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22 Mayo 2017 • Especiales de Cristiandad • Fuente: Radio Cristiandad

Padre Juan Carlos Ceriani

Teología de la Historia: Formación de la Civilización Cristiana. La Revolución Anticristiana (1)

Con autorización de Radio Cristiandad, iniciamos la publicación de esta serie de artículos sobre Teología de la Historia pertenecientes a los Especiales de Cristiandad que dirige el padre Juan Carlos Ceriani. Iremos poniendo a disposición de nuestros lectores los audios de la emisión radiofónica así como los textos para el estudio y la reflexión personal

Escuchar Audio Mp3 Primera Parte

http://www.ivoox.com/player_ej_4374313_4_1.html?c1=ff6600

Escuchar Audio Mp3 Segunda Parte

http://www.ivoox.com/player_ej_4374427_4_1.html?c1=ff6600

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Este programa se dedicó en marzo de 2015 a la memoria de Don Mario Fabián Vázquez,

que consagrara gran parte de estos años a la defensa

y divulgación de los valores constitutivos de la Civilización Cristiana,

así como a combatir el proceso revolucionario anticristiano.

***

Dom Prosper Guéranger (1805-1875), Abad de Solesmes

El sentido cristiano de la Historia por Dom Prosper Guéranger

Lo sobrenatural en la historia

Así como para el cristianismo la filosofía separada no existe, así también, para él no hay historia puramente humana.

El hombre ha sido divinamente llamado al estado sobrenatural; este estado es el fin del hombre; los anales de la humanidad deben ofrecer su rastro.

Dios podía dejar al hombre en estado natural; plugo a su bondad el llamarlo a un orden superior, comunicándose a él, y llamándolo, en último término, a la visión y la posesión de su divina esencia; la fisiología y la psicología naturales son pues impotentes para explicar al hombre en su destino. Para hacerlo completa y exactamente, es preciso recurrir al elemento revelado, y toda filosofía que, fuera de la Fe, pretenda determinar únicamente por la razón el fin del hombre, está, por eso mismo, atacada y convicta de heterodoxia.

Sólo Dios podía enseñar al hombre por la revelación todo lo que él es en realidad dentro del plan divino; sólo ahí está la clave del verdadero sistema del hombre.

No cabe duda de que la razón puede, en sus especulaciones, analizar los fenómenos del espíritu, del alma y del cuerpo, pero por lo mismo que no puede captar el fenómeno de la gracia que transforma el espíritu, el alma y el cuerpo, para unirlos a Dios de una manera inefable, ella no es capaz de explicar plenamente al hombre tal como es, ya sea cuando la gracia santificante que habita en él hace de él un ser divino, ya sea cuando habiendo sido expulsado este elemento sobrenatural por el pecado, o no habiendo éste aún penetrado, el hombre siente haber descendido por debajo de sí mismo.

No hay, pues, no puede haber, un verdadero conocimiento del hombre fuera del punto de vista revelado.

La revelación sobrenatural no era necesaria en sí misma: el hombre no tenía ningún derecho a ella; pero de hecho, Dios la ha dado y promulgado; desde entonces, la naturaleza sola no basta para explicar al hombre.

La gracia, la presencia o la ausencia de la gracia, entran en primera línea en el estudio antropológico. No existe en nosotros una sola facultad que no requiera su complemento divino; la gracia aspira a recorrer al hombre íntegramente, a fijarse en él en todos los niveles; y a fin de que nada falte en esta armonía de lo natural y de lo sobrenatural, en esta creatura privilegiada, el Hombre-Dios ha instituido sus sacramentos que la toman, la elevan, la deifican, desde el momento del nacimiento hasta aquél en que ella aborda esa visión eterna del soberano bien que ya poseía, pero que no podía percibir sino por la Fe.

Pero, si el hombre no puede ser conocido totalmente sin la ayuda de la luz revelada, ¿es dable imaginar que la sociedad humana, en sus diversas fases a las que se llama la historia, podrá volverse explicable, si no se pide socorro a esa misma antorcha divina que nos ilumina sobre nuestra naturaleza y nuestros destinos individuales? ¿Tendría acaso la humanidad otro fin distinto del hombre? ¿Sería entonces la humanidad otra cosa distinta del hombre multiplicado?

No. Al llamar al hombre a la unión divina, el Creador convida al mismo tiempo a la humanidad. Ya lo veremos el último día cuando de todos esos millones de individuos glorificados se formará, a la derecha del soberano juez, ese pueblo inmenso “del que será imposible, nos dice San Juan, hacer el recuento”. (Apoc. 7, 9).

Mientras tanto la humanidad, quiero decir la historia, es el gran teatro en el cual la importancia del elemento sobrenatural se declara a plena luz, ya sea que por la docilidad de los pueblos a la Fe domine las tendencias bajas y perversas que se hacen sentir tanto en las naciones como en los individuos, ya sea que se postre y parezca desaparecer por el mal uso de la libertad humana, que sería el suicidio de los imperios, si Dios no los hubiera creado “curables” (Sap. 1, 14).

La historia tiene que ser entonces cristiana, si quiere ser verdadera; porque el cristianismo es la verdad completa; y todo sistema histórico que hace abstracción del orden sobrenatural en el planteamiento y la apreciación de los hechos, es un sistema falso que no explica nada, y que deja a los anales de la humanidad en un caos y en una permanente contradicción con todas las ideas que la razón se forma sobre los destinos de nuestra raza aquí abajo.

Es porque así lo han sentido, que los historiadores de nuestros días que no pertenecen a la Fe cristiana se han dejado arrastrar a tan extrañas ideas, cuando han querido dar lo que ellos llaman la filosofía de la historia. Esa necesidad de generalización no existía en los tiempos del paganismo.

Los historiadores de la gentilidad no tienen visiones de conjunto sobre los anales humanos. La idea de patria es todo para ellos, y jamás se adivina en el acento del narrador que esté por nada del mundo inflamado con un sentimiento de afecto por la especie humana considerada en sí misma.

Por lo demás, solamente a partir del cristianismo es cuando la historia ha comenzado a ser tratada de una manera sintética; el cristianismo, al hacer volver siempre el pensamiento a los destinos sobrenaturales del género humano, ha acostumbrado a nuestro espíritu a ver más allá del estrecho círculo de una egoísta nacionalidad. Es en Jesucristo donde se ha develado la fraternidad humana y, desde entonces, la historia general se ha convertido en un objeto de estudio.

El paganismo nunca habría podido escribir sino una fría estadística de los hechos, si se hubiera encontrado en condiciones de redactar de una manera completa la historia universal del mundo.

