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19 julio 2016 • La Guerra Civil que asoló España entre 1936 y 1939 fue una guerra de aniquilamiento entre un proceso revolucionario y otro contrarrevolucionario. • Fuente: Libertad Digital

Jesús Palacios

El 18 de julio y Franco como objeto político en 2016

Azaña, Negrin, Miaja y "El Campesino" durante la Guerra Civil

Azaña, Negrin, Miaja y “El Campesino” durante la Guerra Civil

Ochenta años después del inicio de la Guerra Civil, que condujo a la dictadura personal de Franco, tras su victoria absoluta, hay quienes en España se empeñan por mantener vivos aquellos hechos en el debate político actual. Quienes así actúan desde el maniquiesmo y la tergiversación, presentan a Franco como si formara parte o fuera la causa de los problemas vivos de la sociedad actual, después de más de cuarenta años de su muerte. Algo completamente absurdo, pero que en la disputa política entre partidos funciona, al arrojar sobre la timorata y acomplejada derecha la acusación de ‘franquista’ o ‘heredera del franquismo’.

La Ley de Memoria Histórica, tan sectaria como errática, ha recuperado el lenguaje de la confrontación y polarización de la Guerra Civil, y pretende establecer que los de un bando -el republicano legítimo-, murieron por genocidio, mientras que los asesinados por el bando de la revolución, sencillamente no existen o fueron bien muertos por reaccionarios, clericales o burgueses; es decir, ¡por fascistas!

La Guerra Civil que asoló España entre 1936 y 1939 fue una guerra de aniquilamiento entre un proceso revolucionario y otro contrarrevolucionario. Ganó la contrarrevolución, y los partidarios de la revolución, aun asumiendo que fueron derrotados en el campo de batalla, intentan modificar los hechos ciertos en un revisionismo espurio, y con un impulso y vigor como no se había dado desde el inicio de la Transición y el establecimiento de la democracia. Tal asunto no es historia. Es ideología y propaganda, en pura aplicación gramsciana de la hegemonía cultural hacia la conquista del poder. Y la derecha, aplicada en los números -y mal- ni se entera, y hasta desconoce que quien maneje el relato de la historia, marca el tempo a su favor para la conquista del poder o influir con fuerza en la sociedad.

Resulta chocante que una generación de jóvenes políticos -como Pablo Iglesias-, surgidos al rebufo de la corrupción política del sistema y de la partitocracia bipartidista, confiesen que ellos “perdieron la guerra” (¿?), y que por ello no pueden decir el nombre de España, que el himno nacional sea una “cutre pachanga fachosa” y que no pueden aceptar la bandera rojigualda, como si la bandera nacional hubiera sido un invento de Franco. Tales despropósitos es la consecuencia de la aplicación manipulada y sectaria de un revisionismo ideológico y cultural de la historia. De ahí, que la contribución de los hispanistas a la Historia Contemporánea de España, resulte útil y beneficiosa para aclarar las cosas y acercarse lo más posible a la verdad de los hechos tal y como ocurrieron. Y hombres como Carr, Thomas, Bennassar, Preston y Payne han contribuido y/o siguen contribuyendo a ello. Pues sobre la historia se debe discrepar y discutir en el debate de las ideas y de la investigación, pero no desde la ideología o la sumisión y el agrado al poder como servicio genuflexo a cuenta.

El profesor Payne ha publicado con motivo del ochenta aniversario del inicio de la Guerra Civil El camino al 18 de Julio (Espasa), un relato serio y documentado sobre los hechos que sucedieron en España, desde las elecciones de febrero del 36 hasta la sublevación militar en julio de una parte del ejército. Con este trabajo completa otro que publicó hace diez años (El colapso de la República), y muchos otros estudios sobre la Guerra Civil y el franquismo. Payne ha contribuido decisivamente en la investigación sobre el fascismo europeo y español, las guerras civiles europeas, la Segunda República, la Guerra Civil y sobre Franco y su régimen de dictadura personal. Y me cabe el honor de haber compartido con él dos obras sobre Franco y el franquismo; una en la que tuvimos el testimonio de su hija Carmen (Franco, mi padre), y la segunda, Franco, una biografía personal y política.

Calvo Sotelo, sacado de su casa por fuerzas a las órdenes del Frente Popular y asesinado

Un capitán de la guardia civil, guardias de asalto y militantes socialistas, salieron en vehículo oficial, con órdenes oficiales y armas del Estado, con la misión de secuestrar y asesinar a Calvo Sotelo

Camino al 18 de julio

En El camino al 18 de Julio, Payne nos va marcando con certeza los diferentes jalones de la radicalización de los integrantes del Frente Popular; Partido Socialista, Partido Comunista y los partidos republicanos de la izquierda burguesa. La cuestión es saber lo que tuvo de democrático el régimen republicano, cuya primera manifestación de júbilo popular, tras su implantación a través de un pronunciamiento civil, fue el asalto y quema de iglesias y conventos en mayo de 1931. La Constitución republicana tuvo un sesgo sectario, al rechazar que en la misma se integraran todas las posiciones políticas. Una constitución para todos y no sólo para quienes desde la izquierda deseaban servirse de ella para patrimonializar el poder. Tan es así, que luego del triunfo conservador en las elecciones del 33, una vez que el centroderecha se rehízo tras la defección de la corona, el presidente Alcalá Zamora tuvo que resistirse a los cuatro intentos de los partidos socialista, comunista y de la izquierda burguesa republicana, para que declarase nulas las elecciones (las únicas verdaderamente democráticas y limpias de la República) y organizara otras para darles el poder. Ellos creían tener los únicos títulos de legitimidad para gobernar, y al no lograr su objetivo, se pusieron en franca rebeldía contra la República organizando la revolución de octubre del 34, que fue duramente reprimida.

