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3 agosto 2016 • Una falsa polémica • Fuente: La Tribuna del País Vasco

Fernando José Vaquero Oroquieta

¿Islamofascismo o islamocomunismo?

Muhammad Amin al Husayni pasando revista a voluntarios bosnios de las SS

Muhammad Amin al Husayni pasando revista a voluntarios bosnios de las SS

La dramática y en buena medida inesperada sucesión de atentados terroristas islamistas -pese a numerosos antecedentes y la lógica intrínseca de los acontecimientos previos- en Francia y Alemania, ha levantado una potente polvareda mediática en la que se viene mezclando todo tipo de noticias, valoraciones, juicios y prejuicios, “cortinas de humo” al servicio de la ideología del sistema y una enorme variedad de expresiones de valor, afecto y sentimentalismo. En este contexto, cierto concepto analítico, que arrastra ya una década de vida y que parecía desterrado, ha sido rescatado por algunos escritores: nos referimos al “islamofascismo” o “fascismo islamista”.

Es el caso, entre no pocos, de Euprepio Padula en “OK Diario” el pasado 26 de julio.

Pero, tal concepto: ¿es riguroso? Por emplear una terminología al uso, ¿está dotado de una naturaleza científica? En definitiva: ¿es útil para determinar la naturaleza real del desafío que sufre Europa y buena parte del resto del mundo desde las entrañas del Islam?

De entrada, hagámosle una primera objeción: ¿cómo puede determinar la naturaleza de un fenómeno milenario, universal y en plena eclosión, una realidad ideológica multiforme y moderna que fuera derrotada casi por completo en 1945? Si el fascismo –o fascismos- nacen en la segunda década del siglo pasado, ¿puede determinar hoy la esencia y posterior evolución del Islam, una realidad tan plural como, en buena medida, pese a todo lo dicho y escrito, inédita?

Este concepto, ahora mismo recuperado por no pocos analistas e informadores, fue pergeñado en el verano de 2006. Fue entonces cuando el presidente George W. Bush calificó de “fascistas islámicos” a los implicados en una supuesta conspiración terrorista dirigida contra el tráfico aéreo entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Naturalmente, como todo posicionamiento de aquel presidente, fue respondido con muchas risitas y los habituales comentarios sarcásticos de la izquierda biempensante. Pero a otros no les provocó ninguna risa. Fue el caso de muchos clérigos musulmanes, tanto del interior como fuera de los Estados Unidos, quienes lo acogieron como una nueva agresión occidental.

Una excepción a ambos comportamientos generales la constituyó la reflexión del musulmán norteamericano Stephen Schwartz. Así, analizó tal concepto en su artículo “¿Qué es ‘islamofascismo’?”, difundido en España por el Grupo de Estudios Estratégicos en su actualización de 28 de agosto de 2006. A su juicio, los fascismos difieren de la derecha radical por su abierto desafío de la legalidad, definiéndose también por otros rasgos: descansarían sobre una clase media resentida y frustrada, un carácter imperialista, totalitario y paramilitar. Schwartz entendía que tales características no serían propios del Islam, pero sí de sus corrientes más extremistas. De este modo, el islamofascismo sería una perversión, de corte totalitaria, del Islam; un “religión de paz”.

En este contexto, recordemos un antecedente histórico un tanto olvidado: la alianza con los nazis del Gran Muftí de Jerusalén – Muhammad Amin al Husayni- durante la Segunda Guerra Mundial, que le llevó al reclutamiento de miles de voluntarios musulmanes bosnios, albaneses y palestinos para las Waffen-SS.

Otro autor, Daniel Pipes, de manera inmediata y en un texto para el mencionado GEES titulado “En guerra contra fascistas islámicos” (29/08/06), aseguraba que “Existen pocas conexiones históricas o filosóficas entre el fascismo y el Islam radical. El fascismo glorifica al Estado, enfatiza la “pureza” racial, promueve el darwinismo social, denigra el raciocinio, exalta la voluntad y rechaza la religión organizada –todos puntos anatema de los islamistas”.