No se lo ha señalado suficientemente que la religión cristiana ha creado la verdadera ciencia histórica, dándole la Biblia por base, y nadie puede negar que hoy en día, a pesar de los siglos transcurridos, a pesar de las lagunas, no estemos más adelantados, en resumidas cuentas, en los acontecimientos de los pueblos de la antigüedad, de lo que lo estuvieron los historiadores que esa antigüedad misma nos ha legado.

Los narradores no cristianos de los siglos XVIII y XIX han pues copiado al método cristiano el modo de generalización; pero lo han dirigido contra el sistema ortodoxo. Muy pronto se dieron cuenta de que apoderándose de la historia y cambiándola a sus ideas, asestaban un duro golpe al principio sobrenatural; tan cierto es que la historia declara a favor del cristianismo. Bajo este aspecto su éxito ha sido inmenso; no todo el mundo es capaz de seguir y de paladear un sofisma; pero todo el mundo comprende un hecho, una sucesión de hechos, sobre todo cuando el historiador posee ese acento particular que cada generación exige de aquellos a quienes otorga el privilegio de encantarla.

Tres escuelas han explotado alternada, y a veces simultáneamente, el campo de la historia.

La escuela fatalista, se podría decir atea, que no ve más que la necesidad de los acontecimientos, y muestra a la especie humana en conflicto con el invencible encadenamiento de causas brutales seguidas de inevitables efectos.

La escuela humanista que se prosterna ante el ídolo del género humano, del que proclama el desarrollo progresivo, con la ayuda de las revoluciones, de las filosofías, de las religiones. Esta escuela consiente de bastante buen grado en admitir la acción de Dios, en el comienzo, como habiendo dado principio a la humanidad; pero una vez la humanidad emancipada, Dios la ha dejado hacer su camino, y ella avanza, en la vía de una perfección indefinida, despojándose en el camino de todo lo que podría ser un obstáculo a su marcha libre e independiente.

Por fin, tenemos la escuela naturalista, la más peligrosa de las tres, porque ofrece una apariencia de cristianismo, proclamando en cada página la acción de la Providencia divina. Esta escuela tiene por principio el hacer constantemente abstracción del elemento sobrenatural; para ella, la revelación no existe, el cristianismo es un incidente feliz y bienhechor en el que aparece la acción de las causas providenciales; pero ¿quién sabe si mañana, si dentro de un siglo o dos, los recursos infinitos que Dios posee para el gobierno del mundo, no traerán tal o cual forma más perfecta aún, con ayuda de la cual se verá al género humano correr, bajo el ojo de Dios, a nuevos destinos, y a la historia iluminarse con un esplendor más vivo?

Fuera de estas tres escuelas, no queda sino la escuela cristiana.

Ésta no busca, no inventa, ni siquiera duda. Su procedimiento es simple: consiste lisa y llanamente en juzgar a la humanidad, como juzga al hombre individual. Su filosofía de la historia está en su Fe. Sabe que el Hijo de Dios hecho hombre es el rey de este mundo, que “todo poder le ha sido dado en el cielo y en la tierra” (Mt. 28, 18).

La aparición del Verbo encarnado aquí abajo es para ella el punto culminante de los anales humanos; es por ello que ella divide la duración de la historia en dos grandes secciones: antes de Jesucristo, después de Jesucristo. Antes de Jesucristo, muchos siglos de espera; después de Jesucristo, una duración de la que ningún hombre conoce la hora de la concepción del último elegido; porque este mundo no es conservado sino para los elegidos que son la causa de la venida del Hijo de Dios encarnado.

Con este dato cierto de una certidumbre divina, la historia ya no tiene misterios para el cristianismo.

Si vuelve sus miradas hacia el período transcurrido antes de la Encarnación del Verbo, todo se explica a sus ojos. El movimiento de las diversas razas, la sucesión de los imperios, es el camino abierto para el pasaje del Hombre-Dios y de sus enviados; la depravación, las tinieblas, las inauditas calamidades, es el indicio de la necesidad que siente la humanidad de ver a Aquél que es a la vez el Salvador y la Luz del mundo; no sin duda que Dios haya condenado a la ignorancia y al castigo a este primer período de la humanidad: lejos de eso, los socorros le son asegurados, y es a él que pertenecerá Abraham, el Padre de todos los creyentes por venir; pero es justo que la mayor efusión de la gracia tenga lugar por las manos divinas de Aquél sin el cual nadie ha podido ser justo, ya sea antes, o después de su venida.

Él viene por fin, y la humanidad, cuyo progreso estaba en suspenso, se lanza por la vía de la luz y de la vida; el historiador cristiano sigue mejor aun los destinos de la sociedad humana en este segundo período cuando se cumplen todas las promesas. Las enseñanzas del Hombre-Dios le revelan con una soberana claridad el modo de apreciación que debe emplear para juzgar los acontecimientos, su moralidad y su alcance.

No tiene sino una misma medida, ya se trate de un hombre o de un pueblo. Todo lo que expresa, mantiene o propaga el elemento sobrenatural, es socialmente útil y ventajoso; todo lo que lo contraría, lo enerva y lo destruye, es socialmente funesto. Por este procedimiento infalible, comprende el papel de los hombres de acción, de los acontecimientos, de las crisis, de las transformaciones, de las decadencias; sabe de antemano que Dios actúa en su bondad, o permite en su justicia, pero siempre sin derogar su plan eterno, que es el de glorificar a su Hijo en la humanidad.

Pero lo que vuelve siempre más firme y más calmo el golpe de vista del historiador cristiano, es la seguridad que le da la Iglesia que camina sin cesar ante él como una columna luminosa, e ilumina divinamente todas sus apreciaciones. Él sabe que lazo estrecho une a esta Iglesia al Hombre-Dios, cómo ella tiene la garantía de su promesa contra todo error en la enseñanza y en la conducta general de la sociedad cristiana, cómo el Espíritu Santo la anima y la conduce; es pues en ella a donde va a buscar la regla de sus juicios. Las debilidades de los hombres de Iglesia, los abusos temporarios no lo asombran, porque sabe que el Padre de familia ha resuelto tolerar la cizaña en su campo hasta la cosecha.

Si tiene que contar, se cuidará de omitir los tristes relatos que dan testimonio de las pasiones de la humanidad y atestiguan al mismo tiempo la fuerza del brazo de Dios que sostiene su obra; pero él sabe dónde se manifiesta la dirección, el espíritu de la Iglesia, su instinto divino. Los recibe, los acepta, los confiesa valerosamente; los aplica en sus relatos. Por ello, nunca traiciona, nunca sacrifica; llama bueno lo que la Iglesia juzga bueno, malo lo que la Iglesia juzga malo.

