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11 febrero 2017 • "Muchos son llamados y pocos escogidos"

Marcial Flavius - presbyter

Domingo de Septuagésima: 12-febrero-2017

Rito Romano Tradicional

Con el tiempo de Septuagésima comienza el segundo ciclo del año eclesiástico. El ciclo de Navidad está centrado en el nacimiento del Salvador; el ciclo de Pascua en su Pasión y Resurrección. En uno y otro se trata el mismo tema; es decir, de la transformación radical de nuestra vida con la venida de Cristo a este mundo. Éramos pecadores y enemigos de Dios, y Cristo ha hecho de nosotros hijos de Dios, que ´participan de su propia vida; nos hemos convertido en coherederos de su reino. Pero mientras Navidad es la salvación que baja de lo alto, la transformación de nuestra vida por el misterio de la encarnación del Verbo, Pascua es la redención de los hombres, adquirida al precio de la cruz. Aquí, el Salvador entra en lucha con el demonio y las potestades del mal para triunfar, aplastar a Satanás, resucitar glorioso y llevarnos consigo a la patria del cielo. Así pues, el periodo litúrgico que se abre con Septuagésima y que se extenderá hasta el fin de la Cuaresma se presenta como un periodo de lucha y esfuerzos que debemos afrontar con Cristo y que terminará gracias a él, con la victoria y la alegría triunfal de la Pascua. En la mañana de Pascua, en la tumba de Cristo brotará la vida nueva de los bautizados, resucitados con él.

Preparación de Cuaresma. El Tiempo de Septuagésima, que abre el ciclo de Pascua, entra de lleno en el tema de la liturgia de Cuaresma y del Tiempo Pascual, a saber: el paso de la humanidad del estado de decadencia y esclavitud a que le redujo el pecado a una regeneración y una liberación que sólo Dios puede concederle.  La liturgia, pues, comienza introduciéndonos en las profundidades de la decadencia humana. En maitines relee el Antiguo Testamento para que adquiramos conciencia de nuestra  miseria. El primer domingo recuerda el  pecado original con la caída de nuestro primer padre (Septuagésima). Luego viene el cuadro lamentable de sus consecuencias funestas, con la perversión de los hombres y el diluvio universal, que es su castigo (Sexagésima). El gesto de Abraham preparándose para inmolar a su hijo presagia el sacrificio que va a exigir Dios de su propio Hijo, en expiación de las transgresiones cometidas por la humanidad (Quincuagésima). En la misa, después de un angustioso, aunque confiado llamamiento al socorro divino (introito de los tres domingos), hallarnos en las epístolas de san Pablo una apremiante invitación a la fidelidad y al esfuerzo, así como a la caridad, de la que hace un elogio admirable. Vienen luego los evangelios, llenos totalmente de la esperanza de la salvación. La parábola de los obreros de la viña muestra que la redención se extiende a todas las edades; la del sembrador que llega a todo hombre que recibe la palabra de Dios; la curación, del ciego de Jericó, que sigue al anuncio de la pasión, proclama ya el paso de las tinieblas a la luz. Esta liturgia, en que la miseria y la extensión del pecado imploran la redención anunciada, sirve de introducción admirable a la Cuaresma y a la liberación pascual.

Notas de liturgia. Septuagésima es preludio de Cuaresma, cuya austeridad y carácter penitencial anuncia. Aún no se impone el ayuno; pero ya es morado el color de los ornamentos y se suprimen los cantos de júbilo, el Gloria y el aleluya.

Evangelio

Mt 20, 1-6: En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de convenir con los jornaleros en un denario por jornada, los mandó a la viña. Saliendo a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Y ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer de la tarde salió y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, dice el dueño de la viña al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos, hasta los primeros. Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando los primeros llegaron, pensaban que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo diciendo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Pero él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago injusticia. ¿No convinimos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿O es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Pues muchos son llamados y pocos escogidos.

Reflexión

El Santo Evangelio de este Domingo compara el Reino de los Cielos con un padre de familia que a distintas horas del día contrató a obreros para trabajar en su viña y al final del día pagó a todos el mismo jornal que había acordado con ellos, con independencia del tiempo que hubieran trabajado.

La principal enseñanza que se nos da en esta parábola es que Dios actúa con la más completa libertad en el reparto de sus gracias. Tiene un amor de predilección por algunas almas que le lleva a usar de mayor bondad y misericordia con unos, sin dejar de usarla con otros. Él distribuye las predilecciones del amor a quien quiere, como quiere y cuando quiere, sin que a nadie hagan agravio estas preferencias de su amor divino: “¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

Agradezcamos pues a Dios las preferencias que ha tenido por nosotros desde que nos eligió el día que recibimos el santo Bautismo y no olvidemos que en el Juicio tendremos que darle cuenta de los beneficios y gracias que nos ha concedido.

Ahora bien, esta enseñanza debe completarse con otra que también se contiene en la parábola. Todos recibieron la misma paga, los primeros y los últimos; de la misma manera que todo cristiano que muere en gracia de Dios entra en el cielo, lo mismo el que ha servido a Dios durante toda su vida que el pecador que se ha convertido al morir.

Ahora bien, no podemos sacar de esto la consecuencia de es indiferente cómo hayamos vivido. En el cielo, como dijo el mismo Jesús, hay diferentes moradas, y, en igualdad de circunstancias, no puede tener la misma gloria un pecador que se ha salvado por un acto de contrición, en el momento de morir, que quien ha vivido santamente a lo largo de toda su vida. Por eso, al lado de la gracia hay que hablar del mérito, es decir del derecho a un premio sobrenatural como resultado de una obra sobrenaturalmente buena, hecha libremente por amor de Dios, y de una promesa divina que es la garantía del mismo.

La parábola nos enseña que nuestro mérito no se funda en nuestras obras en sí, sino en la unión de esas obras con los méritos infinitos de Jesucristo y con la promesa divina de darnos por ellas un premio sobrenatural: lo que llamamos el Cielo. Poco valen, en efecto nuestras obras, hasta el punto de tener que decir hasta los más santos “Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que ya teníamos obligación de hacer” (Lc 19, 20). Pero, en eso precisa la grandeza de la vida cristiana: ayudados de la divina gracia, somos capaces de practicar unas obras que, unidas a los méritos de Jesucristo, llevan unida la promesa de un gran premio que confiamos alcanzar. Ese es precisamente el objeto de la virtud teologal de la Esperanza.

Trabajemos pues en esta vida para que nuestra gloria sea grande en el Cielo. Oremos con fervor, que la oración atrae la gr de Dios. Y así, en el Cielo, estaremos más cerca de la Virgen María y de la Santísima Trinidad.

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