Entonces, habría que preguntarse, ¿existiría algún otro puente entre el Islam y las ideologías modernas? Pipes respondía afirmativamente con un caso muy concreto: “Mientras preparaba su doctorado en París, Alí Shariati, el principal intelectual detrás del giro al Islam en Irán en los años 70, traducía a Franz Fanon, al Ché Guevara y a Jean-Paul Sartre al persa. Más en general, citando a la analista iraní Azar Nafisi, el Islam radical ‘extrae su lenguaje, sus objetivos y sus aspiraciones y demás de una de las formas más puras de marxismo, igual que hace de la religión. Sus líderes están tan influenciados por Lenin, Sartre, Stalin o Fanon como por el Profeta’. Durante la guerra fría, los islamistas optaron por la Unión Soviética frente a Estados Unidos; hoy tienen muchas más conexiones y mucho más profundas con la extrema izquierda que con la extrema derecha”. Y concluía proponiendo el término “islamista” como el más ajustado para definir a la “galaxia” de grupos radicales que propugnaban ya entonces el terrorismo desde el Islam.

El propio Grupo de Estudios Estratégicos propuso, de manera inmediata el 30 de agosto de ese mismo año, con cierta ironía y con ocasión de un polémico escrito de Santiago Carrillo publicado en “El País” justificando “políticamente” a Hizbulá y Hamas (dos organizaciones terroristas de génesis y evolución muy diversa, además de ser la primera de ellas chií y la segunda sunita), el concepto de “islamocomunismo”. Para ello centraban su mirada en la extraordinaria afinidad de los múltiples totalitarios y los dispares totalitarismos entre sí.

Ciertamente, tal discrepancia conceptual aparenta ser importante. Pero, pensamos, acaso no lo sea tanto, pues una buena parte de los rasgos distintivos del fascismo, según el criterio de Stephen Schwartz, serían análogos al marxismo-leninismo; no en vano compartirían idéntica naturaleza: la totalitaria. De modo que los pseudo-conceptos de “islamofascismo” o “islamocomunismo” se remitirían -de manera muy imperfecta- a una realidad previa y provista de una dinámica totalmente independiente a ambos: el totalitarismo de raíz musulmana.

En cualquier caso, con esta variedad mutada del concepto, nos referimos al de “islamocomunismo”, es inevitable realizar la misma objeción que con su inmediato precedente: el marxismo es muy posterior a la aparición del Islam, su extensión, consolidación y petrificación teológica; de modo que difícilmente puede determinarlo, aunque -a lo sumo- pudiera explicar algunos mecanismos internos de sus relaciones de poder y espíritu expansivo.

La experiencia histórica de Muhammad Amin al Husayni en los años treinta del pasado siglo, la de Alí Shariati cuatro décadas después, y sus correspondientes elaboraciones doctrinarias, apenas suponen una gota en el inmenso océano del Islam: nada determinan y apenas explican. Meras anécdotas en una tendencia histórica, universal y ascendente que arranca en el siglo VII con la predicación y la conquista por las armas emprendidas por Mahoma y sus audaces seguidores.

El concepto de “islamofascismo”, aclaremos, en las factorías ideológicas “neocon” de la primera década del siglo veintiuno. Derribado el Muro de Berlín, se precisaban nuevos conceptos interpretativos que explicaran fenómenos inesperados (¿acaso no había llegado la Historia a su fin?). El del islamismo, entonces liderado en su expresión más radical por Al Qaeda, también precisaba una respuesta. Y recurrieron a un fácil recurso propagandístico: el de la demonización; no en vano, ¿existe algo más abominable que el fascismo? Darle la vuelta al concepto y trasladarlo a otro enemigo a muerte del Occidente anglosajón -los marxismos- no era sino la consecuencia inevitable de una maniobra frustrada.

En el Islam, sociedad, religión, cultura y política forman una unidad. Todo se sustenta en todo. Nada puede escindirse. Y ello sirve para la inmensa mayoría de las interminablemente sucesivas escuelas musulmanas de toda la historia. Ésa es la cuestión a debatir: la de comprender la verdadera naturaleza del Islam, para después tomar las medidas pertinentes. Una misión imposible, por cierto, si se parte de los convencionalismos impuestos desde lo “políticamente correcto” y sin la conciencia de las enormes flaquezas que aquejan a una Europa consumista en decadencia demográfica y carente de un proyecto colectivo atractivo: para propios y ajenos.

Los conceptos de “islamofascismo” o “islamocomunismo” en realidad apenas aclaran nada. Únicamente puede apreciarse, como acaso única aportación que pudiera salvarse, su percepción del islamismo como una teología política de corte totalitario; integrando una cosmovisión omni-comprensiva de toda la realidad ajena a otras culturas, entre ellas la occidental y la europea (estrictamente hablando, ya no serían la misma).

Una interpretación de la realidad, en suma, de carácter propagandística como la que estamos revisando, no aclara nada; a lo sumo introduce confusión. Pero, al menos, fija un debate imprescindible: el de la verdadera naturaleza del Islam y sus múltiples derivaciones.

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