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30 Mayo 2017 • Otros episodios se continúan evocando como cosa de hoy, a impulso de una memoria histórica forzada • Fuente: Hoy (Badajoz, 30 de mayo de 2017)

Alberto González Rodríguez

El cañón, la corneta y la campana

El 30 de Mayo de 1808, hace ahora 209 años, con el disparo de un cañón desde el baluarte de San Vicente realizado por una muchedumbre enardecida por agitadores, que poco antes había asesinado en la Puerta de Palmas al Capitán General de la Plaza, Conde de Torre del Fresno, comenzó en Badajoz la Guerra de la Independencia. Hasta entonces, desde el alzamiento el día 2 del mismo mes en Madrid, la población se había mantenido en “tensa calma”; como un muelle a punto de saltar en medio de un ambiente de incertidumbre que transcurría, con los ánimos a flor de piel, entre las órdenes de acatamiento ante la invasión napoleónica que dictaban unas autoridades plegadas al dominador francés y la indignación del pueblo que se oponía a la ocupación de su patria por un ejército extranjero.

Han transcurrido desde entonces 209 años. Periodo que constituye lo que en historia se llama tiempo largo; es decir muy alejado del presente no solo por los años sino, sobre todo, por lo acaecido luego, que lo difumina en la memoria del imaginario colectivo. Lo que hace que pese a tratarse de uno de los episodios más relevantes de la historia nacional, sean pocos quienes lo conocen, menos los que lo evocan y casi ninguno el que lo celebra. Situación muy distinta de lo que ocurre con otros episodios cercanos también al tiempo histórico largo, que aunque casi a un siglo de distancia ya, se continúan evocando no como cosa de un ayer lejano y difuso, sino como cosa de hoy, a impulso de una memoria histórica forzada.

El disparo del cañón del baluarte de San Vicente en 1808 fue otra vez, como tantas anteriormente, el hito que marcó los acontecimientos en Badajoz. Un tronar que junto al toque de la corneta y el tañido de la campana fueron, como señalaba el insigne cronista Julio Cienfuegos, las pautas que, por su condición de plaza fuerte y sede de numerosos conventos y centros religiosos, determinaron a lo largo de toda su existencia la vida de la ciudad.

Casi desde el siglo XIV, cada vez que Badajoz sufría un ataque, lo que ocurría muy a menudo, el cañón tronaba en la plaza estableciéndose una dura pugna entre quienes desde fuera bombardeaban las murallas para facilitar la entrada en el recinto, y los que desde dentro trataban de acallar con sus baterías las piezas del enemigo y desbaratar su acción. La población, acostumbrada al cañoneo, el silbar de las balas y el olor de la pólvora, soportaba la situación refugiándose en las bóvedas de las iglesias y otros lugares seguros, entretenida en contar los disparos, que en ocasiones superaban el millar diario.

Junto con el tronar del cañón los otros referentes sonoros de la población eran el toque de corneta y el tañido de la campana. Mas si el primero solo retumbaba en los momentos de guerra, los otros dos pautaban la existencia cotidiana tanto en tiempo de guerra como en tiempo de paz.

La corneta, tras sustituir al tambor, era el instrumento que con sus toques organizaba la actividad castrense, la vida en los cuarteles y el quehacer diario de la tropa con sus toques de ordenanza. Señales que de ordinario se proyectaban también a la población civil con sus dianas, retretas, pasacalles, oración, llamadas generales, silencio y queda, etc. Y en otro aspecto, con la música de sus bandas y demás agrupaciones, estableciendo un fondo musical familiar para el vecindario.

Y la campana, de las que los numerosos conventos y centros religiosos ostentaban gran cantidad y modelos, como elemento cuyo tañido, además de pautar la vida religiosa en el sentido litúrgico anunciando las misas, horas canónicas y demás ritos propios, como medio que informaba al vecindario de múltiples cuestiones, como defunciones, fuegos, riadas, mercados, pregones, alarmas, llamadas a rebatos y otras, en los más diversos campos, mediante un código conocido por todos que permitía saber, según el tipo de campanas y sus repiques, si cuando tocaban a muerto el fallecido era mujer, hombre, niño, adulto, anciano, paisano, forastero, y otras variables.

Tras su ocupación por los ingleses en la Guerra de la Independencia el 7 de Abril de 1812, hasta el 14 de Agosto de 1936, única jornada en que desde entonces tronó de nuevo, el cañón no ha vuelto a sonar en Badajoz hasta nuestros días. No así la corneta y la campana, que es precisamente en estos dos últimos siglos cuando alcanzaron mayor protagonismo como parte de la vida cotidiana del vecindario.

Luego, con la superación de su carácter de plaza fuerte en actividad bélica constante, y su evolución urbanística y sociológica, el tronar del cañón, el toque de la corneta y el tañer de la campana desaparecieron, pasando a formar parte de la memoria histórica larga del Badajoz de ayer, siendo otros los referentes de la vida ciudadana que hoy predominan, a los que quizá otro día nos refiramos.

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