¿Qué le importan los sarcasmos, los clamores de los cobardes cortos de vista? Él sabe que está en la verdad puesto que está con la Iglesia y que la Iglesia está con Cristo. Otros se obstinarán en no ver sino el lado político de los acontecimientos, volverán a descender al punto de vista pagano; él, se mantiene firme, porque está seguro de antemano de no equivocarse.

Si hoy las apariencias parecen estar en contra de su juicio, él sabe que mañana, los hechos cuyo alcance no se ha revelado todavía, darán la razón a la Iglesia y a él.

Este papel es humilde, estoy de acuerdo; pero quisiera saber qué garantías comparables tiene para presentar el historiador fatalista, el humanitario o el naturalista. Ponen por delante su juicio personal: cada uno tiene pues derecho a darles la espalda.

Para llegar al historiador cristiano, es preciso antes demoler a la Iglesia sobre la que se apoya. Es verdad que hace diecinueve siglos que los tiranos y los “filósofos” trabajan en ello: pero sus murallas están tan sólidamente construidas que hasta ahora no han podido aún desprender una sola piedra.

Pero si nuestro historiador se aplica en buscar y en señalar, en la sucesión de los acontecimientos de este mundo, el aspecto que relaciona de cerca o de lejos cada uno de ellos al principio sobrenatural, con mayor razón se cuida de callar, de disimular, de atenuar los hechos que Dios produce fuera de la conducta ordinaria, y que tienen por meta el certificar y el hacer más palpable todavía el carácter maravilloso de las relaciones que ha fundado entre Él mismo y la humanidad.

En primer lugar están las tres grandes manifestaciones del poder divino y que dan por el milagro un sello divino a los destinos del hombre sobre la tierra. El primero de estos hechos es la existencia y el papel del pueblo judío en el mundo.

El historiador no puede eximirse de presentar a plena luz la alianza que Dios contrajo primeramente con ese pequeño pueblo, y los inauditos prodigios que la sellaron; la esperanza de la humanidad depositada en la sangre de esta raza débil y despreciada de conservar el conocimiento del verdadero Dios y los principios de la moral, en medio de la defección sucesiva de casi todos los pueblos; las migraciones de Israel a Egipto primero, más tarde al centro del imperio asirio, siempre a medida que el teatro de los asuntos humanos se desplaza y se extiende; de manera que en vísperas del día en que Roma, heredera momentánea de los otros imperios, va a encontrarse reina y dueña de la mayor parte del mundo civilizado, el judío la habrá precedido en todas partes; ahí estará con sus oráculos traducidos desde ese momento a la lengua griega; ahí estará conocido por todos los pueblos, aislado, inasimilable, signo de contradicción, pero dando testimonio del advenimiento cada día más cercano de Aquél que debe unir a todas las naciones y “juntar en un solo cuerpo a los hijos de Dios hasta entonces dispersos” (S. Juan 11, 25).

Esta milagrosa influencia del pueblo judío que escapa a todas las leyes ordinarias de la historia, el narrador la mostrará con complacencia en las profecías confiadas a ese pueblo, y que no solamente son para nosotros la antorcha del pasado, sino que tan vivamente han preocupado a los gentiles, durante los siglos que precedieron y siguieron a la llegada del Hijo de Dios.

Cicerón ya había escuchado su eco cuando habla con una especie de terror misterioso del nuevo imperio que se prepara; Virgilio, en el más armonioso de sus cantos, repite los acentos de Isaías; Tácito y Suetonio atestiguan que el universo todo se vuelve, en su espera, hacia Judea, y que el presentimiento general es ver llegar de ese país a unos hombres que van a conquistar el mundo. ¿Acaso se negará después de esto que la historia, para ser verídica, deba tomar el tono y los colores de lo sobrenatural?

El segundo hecho que se encadena al primero es la conversión de los gentiles, dentro y fuera del imperio romano. El historiador cristiano se aplicará a mostrar que ese inmenso resultado procede directamente de la mano de Dios, quien, para efectuarlo, se ha liberado de las leyes simplemente providenciales. Señalará en él, con San Agustín, el milagro de los milagros; con Bossuet, el golpe de estado divino que no ha tenido su igual sino en el momento en que la creación salió de la nada para gloria de su autor.

Contará la colosal grandeza de la meta y la exigüidad de los medios; las significativas preparaciones a un cambio tan grande que presagian que este mundo debe pertenecer a Jesucristo, al mismo tiempo que son por sí mismas un obstáculo más a todo éxito humano de la empresa; los apóstoles, armados solamente con la palabra y con el don de los milagros que la confirma y la hace penetrar; las profecías judías estudiadas, comparadas, profundizadas en todo el imperio, y volviéndose, como nos lo atestiguan los escritos de los tres primeros siglos, uno de los más poderosos instrumentos de las conversiones; la constancia sobrehumana de los mártires, cuya inmolación casi incesante, lejos de extirpar la nueva sociedad, la propaga y la afirma; por fin, la cruz, el patíbulo del hijo de María, coronando después de tres siglos, la diadema de los Césares; las ideas, el lenguaje, las leyes, las costumbres, en una palabra todas las cosas transformadas según el plan que habían traído de Judea los conquistadores de la nueva especie que el imperio esperaba, y que supieron triunfar sobre él, derramando su sangre bajo su espada.

En medio de todos estos prodigios, el historiador cristiano se siente cómodo y nada le asombra, porque sabe y proclama que aquí abajo todo es para los elegidos y que los elegidos son para Cristo. Cristo está en su casa en la historia; es pues muy simple que no se la pueda explicar sin Él, y que con Él ella parezca en toda su claridad y en toda su grandeza. La sucesión de los anales humanos responde al comienzo; pero desde la publicación del Evangelio, los destinos del mundo han tomado un nuevo vuelo; después de haber esperado a su rey, ahora la tierra lo posee. La preparación sobrenatural que se había manifestado en el papel del pueblo judío, esa otra preparación a la vez natural y sobrenatural que había aparecido en la marcha siempre progresiva del poderío romano, ha llegado cada una a su término.

Todo ha sido consumado, Jerusalén cede sus derechos y sus honores a Roma; Tito es el ejecutor de las grandes obras del Padre celestial que venga la sangre de su Hijo eterno. El milagro del pueblo judío no cesa sin embargo por esto; se transforma, y las naciones tendrán ante los ojos, hasta la víspera del último día, el espectáculo no ya de un pueblo privilegiado, sino de un pueblo maldito de Dios.