A Alcalá Zamora le cabe la máxima responsabilidad de precipitar las elecciones de febrero del 36. Su obsesión por querer centrar la República, creando de la nada un partido republicano de centro, al bloquear la continuidad de un gobierno moderado conservador, precipitó el triunfo del Frente Popular (manipulaciones electorales al margen) y la recreación de nuevos atisbos de entusiasmo revolucionario en las izquierdas. Alcalá Zamora fue víctima de su actitud visionaria, y su caída en abril abrió la vía a un proceso revolucionario que, al contrario del de octubre del 34, se quiso llevar a cabo desde el poder. El orden constitucional y el respeto a la ley pasó a ser secundario o marginado. Y junto a la apariencia de una normalidad de la vida social, se desató una violencia política sin precedentes entre anarquistas, fracciones del Partido Socialista, comunistas, carlistas y falangistas.

Los términos ‘guerra civil’ y ‘dictadura’ corrieron con toda normalidad durante los meses de mayo, junio y la primera quincena de julio. La ocupación ilegal de fincas, el cierre de empresas, las huelgas políticas y revolucionarias, la declaración de ilegalidad de partidos políticos conservadores o el genuino partido fascista Falange Española, la detención de sus líderes políticos y militantes, el asalto e incendio de iglesias, el cierre de colegios católicos, la amnistía y liberación de los revolucionarios condenados por su participación en la revolución de octubre. El pistolerismo pasó al orden del día. En la sesión de Cortes del 16 de junio, Gil Robles presentó un balance tenebroso de la violencia política desatada, balance que volvería a hacer en las sesiones del 1 y 15 de julio, con más de cuatrocientos muertos.

Casares Quiroga y Azaña creían firmemente que el gobierno republicano tenía controlada totalmente la situación. Conocían los planes de insurrección militar puestos en marcha por el general Mola a finales de abril (aunque supieran de forma difusa que él fuera El Director), pero su idea era dejar hacer para que la misma fuera aplastada como la sanjurjada de agosto del 32. El gobierno estaba seguro de que el ejército era un tigre de papel, se limitó a trasladar a varios generales de destino y a estar al tanto de los planes de los rebeldes. Por ello, seguramente, que Casares Quiroga despreció la carta que el general Franco, que no estaba en la conspiración activa entonces, le dirigió el 23 de junio, en la que le ofrecía la colaboración del ejército para restablecer el orden. El ejército no era entonces desafecto a la República, prueba de ello es que hacia el 10 de julio Mola no contaba más que con el apoyo del 13 por ciento de las fuerzas armadas.

Unos hablaban de una ‘nueva república’, otros de una ‘república de nuevo cuño’ y todos de que tenía que ser marxista y bajo un nuevo orden de dictadura, como la sovietizada de Largo Caballero y Prieto o la dictadura del proletariado del partido Comunista. La democracia burguesa se había dado por superada y el horizonte era de dictadura; como la ‘dictadura nacional republicana’ solicitada en seis artículos por Miguel Maura, uno de los padres de la República, al igual que la pedían Ossorio y Gallardo, defensor de Companys, Cambó, Salvador de Madariaga, Sánchez Albornoz, o la corporativa de Calvo Sotelo y Gil Robles, y la junta técnica militar de Mola.

La democracia había dejado de existir

Su destrucción no fue obra de los conspiradores militares, sino de los propios partidos del Frente Popular. Y la legitimidad republicana se hacía añicos en un proceso revolucionario abierto. El gobierno creyó que la insurrección militar sería el 10 de julio, pero Mola anuló a última hora la orden. Para muchos, como Franco, la ‘geografía era poco extensa’. El salto de una crisis política a la destrucción del sistema y del orden republicano era un hecho a mediados de julio. El catalizador que sumó voluntades a la rebelión -inimaginable unos días antes-, fue el secuestro y asesinato del diputado José Calvo Sotelo, portavoz de la oposición. La noche del domingo 12 al lunes 13 de julio, una fuerza mixta integrada por un capitán de la guardia civil (Fernando Condés), guardias de asalto y militantes socialistas, entre ellos dos escoltas de Indalecio Prieto, salieron en vehículo oficial, con órdenes oficiales y armas del Estado, con la misión de secuestrar y asesinar a Calvo Sotelo. El diputado murió al instante de dos disparos en la nuca obra del pistolero Luis Cuenca, escolta de Prieto.

El gobierno trató de ocultar el hecho. La censura estaba vigente, así como el estado de alarma desde las elecciones de febrero. Pero la noticia corrió a las pocas horas, y ello fue lo que hizo decidirse a muchos, como a Franco, porque entonces era más peligroso no sublevarse que sublevarse. El drama fue que todos fallaron en las previsiones de lo que sería el choque entre revolución y contrarrevolución. Ambos bandos, una vez que el 19 de julio el gobierno entregó las armas a los sindicatos y milicias revolucionarias, pensaban que una pequeña guerra civil de entre una semana y quince días de duración resolvería la situación. Pero la realidad fue una cruenta y espantosa guerra civil de aniquilamiento del contrario de tres años de duración. Y en lo que parcialmente ambos bandos acertaron fue que la guerra civil daría lugar a la dictadura, aunque algunos la dibujaron de corta duración inicialmente. También en esto todos se equivocaron.

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