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7 octubre 2016 • No habrá restauración verdadera sin una intervención de Cristo Rey, precedida por una intervención de María Reina. • Fuente: Radio Cristiandad

Padre Juan Carlos Ceriani

Sermón de la Solemnidad de Nuestra Señora del Santísimo Rosario

virgen-del-rosarioComo sabemos, la Monarquía Cristiana no alcanzó a instaurar de hecho la realeza de Jesucristo.

La Iglesia Católica llegó a su apogeo en los años de la Alta Edad Media, época de las Cruzadas, de las Catedrales y de la Suma Teológica.

El cisma, la herejía y la apostasía fueron minando esa Civilización Cristiana.

Luego, el espíritu pagano, que tiende a relegar la Religión al templo, absolutizando al Estado fuera del templo, resistió obcecadamente, progresó lentamente y al fin venció con la Revolución Francesa.

A todo ésto se agregó el modernismo al interior mismo de la Iglesia, mientras que el marxismo acechaba desde fuera.

Finalmente, con el conciliábulo Vaticano II, la Revolución usurpó los puestos de mandos y encamina las masas hacia la gran apostasía.

Ante esta escena dramática, ¿cómo no evocar aquellas palabras del Apocalipsis?: A vosotros, los demás que estáis en Tiatira, que no seguís esa doctrina y que no habéis conocido las profundidades de Satanás, no echaré sobre vosotros otra carga. Solamente, guardad bien lo que tenéis, hasta que Yo venga.

La admonición se dirige a los “que quedan”, a las “reliquias”, como llama siempre la Escritura a los que permanecen fieles en una corrupción general; los que no se corromperán con “los abismos de Satán”.

Solamente, guardad bien lo que tenéis, hasta que Yo venga. La Parusía aparece en el horizonte; es la primera mención de ella en las Siete Cartas.

Y también la Tradición: “lo que tenéis”, conservadlo, reforzadlo, hacedlo fuerte.

Esta recomendación de aferrarse a lo tradicional se repite en forma más apremiante y conmovedora en las dos cartas siguientes.

Desde ahora los fieles no deben poner sus ojos en triunfos temporales, que les serán negados; eso se terminó. Sólo la Segunda Venida ha de ser su indefectible Lucero.

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Por lo tanto, es cada vez más evidente que la lucha contrarrevolucionaria se desarrolla en dos niveles.

En primer lugar, se manifiesta claramente que debemos combatir para conservar las últimas posiciones que nos quedan.

Esta es una batalla defensiva, una confrontación de mantenimiento.

Pero, por sobre estos innumerables compromisos conservadores, y más importante aún, es el combate por el restablecimiento de la Realeza de Jesucristo, que implica el triunfo del Corazón Inmaculado de María y el establecimiento de su Reinado.

Esa lucha, en la cual Jesús y María son los agentes principales, tiene por objetivo extirpar el poder de la Bestia y restaurar su propio Reino.

¿Cómo combatir la batalla defensiva, de mantenimiento?

Ella posee particularidades que dependen de sus raíces históricas. Dichas características imponen a los combatientes límites tácticos que les impiden arrojarse a cualquier tipo de acciones.

Las iniciativas están circunscritas a tres fronteras que no pueden ser traspasadas.

1ª) Las fuerzas contrarrevolucionarias son, humanamente, impotentes.

La tendencia espontánea de nuestras filas es hacia la restauración. Pero el enemigo ha tejido un asedio revolucionario cerrado que, si bien es artificial, se impone de una manera absoluta. El poder legal pertenece a ese asedio y, con mayor razón, también le pertenece el poder oculto.

Si emprendiésemos el combate confiando que necesariamente contaremos con la ayuda del Cielo, traspasaríamos los límites de la batalla inferior para entrar en la zona de la acción de la batalla superior, la cual se rige por una estrategia diferente.

2ª) La misión de las fuerzas contrarrevolucionarias no es de ruptura, sino de resistencia, conservar los restos.

La batalla que debemos librar no es una batalla de ruptura, de arremetida. Los medios con los que contamos no son proporcionados para intentar romper el asedio.

Nuestra misión es vigilar, resistir, conservando los restos que van a perecer. Es necesario que cuando el Señor regrese nos encuentre vigilantes. Él nos exige no desaparecer, no despilfarrar las fuerzas.

Si intentásemos la ruptura, equivocaríamos la táctica de la batalla inferior.

3ª) Las fuerzas contrarrevolucionarias están constreñidas por los medios de la «legalidad» revolucionaria.

Los contrarrevolucionarios tienen consciencia de defender los derechos de Dios contra el poder de la Bestia. Es de esa fuente que extraen su ardor y su confianza.

Pero se imaginan demasiado fácilmente que esta posición de principios les da sobre el Estado laico una preeminencia jurídica.

Es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento de los derechos de la Iglesia, del Estado apóstata el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, del Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios.