En cuanto al Imperio pagano, construyó, sin saberlo, la capital del reino de Jesucristo; le será dado residir ahí tres siglos más; es de ahí de donde partirán esos sangrientos edictos que no tendrán otro efecto que el de mostrar a los siglos futuros el vigor sobrenatural del cristianismo; luego, cuando haya llegado el tiempo, cederá el lugar, y partirá a refugiarse al Bósforo, y la imperecedera dinastía de los Vicarios de Cristo que no han abandonado su puesto desde el martirio de Pedro, su primer eslabón, ceñirá la corona en la ciudad de las siete colinas.

El imperio se desmoronará pieza por pieza bajo los golpes de los bárbaros; pero antes de infligirle la humillación y el castigo que crímenes seculares han acumulado sobre él, la justicia divina esperará a que el cristianismo, victorioso de las persecuciones, haya extendido lo bastante alto y lo bastante lejos sus ramificaciones para dominar en todas partes las oleadas de ese nuevo diluvio; se lo verá después cultivar nuevamente, y con pleno éxito, la tierra renovada y rejuvenecida por esas aguas incluso más purificantes que devastadoras.

¿Acaso después de haber expuesto todas estas maravillas, el historiador cristiano cambiará el tono de sus relatos? ¿Volverá a la explicación simplemente providencial de los fastos de la tierra? ¿No es acaso lo maravilloso sólo el punto central de los anales humanos, de manera que desde ese momento la acción de Dios deba permanecer velada bajo las causas segundas hasta el fin de los tiempos? ¡Qué Dios no quiera que así sea!

Un tercer hecho sobrenatural, hecho que debe durar hasta la consumación de los siglos, llama su atención y reclama toda su elocuencia. Este hecho es la conservación de la Iglesia a través de los tiempos, sin mezcla en su doctrina, sin alteración en su jerarquía, sin suspensión en su duración, sin desfallecimiento en su marcha. Miles de grandes cosas humanas han sido creadas, se desarrollaron y cayeron en decadencia: la conducta habitual de la Providencia cuidó de ellas durante su duración; hoy quedan sus huellas sólo en la historia.

La iglesia está siempre de pie: Dios la sostiene directamente, y todo hombre de buena fe, capaz de aplicar las leyes de la analogía, puede leer en los hechos que la conciernen esa promesa inmortal de durar siempre, que ella tiene escrita en su base por la mano de un Dios.

Las herejías, los escándalos, las defecciones, las conquistas, las revoluciones, nada han conseguido; rechazada de un país, ha avanzado en otro; siempre visible, siempre católica, siempre conquistadora y siempre sufriente. Este tercer hecho, que no es sino la consecuencia de los dos primeros, termina por dar al historiador cristiano la razón de ser de la humanidad. Él concluye con la evidencia de que la vocación de nuestra raza es una vocación sobrenatural; que las naciones, sobre la tierra, no solamente pertenecen a Dios que ha creado la primera familia humana, sino que también son, como lo ha dicho el Profeta, el dominio particular del Hombre-Dios. Entonces, basta de misterios en la sucesión de los siglos, basta de vicisitudes inexplicables; todo se dirige a la meta, todo problema se resuelve por sí mismo con este elemento divino.

Sé que hoy hace falta coraje, sobre todo cuando no se es del clero, para tratar la historia con este tono; se cree sinceramente, no se quisiera por nada del mundo adoptar el sentido y las maneras de las escuelas fatalistas y humanitaria; pero la escuela naturalista es tan poderosa por su número y su talento, es tan benevolente con el cristianismo, que es duro desafiarla en todo y no ser a sus ojos nada más que un escritor místico, a lo sumo un hombre de poesía, cuando se aspiraría a la reputación de ciencia y de filosofía.

Todo lo que puedo decir, es que la historia ha sido tratada, desde el punto de vista que me he permitido exponer, por dos poderosos genios cristianos y que su reputación no ha naufragado por ello.

“La ciudad de Dios” de San Agustín, el “Discurso sobre la historia universal” de Bossuet, son dos aplicaciones de la teoría que he adelantado.

La ruta está pues trazada con mano maestra, y es posible exponerse en seguimiento de tales hombres a los fútiles juicios del naturalismo contemporáneo.

Es mucho, sin duda, regular su vida íntima por el principio sobrenatural; pero sería una grave inconsecuencia, una alta responsabilidad, el que ese mismo principio no condujera siempre la pluma.

Veamos a la humanidad en sus relaciones con Jesucristo su Cabeza; no la separemos nunca de Él en nuestros juicios ni en nuestros relatos, y cuando nuestras miradas se detengan en el mapa del mundo, recordemos ante todo que tenemos ante los ojos al imperio del Hombre-Dios y de su Iglesia.

Políptico del Juicio Final (Rogier van der Weyden)

DIOS: Más allá y por sobre la Historia… Principio y Fin de la Historia.

La historia de los hombres

La historia está constituida por las acciones de los hombres porque el hombre, con su razón, pone libremente un determinado orden en el curso de sus acciones sobre sí mismo, sobre los otros hombres y sobre las cosas puestas a su servicio.

El hombre hace su historia y hace la historia: por ser racional es libre, y por ser libre es un agente responsable de su propio destino.

La historia es un inmenso entrecruzarse de pensamientos, palabras, acciones y realizaciones de los hombres.

La historia humana en su conjunto no parece tener sentido mirada desde el punto de vista del hombre. Sin embargo, tiene un sentido desde el punto de vista de Dios, en cuya mente existe la razón del orden que hay en las cosas respecto de sus fines.

Dios ordena de un modo eficaz las cosas de la historia para que aquellos que han sido escogidos para la gloria eterna obtengan infaliblemente este fin. La razón de ser de toda la historia es hacer posible la eterna salvación de los predestinados.

EL PLAN DE AMOR DE DIOS

Historia del Antiguo Testamento

1) Creación

2) Albores de la Revolución:

Rebelión de Satanás, Primer Revolucionario

Pecado Original – Se destruye el plan de Dios

Época de tinieblas, Consecuencias del pecado

3) Promesa del Redentor: Dios elige al Pueblo

JUDIO = REVELACIÓN

GRIEGO = FILOSOFÍA

ROMANO = ESTRUCTURA POLITÍCO‑SOCIAL

ENCARNACIÓN DEL VERBO

Plenitud de los tiempos

Dios dirige la historia en función de los Santos; pero, a su vez, los Santos se ordenan en función de Cristo, que ha sido constituido Cabeza de todos los predestinados.

