nuestro.

Manteniendo la tónica habitual, las velas, los peluches, las flores y las llamadas a que no podrán derrotarnos inundan los televisores, periódicos y portales de internet; velas, peluches, flores y llamadas que en ningún momento se han tenido para las víctimas de otro atentado en Teherán cometido por individuos que compartían el yihadismo de los criminales que actuaron en suelo europeo.

Ni los medios de información de masas ni la opinión pública han sabido enfocar el problema de un modo correcto. Tal vez yo tampoco, no soy experto en el mundo islámico; por eso quisiera destacar lo expuesto en sus respectivos trabajos por José Javier Esparza (Periodista y escritor) y Jorge Garrido (abogado y analista político), con el fin de que pueda comprenderse mejor a qué nos enfrentamos:

· José Javier Esparza explica la vinculación entre islam y yihad, que sin ser sinónimos están muy vinculados y no pueden comprenderse el uno sin el otro:

“El islam es mucho más que la yihad y sería necio reducirlo a eso. Pero –insistimos- la yihad es un concepto específicamente islámico, sólo desde el islam se entiende y sólo desde él puede neutralizarse. (…) El yihadismo no tendrá final mientras haya musulmanes convencidos de que el mundo se divide en Dar al islam y Dar al Darb, que Dar al Darb debe ser conquistado, que en esa conquista no basta con la dawa, la predicación, sino que hay que emplear la yihad entendida como combate material, y que la muerte del prójimo, sea fiel o infiel, es una herramienta deseada por Alá para imponer la sharia, la ley islámica, tal y como la legaron literalmente el Corán y la sunna. Esta es la clave. No es lo que el mundo quiere escuchar, pero es la verdad” [1].

En cuanto a la presencia musulmana en los países europeos y los conflictos que ocasiona, Esparza también es bastante directo:

“En Europa hay yihadismo porque hay salafismo, y en Europa hay salafismo porque los mecanismos de integración de las comunidades musulmanas en nuestro suelo han fracasado. Europa no ha querido entender que el islam no es una religión como cualquier otra, sino que lleva implícita una idea muy concreta del orden político y jurídico, y esa idea choca expresamente contra principios esenciales de la civilización europea: la separación entre Dios y el César, la libertad individual, la dignidad irreductible de la persona o la igualdad esencial entre el hombre y la mujer, por ejemplo. Europa no ha querido entender esto. Ha preferido creer que cualquier civilización es soluble en la nuestra. Y así nos hemos encontrado súbitamente con una población de varios millones de personas –con frecuencia, ciudadanos de pleno derecho de nuestros países- expuesta a la acción (salafista) de mezquitas patrocinadas por potencias a las que hasta ayer mismo considerábamos amigas, con unas nuevas generaciones de musulmanes con carné europeo pero que, por mil razones, prefieren su raíz lejana a su arraigo cercano, y que exteriorizan su frustración con una hostilidad manifiesta hacia la sociedad a la que pertenecen sin aceptarla. Esta es la realidad y es esencial mirarla de frente. ¿Significa esto que un musulmán no puede vivir en Europa? No, evidentemente. Lo que significa es que un musulmán, como cualquier ciudadano europeo, sólo podrá vivir aquí si está dispuesto a aceptar un orden jurídico-político previo, un orden que no es de matriz islámica, sino de cuño sucesivamente cristiano y moderno. Y si no lo acepta, debería buscar otro lugar para vivir”[2].

· Jorge Garrido, por otra parte, propone un cambio de rumbo en las relaciones de España con los Estados musulmanes:

“Urge poner fin a la suicida política internacional encaminada a derribar los regímenes moderados laicos y apoyar las revueltas instrumentalizadas por los islamistas (curiosamente siempre desestabilizando regiones próximas a Europa –y, por consiguiente, a España-, pero alejadas de EEUU). También interesa favorecer en general al mundo chiíta (por ser menos problemático a igual radicalidad, por ser el minoritario dentro del Islam y por ser más lejano a España) frente al sunnita (siempre más peligroso en su versión radical, mayoritario en el Islam y fronterizo con España), con la salvedad hecha de los regímenes sunnitas moderados y tolerantes”[3].

Estamos en guerra. La amenaza no está encarnada en ejércitos preparando un desembarco en nuestras costas, ni en conspiraciones tramadas en las montañas de Afganistán. Es una guerra sucia donde al terrorista le basta con sembrar el pánico entre la población occidental, sin necesidad de asumir responsabilidades políticas ni de movilizar legiones de fieles

Respecto a las soluciones, tanto José Javier Esparza como Jorge Garrido dan con la clave. Los países europeos deben hacer respetar su identidad, la misma que pretenden erradicar el demoliberalismo y la sociedad de consumo capitalista, y tener muy claro que los valores de otras civilizaciones no pueden tener cabida ni ser compatibles con la nuestra; del mismo modo, ha de tenerse en cuenta que el problema yihadista no puede resolverse sin la cooperación por parte del mundo musulmán, y esa cooperación pasa porque los financiadores de los integristas (como es el caso de Arabia Saudí y otras petromonarquías) sean defenestrados en detrimento de Estados como Irán y Siria, que además de respetar la existencia y los derechos de otras minorías parecen capaces de garantizar la separación de esa peligrosa simbiosis entre religión y política inseparable en el islam (al menos en el caso sirio, en el iraní es evidente que no se produce esa situación pero al menos no se fomenta el asesinato de los no musulmanes).

__________

[1] Esparza, J.J.; Historia de la Yihad. Catorce siglos de sangre en nombre de Alá, La esfera de los libros, Madrid, 2017; págs. 13 y 14

[2] Esparza, J.J.; op. cit.; págs. 470 y 471

[3] Garrido San Román, J.; España en el mundo. Propuestas para una nueva política exterior, Ediciones Barbarroja, Madrid, 2017; págs. 30 y 31

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