En el combate que llevamos a cabo, somos constreñidos a los medios de la legalidad revolucionaria, que, por añadidura, será cada día más rigurosa, reduciendo cada vez más nuestros medios de defensa.

Si bajo pretexto de hacer valer los derechos de la Iglesia, de Jesucristo y de Dios emprendemos contra el Estado una guerra de principios, nos pasaríamos al sector de la otra batalla, cuyo objetivo y cuya táctica son diferentes.

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San Luis María Grignon de Montfort

¿Qué sabemos sobre el desarrollo probable de este combate cuyo objetivo es la extirpación del poder de la Bestia y la restauración del poder de derecho divino?

Con certeza sólo sabemos dos cosas: 1ª) es librado por la misma minoría sobre la cual pesa la batalla de mantenimiento; 2ª) terminará por un milagro de resurrección.

Los que comprenden el plan de Dios y se aplican a corresponder al mismo constituyen un pequeño número.

“Con todo, tienes en Sardes algunos pocos hombres que no han manchado sus vestidos…”

Los hombres verdaderamente religiosos comienzan a ser una minoría en medio de multitudes mancilladas.

¿Cuáles son las etapas que constituyen lo que llamamos el milagro de la resurrección?

La fe es la condición previa a todo milagro, especialmente al de la resurrección. No podemos evitar que nuestra fe y nuestra confianza sean puestas a prueba.

¿Creemos que al fin el Corazón Inmaculado de María triunfará y con Él el Corazón Sacratísimo de Jesús?

Hoy en día, muchos no creen. Pero habrá un pequeño número que pondrá su fe y su confianza en la promesa infalible de Dios. Sobre esa minoría reposará la responsabilidad, no de operar la restauración, sino de hacerla posible, de abrirle el camino.

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No habrá intervención divina si el obstáculo no es removido.

El obstáculo consiste en la insuficiencia de nuestros deseos y de nuestras oraciones.

El proceder divino exige que pidamos con insistencia la intervención que Dios mismo ha anunciado y quiere concedernos: “ven Señor Jesús”. Dios exige siempre una minoría que lo desee, lo espere y lo conmine a venir, como sucedió en su Primer Adviento.

Nuestro Señor nos invita, pues, a un verdadero apostolado de deseo y nos hace participar de la preparación de la restauración final en Cristo y por Cristo.

Para abrir el paso a la intervención divina, es necesario que la suma de los deseos haya llegado a la medida prevista por Dios.

No habrá restauración verdadera sin una intervención de Cristo Rey, precedida por una intervención de María Reina.

No hay medios humanos para realizar hoy esa obra. Debemos estar bien convencidos de que la restauración verdadera es obra de Dios.

Esta batalla, la que tiene por objetivo arrancar el poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es obra personal de Dios.

Sin embargo, el Divino Maestro espera que el pequeño número intervenga para remover el obstáculo que se opone a la acción divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla.

Todo este trabajo preparatorio bien puede denominarse «batalla «preliminar», porque hay una verdadera hostilidad que vencer.

Por lo tanto, debemos distinguir tres batallas superpuestas:

1ª: el combate de «mantenimiento», que se sitúa en la base y que, por lo mismo, llamamos inferior.

2ª: el combate «restaurador», a cuyo cargo está el objetivo principal, de competencia exclusivamente divina.

3ª: el combate de «súplica», al cual llamamos preliminar, pues abre la vía a la intervención divina.

¿Contra quién está dirigido el combate «preliminar» de la súplica? Por sorprendente que parezca, está dirigido contra Dios.

En efecto, es necesario asaltar, tomar por asalto, el cielo. Es a Dios a quien hay que vencer. Y es Él mismo Quien nos ha dado las armas que debemos utilizar contra Él: la oración y la penitencia.

Por la oración y la penitencia el obstáculo será removido y la decisión divina de hacer misericordia finalmente será tomada y ejecutada.

Los combatientes de la batalla «preliminar» son comparados a las vírgenes prudentes que llevaron aceite consigo para sus lámparas.

Libremos este combate de la súplica y de la penitencia.

Permanezcamos en esa actitud de espera vigilante.

Todo esto con confianza, con calma, con constancia y con perseverancia.

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A todo lo dicho, debemos agregar que vivimos en plena época de actividad mariana. La Santísima Virgen María está intentando con su intervención forzar a sus hijos a rectificar el camino de apostasía emprendido por la humanidad.

Esta Hora de María en que vivimos está anunciada desde tiempo inmemorial. Son muchos los santos y videntes que han hablado de ella en todos los tiempos.

Quien se ha expresado más extensa y claramente ha sido, sin duda, San Luis María Grignion de Montfort.

En efecto, en su Tratado de la Verdadera Devoción nos enseña de esta manera:

Por la Santísima Virgen Jesucristo ha venido al mundo y también por Ella debe reinar en él [1].