La historia, por consiguiente, se desarrolla en función de Cristo. La historia tiene por fin y por destino hacer que pertenezcamos a Cristo. El curso de los acontecimientos históricos no es, en definitiva, para el hombre o para la persona humana sino para Cristo.

El fin del demonio es apartar a la creatura racional de la obediencia a Dios. El dominio que el diablo ha conquistado sobre la historia de los hombres se expresa por el título que Nuestro Señor le da: Príncipe de este mundo.

El arte del demonio es dominar los medios temporales para por allí perder el interior del hombre. De aquí que trate de dominar los medios del placer, de la riqueza y del poder para tener agarrado al hombre. Son éstas las tres tentaciones del desierto y la triple concupiscencia de que habla San Juan.

Historia del Nuevo Testamento

Realización del Reino de Dios:

En Roma: Revelación + Filosofía + Estructura Político‑Social

La historia es el campo de la disputa entre Cristo y el demonio por la posesión total del hombre. Sería un error pensar que el campo de la vida temporal del hombre es terreno ajeno a esta disputa. De ninguna manera, porque, si bien el destino de la vida humana se resuelve en el interior del corazón, sin embargo el hombre desenvuelve su vida en actividades temporales en las cuales teje también su decisión última y su destino eterno.

De aquí la importancia del sentido que se dé a esa civilización temporal en relación con la vida eterna.

***

EL HOMBRE

Tomado del libro del Padre Meinvielle El comunismo en la Revolución Anticristiana

En el hombre coexisten cuatro formalidades fundamentales, que explican las cuatro etapas posibles de un ciclo cultural:

El hombre es algo, es una cosa.

El hombre es animal, es un ser sensible, que sigue el bien deleitable.

El hombre es hombre, es un ser racional, que se guía por el bien honesto.

El hombre, participando de la esencia divina, está llamado a la vida sobrenatural en comunión con Dios.

HIJO DE DIOS = formalidad sobrenatural

RACIONAL = formalidad humana o racional

ANIMAL = formalidad animal o sensitiva

ALGO = formalidad de realidad o cosa

En un hombre normalmente constituido, estas cuatro formalidades deben estar articuladas en un ordenamiento jerárquico que asegure su unidad:

El hombre es algo para sentir como animal

Siente como animal para razonar y entender como hombre

Razona y entiende como hombre para amar a Dios.

***

LA SOCIEDAD

Si estas cuatro formalidades que constituyen al hombre las proyectamos socialmente, tenemos que:

A la formalidad de cosa corresponde la función económica de ejecución (trabajo manual), que cumple el obrero en un oficio.

A la formalidad de animal corresponde la función económica de dirección (el capital), que cumple la burguesía en la producción de bienes materiales.

A la formalidad de hombre corresponde la función política (aristocracia = gobierno de los mejores), que cumple el político en la conducción de una vida virtuosa de los demás hombres.

A la formalidad sobrenatural corresponde la función religiosa del sacerdocio, que se ocupa de conducir los hombre a Dios.

El sacerdocio tiene como función asegurar la vida sobrenatural del hombre, incorporándolo a la sociedad de los hijos de Dios y manteniéndolo en ella. Su dominio se extiende a todo al campo de lo espiritual; nada, que de un modo u otro tenga atingencia con el orden eterno, está sustraído a su jurisdicción.

La función política tiene como fin propio hacer virtuosa la convivencia humana. El ser humano debe vivir en sociedad para lograr su perfección; y la realización de la virtud es función propia de aquella clase social que posee la virtud y tiene en sus manos la función política. La aristocracia lleva a la realización práctica el estado de virtud, cuyo conocimiento ha aprendido de labios del sacerdote. Lo esencial a la aristocracia es la subordinación al sacerdocio, como es esencial a la política la sujeción a la teología.

La burguesía interviene en las operaciones financieras y comerciales y en la dirección de la producción. Aporta el capital.

El artesanado interviene en la ejecución de los diferentes oficios. Aporta el trabajo.

Estas cuatro funciones están articuladas en una jerarquía de servicio mutuo:

El artesanado sirve a la burguesía y la burguesía sirve al artesanado en cuanto lo dirige y tutela.

El artesanado y la burguesía, unidos en la cooperación económica, sirven a la nobleza y son servidos por ella, que les garantiza el ordenamiento virtuoso.

El artesanado, la burguesía y la aristocracia sirven al sacerdocio, pues los dos primeros le aseguran la sustentación económica y el tercero la convivencia virtuosa, y a su vez son servidos por él en cuanto el sacerdocio consolida el ordenamiento económico y político de aquellos por la virtud santificadora que dispensa.

La vida del hombre ha de descansar como en primera y fundamental verdad en Dios, poseído en la divina contemplación. Hacia allí deben ordenarse totalmente todas las actividades, sean políticas, económicas, culturales o artísticas. Dios es la meta necesaria del hombre; la norma suprema y única que regula todas las acciones de su vida.

Como sin regla suprema y total no puede desenvolverse la vida del hombre, rechazar a Dios como suprema y total regla de la vida del hombre implica necesariamente colocar en su lugar otra, que será o el trabajo, o el placer, o el dinero, o el poder, es decir, una criatura.

***

Concepto de civilización

Tomado del libro del Padre Meinvielle De Lamennais a Maritain

Civilización viene de civitas, ciudad, porque la ciudad ofrece condiciones de perfeccionamiento que, de suyo, no puede encontrar el hombre en la soledad.

Precisamente en la ciudad se aúnan los esfuerzos de cuantos en ella se han albergado con el propósito de acrecentar los valores humanos de vida.

La ciudad es efecto y causa de perfeccionamiento.

Efecto porque surge de la común concurrencia de los que han alcanzado y buscan la perfección; causa porque tiende a proporcionarla a los muchos que en su busca acuden a ella.

Hay quienes juzgan sinónimos los vocablos civilización y cultura. Pero, aunque grandes sean las conexiones que entre ellos existen, no pueden considerarse idénticos.

Cultura, de colere, cultivar, pareciera indicar la actividad del hombre aplicada a la humana naturaleza para que ésta rinda los frutos de que es capaz, así como se dice cultivo de la tierra, al esfuerzo del hombre a ella aplicado.

La cultura connota preferentemente el perfeccionamiento de la personalidad humana, mientras la civilización contempla primeramente el de la sociedad.

Diríamos entonces, que el hombre busca su cultura en la civilización, para significar que la cultura surge como una conquista del esfuerzo libre y personal del hombre, lograda con la ayuda de la civilización, que ha puesto a su alcance los medios para alcanzarla.

Lo cierto es que el concepto de civilización ha de fijarse en función del hombre. Medir su valor tan sólo en atención al grado de aprovechamiento de las energías naturales, como nuestro Sarmiento que motejó de barbarie todo cuanto a esto no condujera, importa una grosera aberración.

Si la civilización sólo tiene lugar entre humanos, si es fruto de sus esfuerzos y se endereza a su felicidad, nada más elemental que tratar de fijar su naturaleza y límites de acuerdo a las leyes que regulan el perfeccionamiento del hombre.

Para saber cuál haya de ser la civilización, habremos de establecer previamente cómo es el hombre, y qué busca en la civilización. No precisamente qué busca, de hecho, muchas veces, sino qué busca, en atención a las exigencias mismas de su ser.

De hecho, podrá desviarse, pero si aún entonces, en las mismas desviaciones, descubrimos tentativas frustradas de un anhelo profundo e irrefrenable que le mueve en la busca de su propio bien, de aquel bien que, logrado, pueda darle la paz y la felicidad, será que este bien constituye la meta y regla de su felicidad.

¿Cuál es, pues, ese bien supremo que busca el hombre en la civilización, que le busca cuando se acerca a cada uno y a todos los bienes particulares?

Un análisis elemental, pero certero nos descubre inmediatamente que el hombre, en medio de la diversísima complejidad de tendencias a que está sometido, guarda una rigurosa unidad jerárquica.

Hay en él operaciones físicoquímicas que le son comunes con todos los otros cuerpos que vemos en la naturaleza; las hay también operaciones vitales de índole puramente vegetativa, como las de la asimilación y crecimiento, que le son comunes con las plantas; las hay asimismo sensitivas como las que vemos en los animales y las hay, por fin, que le son propias y distintivas, como las de entender y querer.

No obstante la complejidad de estas actividades y tendencias el hombre es una perfectísima unidad.

Uno es, con unidad de naturaleza, aunque sea ella compuesta de dos principios tan incompatibles como el cuerpo y el alma; uno, con unidad de persona, porque todos sus actos son atribuidos a un mismo “yo” que persevera, idéntico a sí mismo, a través de las cambiantes variaciones de la vida; uno, con unidad de orientación y de destino, porque todo cuanto hace se encamina hacia una única y suprema meta, que es la búsqueda de la Verdad y del Bien.

Pero la complejísima unidad de esta substancia espiritual que es el hombre, un horizonte en que confinan las criaturas espirituales y corporales, nos presenta la tremenda situación de un ser que, no obstante estar destinado a una plenitud de Verdad y de Bien, se encuentra en la mayor indigencia.

Está hecho, sí, para toda Verdad y Bien y hacia ella tiende con toda la fuerza de su ser, pero viene al mundo en total privación de toda Verdad y de todo Bien. En una ardua y progresiva conquista ha de ir adquiriendo perfecciones puramente materiales primero, para por medio de éstas alcanzar las de su vida afectiva y sensitiva, y también luego, a través de éstas, las de la vida intelectiva y culminar finalmente, ya en la edad perfecta de su ser, en la plena contemplación de la Verdad.

Si el hombre en total indigencia de toda perfección y con un anhelo irresistible de ella busca en la civilización los medios que se la provean, debe ésta reunir en sí —concretada en instituciones, leyes y costumbres— aquella complejísima riqueza de bienes que el hombre apetece, ordenados en aquella unidad jerárquica según la cual los apetece. De aquí, que sea tan importante señalar no sólo la necesidad de estos bienes, sin omitir ninguno, sino también la proporción y medida en que deben ser suministrados.

LA ESCALA DE LOS VALORES CIVILIZADORES SEGÚN SANTO TOMÁS

Santo Tomás ha establecido en la Suma contra Gentiles (Ver los capítulos 25 al 63 del libro III), con una luminosa precisión la regla que mide el perfeccionamiento del hombre.

Después de explicar con copiosas y decisivas razones que la humana felicidad no consiste en los deleites del cuerpo, ni en los honores, o en la gloria humana, ni en las riquezas o en el poder, en la salud, hermosura y vigor del cuerpo, ni en los deleites sensibles y ni siquiera en la práctica de las virtudes morales o en la prudencia o en la producción de obras artísticas o útiles, termina diciendo que “la suprema felicidad del hombre finca en la contemplación de la verdad”.

Y añade estos párrafos que valen por todo un tratado de civilización.

“A la contemplación de la verdad parecen ordenarse como a un fin todas las demás operaciones humanas. Porque para la perfección de la contemplación se requiere la incolumidad del cuerpo, a la cual están ordenadas todas las producciones del hombre necesarias para su vida. Se requiere también el sosiego de las perturbaciones de las pasiones, el cual se obtiene por medio de las virtudes morales y de la prudencia; y el sosiego de las pasiones exteriores, al cual se ordena todo el régimen de la vida civil.

De tal suerte que, si se consideran rectamente, todos los humanos oficios parecen estar al servicio de los que contemplan la verdad” (Capítulo 37 del libro III).

Y como inmediatamente surge al espíritu, a qué verdad contemplada se refiere aquí el Doctor Angélico, se adelanta él mismo a manifestárnoslo, diciendo:

“No es, empero, posible que la última felicidad del hombre consista en la contemplación que tiene lugar en la inteligencia de los principios, la cual como sumamente universal, es imperfectísima y no contiene sino, en potencia, el conocimiento de las cosas, y la cual no es término sino inicio del estudio humano, derivada en nosotros de la naturaleza, y no del estudio de la verdad; tampoco puede ella consistir en la contemplación que tiene lugar en las ciencias, que versan sobre las cosas inferiores, puesto que es preciso que la felicidad estribe en la operación del entendimiento precisamente por comparación a los más nobles inteligibles. No queda sino entonces que en la contemplación de la sabiduría, que versa sobre las cosas divinas, consista la suprema felicidad del hombre” (libro III, c. 37).

En esta doctrina, tan límpidamente expuesta por el Doctor Angélico, hay un levantamiento de todas las actividades del hombre, las que son orientadas hacia la ocupación más elevada, de la que éste es capaz, es a saber, a la contemplación de la Primera Verdad.

A esta divina ocupación está llamado el hombre por los esfuerzos y apetencias de su naturaleza espiritual, que no puede saciar sino allí sus ansias de plenitud de Verdad. Mientras no llegue a alcanzarla, ha de sentirse necesariamente falto e insatisfecho y sin verdadera felicidad.