La divina María ha estado desconocida hasta aquí, que es una de las razones porqué Jesucristo no es conocido como debe serlo. Si, pues, como es cierto, el conocimiento y el Reino de Jesucristo llegan al mundo, ello no será sino continuación necesaria del conocimiento y del Reino de la Santísima Virgen, que lo dio a la luz la primera vez y lo hará resplandecer la segunda [13].

Por María ha comenzado la salvación del mundo y por María debe ser consumada. María casi no ha aparecido en el primer advenimiento de Jesucristo… Pero, en el segundo María debe ser conocida y revelada mediante el Espíritu Santo, a fin de hacer por Ella conocer, amar y servir a Jesucristo [49].

Como dice San Luis María, es menester que María Santísima sea más conocida que nunca a fin de hacer por Ella conocer, amar y servir a Jesucristo. ¡Sí!, la Santísima Virgen María debe resplandecer más que nunca.

Es principalmente de estas últimas y crueles persecuciones del diablo, que aumentarán todos los días hasta el reinado del Anticristo, de las que se debe entender esta primera y célebre predicción y maldición de Dios, lanzada en el paraíso terrenal contra la serpiente: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y tu raza y la suya; ella misma te aplastará la cabeza y tú pondrás asechanzas a su talón» (Gén. 3:15) [51].
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Por lo tanto, así como el diablo, sabiendo bien que tiene poco tiempo para perder a las almas, redobla todos los días sus esfuerzos y sus combates, de la misma manera nosotros también debemos tomar las armas y organizar nuestra moderna cruzada para defender lo que queda de la Cristiandad, extender el Reino de Nuestra Señora y restaurar todas las cosas en Cristo.

El Santísimo Rosario de Nuestra Señora entra aquí en juego una vez más…

Sabemos que las prácticas piadosas que nacen en la Iglesia son inspiradas por Dios. A veces, a través de una intervención directa, Dios hace conocer a los fieles los medios más adecuados para llegar hasta Él, los caminos más seguros para acceder al Cielo.

María Santísima, por su parte, en distintas apariciones, nos entrega su Escapulario, la Medalla Milagrosa, el Agua de Lourdes, su Corazón Inmaculado…

De la misma manera, por un sin fin de intervenciones, tan misericordiosas como milagrosas, Dios ha hecho comprender a la Iglesia que debía adoptar, de un modo oficial, la devoción del Santísimo Rosario.

San Luis María Grignion de Montfort nos enseña que esta práctica es sin duda la primera oración y la primera devoción de los fieles que, desde los Apóstoles y los Discípulos, ha estado en uso de siglo en siglo hasta llegar a nosotros.

Con todo, agrega el Santo, en su forma y método según el cual se le reza ahora, el Santo Rosario ha sido inspirado a la Iglesia recién en el año 1214, dado por la Santísima Virgen a Santo Domingo de Guzmán para convertir a los herejes albigenses y a los pecadores.

Nuestra Señora escoge a Santo Domingo, le entrega su Bendito Rosario; con él en sus manos aparece a Bernardita en Lourdes y desgrana sus cuentas a medida que la vidente lo recita; en Fátima se proclama Señora del Santísimo Rosario y nos dice que junto con su Corazón Inmaculado son las dos últimas tablas de salvación…

Lo que el Rosario ha sido y ha hecho en el pasado, ha de continuar siéndolo y haciéndolo en nuestros días. Y eso depende de todos y cada uno de nosotros.

En estos días de apostasía que estamos viviendo, tenemos que fijar nuestra mirada en la Madre de Dios, la montaña sagrada, y llenarnos de los pensamientos que animaban a Santo Domingo y a San Pío V.

Es Nuestra Señora quien, por Jesús, fruto bendito de sus purísimas entrañas, recibió desde toda la eternidad el poder de aplastar la cabeza de la serpiente infernal.

Lo que realizó en el siglo XIII por medio de Santo Domingo para exterminar la herejía albigense, lo que hizo en el siglo XVI merced a San Pío V para refrenar el protestantismo y destruir el peligro turco, puede, y aún más, quiere seguir haciéndolo para vencer la herejía modernista y el paganismo actuales.

Y lo conseguirá, por supuesto, por el mismo y único medio: el Santísimo Rosario.

Hay que estar profundamente convencidos de esta verdad fundamental, pues ella determina toda nuestra fe en el Rosario y nuestra actitud respecto de su rezo diario, conforme al pedido de la misma Madre de Dios en innumerables apariciones y revelaciones.

La insistencia de Nuestra Madre y Reina por el rezo cotidiano de su Rosario nos obliga como hijos fieles a responder a su llamamiento: Yo vengo a pedir el rezo diario del Rosario.

Nos mantendremos, pues, en nuestra inhóspita trinchera, rezando diariamente el Santísimo Rosario con alma de pie de gallo.

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