Podría quizás objetarse que esta felicidad aquí propuesta por Santo Tomás no puede lograrla perfectamente ningún hombre en la vida presente; pero aunque así sea, siempre será verdad que aquella imperfecta felicidad, de que es capaz en la vida presente no podrá ser tal sino en la medida en que esté condicionada por aquella regla de auténtica perfección. Porque si en la vida presente no puede haber plenitud de felicidad es precisamente porque no puede el hombre cumplir perfectamente en ella las condiciones de su adquisición, pero nunca porque una sea la regla de la felicidad en este mundo y otra, muy diversa, en el otro.

Si ello es así, si la misma regla es valedera para la felicidad del hombre en esta y en la otra vida, se sigue que en todas sus acciones, aun en aquellas, que por su naturaleza, pueden aparecer más alejadas, debe guiarse el hombre únicamente por ella. Esta regla constituye con toda verdad un ordenamiento total del hombre, y lleva por lo mismo implícita una concepción completa de su vida.

La vida total del hombre ha de descansar como en primera y fundamental verdad —verdad no puramente teórica sino práctica, para ser vivida— en Dios, poseído en la divina contemplación.

Hacia allí deben ordenarse totalmente todas las actividades, sean económicas, políticas, culturales o artísticas. Dios es la meta necesaria del hombre. La norma suprema y única que regula todas las acciones de su vida.

Y advierta el lector que estamos hablando en una consideración puramente natural, esto es, atendiendo únicamente a los constitutivos naturales del hombre que le corresponden en virtud de las exigencias de su pura naturaleza; esta contemplación de Dios, a la que nos estamos refiriendo, no es la visión intuitiva de los bienaventurados que gozan actualmente en el cielo, pero es una verdadera contemplación, posesión y fruición de Dios.

Adviértase también que rechazar a Dios como suprema y total regla de la vida del hombre implica necesariamente colocar en su lugar otra suprema regla de vida que será o el trabajo, o el placer, o el dinero o el poder, es decir una criatura.

Sin regla suprema y total no puede desenvolverse la vida del hombre que es primordialmente una unidad. La alternativa es irrefragable: o el hombre sirve a Dios, sometiéndole toda su vida, o sirve a las cosas que no son Dios.

Toda otra solución que quiera excogitarse, todo intento de transacción, de acomodamiento, no puede sostenerse; porque en la medida, en que no se someta a Dios, se aparta de Él y, en consecuencia, de su felicidad. Por otra parte, implica establecer una quiebra, una escisión en el hombre que es una unidad, el colocar en él, dos últimas reglas de vida, dos caminos de progreso, Dios en unas cosas, las criaturas en otras.

Dios constituye entonces el principio del perfeccionamiento esencial del hombre. El hombre no se perfecciona, no adquiere acrecentamientos de su ser, en la misma línea humana, sino cuando progresa en ese camino de la posesión de Dios.

Podrá sí adquirir perfecciones accidentales, cuando se aparta de Dios; y así, puede el hombre, fuera de Él, progresar en las técnicas, y en las ciencias humanas, pero entonces, en la pura línea humana no habrá ningún progreso… antes bien, sucederá que esos perfeccionamientos accidentales, no ordenados a la perfección esencial del hombre le han de disponer para acelerar un proceso de apartamiento de Dios y por lo mismo de regresión.

Y sucederá entonces que infatuado el hombre con su progreso parcial y accesorio irá cayendo, cada vez más profundamente, en el abismo de la abyección.

Aquellas perfecciones técnicas, por ejemplo, legítimas en sí y que ordenadas como dispositivos para un mejoramiento del bienestar material del hombre, podrían asegurar un mejoramiento moral de la colectividad humana, y una ascensión, por tanto, más rápida y fácil de un mayor número en el conocimiento de Dios, constituidas en cambio como teniendo valor en sí y para sí, como un fin último, no podrán sino trastocar toda la vida del hombre, haciéndola marchar en sentido inverso al de su verdadero perfeccionamiento.

De aquí que sea tan fundamental atender a esta regla suprema de perfección humana que fija la escala de los verdaderos valores de civilización.

Este principio regulador establece una jerarquía en todas las actividades humanas cuyo valor habrá de medirse por el grado de acercamiento o de preparación que con él tengan. Porque si el fin supremo del hombre lo constituye la contemplación de Dios, se sigue que la función más alta de la vida humana ha de corresponder al sabio que está sumergido en esta divina ocupación.

Y detrás del sabio completo, todos los que de él participan que son aquellos que contemplan la verdad en sus grados más imperfectos, propios de la Filosofía y de las ciencias particulares como las matemáticas, las ciencias físicas; detrás de éstas han de venir los que llevan a la práctica esta verdad, ya en sus propias vidas, ya en la colectividad social: verdad realizada que constituye el dominio de la virtud y por ende, del político; y detrás ha de venir el dominio de lo económico, esto es de los requisitos materiales de la existencia sujeta a las condiciones de necesidad.

La naturaleza de estos dominios, tanto en su condición interna cuanto en función del hombre, determina una ordenación jerárquica ineludible.

Lo económico o dominio de la necesidad debe someterse a las regulaciones de la virtud y la virtud, a su vez, a las exigencias de la verdad.

La jerarquía Verdad-virtud-necesidades corresponde a la de sabio-político-económico; y una y otra se fundan en las exigencias mismas del ser.

La necesidad no puede lograr categoría humana, sino recibe la regulación de la virtud y ésta no puede constituirse en carácter de tal sino surge como una ordenación de la razón, y la razón carece de fundamento sólido sino es afirmada por la Verdad subsistente.

Tal la conformación del hombre que no puede perfeccionarse en su estructura física sino por la incorporación de bienes materiales, sujetos a las necesidades, ni en su estructura moral sino por el cumplimiento de la ley, ni en su estructura espiritual sino por una total adecuación a Dios.

Tal su conformación que de todas las cosas necesita para su perfeccionamiento y que estas mismas cosas le empujan irresistiblemente a buscar en Dios la plenitud de su perfección.

Tal su conformación que todo en él conspira para que pueda cumplir la operación más alta de su ser que es la de entender en el acto más alto de esta misma operación que es la de entender a Dios, el más alto y soberano inteligible.

Tal su conformación, que encierra un misterio ontológico porque su felicidad está hecha necesariamente a medida de Dios y no del hombre; esto es, que la posesión de Dios únicamente puede colmar las apetencias innatas de su inteligencia hecha para la Verdad y de su voluntad hecha para el Bien.

LAS TRES FUNCIONES DE VALORES DE UNA CIVILIZACIÓN

Una civilización que merezca el nombre de tal se constituye por la subordinación jerárquica de los tres valores mencionados. El sabio, que considera la verdad; el político —rey o gobierno, cualesquiera sean los regímenes de suyo secundarios y accesorios—, que se propone imponer la virtud; el económico (comerciante, artesano, agricultor), que cuida del bienestar del cuerpo.

La sabiduría para la inteligencia, la virtud para la voluntad, la salud para el cuerpo.

La libertad donde se mueve el saber; la fuerza que ayuda a la virtud; la servidumbre o necesidad que rige la provisión de bienes corporales.

La cultura que perfecciona el espíritu; la política que gobierna el alma; la economía que satisface las necesidades materiales.

Y los tres símbolos que encierran todo lo humano, esto es, el Saber, el Poder, y la Riqueza.

Si el hombre busca en la vida civilizada su perfección, y si ésta encierra valores económicos, virtuosos y contemplativos, estos tres bienes ordenados progresivamente, han de hallarse en la auténtica civilización.

De acuerdo a esta escala de valores aparece claro que el hombre no se libera sino cuando provisto de los recursos materiales y sosegado en su interior y exterior, entra en la contemplación de la Verdad.

La cultura, el humanismo, que no merece el nombre de tal si no culmina en la posesión del Soberano Bien, está por encima de la política, la presupone necesariamente y la dirige como la contemplación dirige y gobierna la acción. La política por su parte presupone la economía y también la dirige como la ética regula las fuerzas mecánicas e instintivas del hombre.

En esta subordinación jerárquica estriba la salud de estos valores y de toda civilización.

Si la Cultura rompe el lazo que la une con Dios, Primera Verdad, se constituye en fin en sí, y se profana, llevando la rebelión y la anarquía al dominio del Saber.

Sin el Primer Inteligible todo entender se trueca ininteligible. La civilización queda entonces entregada a la pura fuerza del Poder.

El poder político pierde su razón de instrumentalidad y se convierte en fin en sí. Y como erigido en valor absoluto, el poder político, cuya esencia es servir, no puede mantenerse, es necesariamente suplantado por las fuerzas inferiores de lo económico y la sociedad, presa del materialismo, camina hacia la desintegración.

Es condición necesaria para que una civilización pueda mantenerse en su propio ser que, a través de todas sus relaciones y estructuras vitales, una fuerza de unidad unifique en la contemplación de la Verdad toda la diversísima complejidad de operaciones y funciones humanas.

Si la Verdad no logra mantener el centro de la unidad en el conjunto social, pronto se constituirá otro principio de unidad, que será el Poder o el Dinero, el Placer o el Trabajo. Pero esa sociedad descentrada de su verdadero fin quedará a merced de rebeliones profundas que acabarán por fragmentarla y disolverla en un proceso sin fin de anarquía y tiranía.

En este proceso de desintegración una norma de convivencia social —la contemplación de la divina Verdad— será substituida por otra esencialmente diversa —el Poder, el Dinero, el Trabajo— y la sociedad, si se quiere la civilización, en un empleo menos riguroso del término, podría decirse abusivo, cambiará esencialmente en la medida en que deja de ajustarse a las condiciones esenciales de su propio ser: la nueva civilización será necesariamente perversa.

Podríamos también señalar aquí que una sociedad puesta bajo el signo del Dinero, como la mercantil de Inglaterra-Estados Unidos, o bajo el signo del Trabajo como la comunista de Rusia, será necesariamente atea, porque aun cuando el comerciante y el trabajador puedan creer en Dios, creerán en Él no en cuanto comerciante ni en cuanto trabajador sino porque son hombres, esto es porque son mucho más que comerciante y trabajador.

Luego una sociedad que erige como valor supremo de vida el Dinero o el Trabajo, es necesariamente atea, en cuanto ciudad.

Si el hombre, pues, hubiera sido creado en el estado que llaman los teólogos de pura naturaleza, la civilización reuniría en sí, jerárquicamente subordinados, bienes del cuerpo, bienes políticos y bienes culturales y religiosos.

El poder político, aunque estaría en la cúspide de todos los valores humanos, como expresión de la comunidad humana, y como culminación de todas las instituciones y sociedades llamadas a procurar los bienes del cuerpo, del alma y del espíritu, estaría subordinado a las leyes de la razón, y, sobre todo, a Dios Primera Verdad y Primer Bien, cuyos derechos constituirían el fundamento de todos los otros derechos y obligaciones.

Todo arrancaría de Dios y todo conduciría a Dios porque la civilización, destinada a perfeccionar al hombre, no haría sino inducirle a ponerse en conexión con la fuente misma de toda Verdad y de todo Bien.

En esa Sociedad reinaría, por encima de todos, el Filósofo —no el pseudofilósofo y mucho menos el periodista— quien ya perfeccionado y liberado comunicaría especialmente al Político, al Prudente, las conclusiones prácticas, operables, de su contemplación para que éste, a su vez, con la disciplina de las leyes, levantara a la multitud popular, en la medida de lo posible, a la participación de la vida contemplativa del filósofo.

Pero el hombre, en la condición actual en que ha sido creado no puede por las solas fuerzas de su naturaleza realizar este estado de perfección exigido por una civilización humana. El hombre no puede ser verdaderamente hombre dejado al arbitrio de su sola voluntad. Y si es verdad que Dios podría haberle asegurado el funcionamiento de su condición humana por una concesión gratuita de dones extraordinarios, puramente naturales, también es cierto que no le concedió tales dones sino elevándolo a una condición infinitamente superior en que fue constituido participante de la misma naturaleza divina.

El estado en que fue creado, llamado de justicia original le garantizaba la plena integridad humana y la elevación divina.

En este estado podía el hombre, en virtud de auxilios gratuitos que perfeccionaban su naturaleza cumplir fácil y plenamente con su fin natural que es la contemplación humana de la Divina Verdad, y podía también en virtud de dones estrictamente sobrenaturales entrar en la misma sociedad Divina y tener acceso a la contemplación divina de la Divina Verdad.

La justicia original era un don gratuito, elevante acordado por Dios como “un accidente de la naturaleza específica que, si bien no era causado por los principios de la especie estaba a ella unido gratuitamente” (I-II, q. 81, a. 2).

Don que debía propagarse en el acto de la generación a todos los descendientes del Primer hombre juntamente con la comunicación de la especie humana; pero al perderlo Adán con su prevaricación, comunicó a sus descendientes una naturaleza destituida de la justicia original en que fue creada y por tanto una naturaleza caída y afectada de culpa, en cuanto privada de un don que, por institución divina, le corresponde.

Desde entonces el hombre nace sin la elevación sobrenatural y sin la integridad humana.

No es divino ni plenamente humano.

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