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29 Mayo 2016 • Fue necesario que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec, nuestro Señor Jesucristo,

Angel David Martín Rubio

Según el rito de Melquisedec

Tiepolo_Abraham y MelquisedecLa Liturgia celebra una fiesta propia en honor del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Sacramento de la Eucaristía, por la que se une la tierra con el cielo y el más precioso medio de dar a Dios el culto que le es debido. Como es sabido «La Iglesia celebra el Jueves Santo la institución del Santísimo Sacramento; pero como entonces está ocupada principalmente en funciones de luto por la Pasión de Jesucristo, ha juzgado conveniente instituir otra fiesta particular para honrar este misterio en pleno regocijo» (Catecismo Mayor).

Especialmente oportuno es este momento para celebrar una fiesta de la Eucaristía. Hace dos semanas, con la fiesta de Pentecostés, terminaba el tiempo Pascual. Y, como explica Dom Gueranger, todos los misterios que a lo largo del año litúrgico hemos celebrado estaban contenidos en este Sacramento, que es el memorial y como el resumen de las maravillas que el Señor hizo por nosotros. La realidad de la presencia de Cristo bajo las especies sacramentales, hace que en ellas reconozcamos en Navidad al Niño que nos nació; en la Pasión, a la víctima que nos redimió; y en Pascua, al vencedor de la muerte.

Son características de este día las procesiones eucarísticas en el exterior de los templos al objeto de honrar la Humanidad Santísima de nuestro Señor, escondida en las especies sacramentales; avivar la fe y aumentar la devoción de los fieles; celebrar la victoria que ha dado a su Iglesia contra todos los enemigos del Sacramento y para reparar de algún modo las injurias que recibe de los enemigos de nuestra religión (Ibid.).

Bien podemos afirmar: ¡Dios está aquí! Cristo está en medio de nosotros gracias a este Sacramento en el cual, por la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Jesucristo y de toda la sustancia del vino en su preciosa Sangre, se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del mismo Jesucristo Señor nuestro, bajo los accidentes del pan y del vino.

Además de recordar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, las lecturas que hoy nos propone la Liturgia (Forma ordinaria: ciclo C) nos invitan especialmente a considerar que la Eucaristía, además de sacramento, es también el sacrificio de la nueva ley dejado por Jesucristo a su Iglesia para ser ofrecido a Dios por mano de los sacerdotes. Este sacrificio de la nueva ley se llama la santa Misa, en la que Jesucristo se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y de vino en memoria del sacrificio de la Cruz.

  1. En la primera Lectura aparece la figura del rey-sacerdote Melquisedec, rey de Salem (es decir, de Jerusalén), que bendice a Abrahán, recibe diezmos de su mano y ofrece pan y vino al Altísimo [1]. A él se refiere también el Salmo responsorial (109, 4) y San Pablo (Hebreos 7, 1 ss.) explica que Melquisedec figura de Cristo, el sumo sacerdote y sumo rey, y que su sacrificio de pan y vino es figura del Sacrificio del Nuevo Testamento. Es decir, que las figuras y profecías del Antiguo Testamento anunciaban un nuevo sacrificio y un nuevo sacerdocio «según el orden de Melquisedec».

«Como quiera que en el primer Testamento, según testimonio del Apóstol Pablo, a causa de la impotencia del sacerdocio levítico no se daba la consumación, fue necesario, por disponerle así Dios, Padre de las misericordias, que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec (Gn 14,18 Ps 109,4 He 7,11), nuestro Señor Jesucristo, que pudiera consumar y llevar a perfección a todos los que habían de ser santificados» (Concilio de Trento, Dz 938)

«Y si buscamos en el antiguo Testamento figuras y profecías de este Sacrificio, hallaremos primeramente que Malaquías le profetizó con tanta claridad, como consta de estas palabras: “Desde donde sale el sol hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece a mi nombre ofrenda limpia, porque es grande mi nombre entre las gentes, dice el Señor de los ejércitos”. Además de esto, así antes como después de promulgada la ley, fue anunciada esta hostia con varias diferencias de Sacrificios. Porque esta víctima, como perfección y cumplimiento de todas, comprendió en sí todos los bienes que eran significados por aquellos Sacrificios. Pero en ninguna otra cosa se deja ver su imagen más expresa, que en el sacrificio de Melquisedech, pues declarándose el mismo Salvador constituido Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedech, ofreció a Dios Padre en la última cena su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino» (Catecismo Romano, II, 4, 75)

La Nueva Alianza fue sellada con sangre, con la preciosísima Sangre de Jesucristo. El altar de la Nueva Alianza es la cruz. Por eso en la Colecta de la Misa del Corpus, compuesta por Santo Tomás de Aquino, la Iglesia recuerda la intención del Señor al instituir el Sacramento del amor en la víspera de su muerte, como memorial de la Pasión que pronto debía padecer. Y pide que, penetrados así de su verdadero sentido en los honores rendidos al Cuerpo y Sangre divinos, obtengamos el fruto de su sacrificio.

  1. Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la última cena que hizo con sus discípulos la noche antes de su Pasión (2ª Lectura: 1 Cor 11, 23-26). La multiplicación de los panes (Evangelio: Lc 9, 11-17) es otro signo del banquete eucarístico que Cristo preside y distribuye por medio de los apóstoles y sus sucesores. Él es la misma víctima Divina en el Calvario y sobre nuestros altares «con su intercesión incesante, con la aplicación de los frutos de la cruz y con la continuada renovación del sacrificio eucarístico, da cierta perpetuidad moral al sacrificio del Calvario» (Bover).
  1. Hoy es un día de acción de gracias y de alegría porque el Señor se ha querido quedar con nosotros para alimentarnos, para fortalecernos espiritualmente. La Sagrada Eucaristía es el alimento para el largo caminar de la vida.

De ahí que nunca insistamos bastante en la necesidad de corresponder con amor al Amor de Jesús cuidando de manera especial todo lo que se refiere a su presencia real en el Sagrario y al culto de la Eucaristía; procurando asistir a la Santa Misa con recogimiento exterior y devoción interior; y recibiendo la comunión sacramental con la debida preparación que consiste, sobre todo, en estar en gracia de Dios, es decir, tener la conciencia limpia de todo pecado mortal.

Pidamos hoy la gracia de una fe eficaz en el misterio de la Eucaristía que nos lleve a confesar que en el Santísimo Sacramento del Altar está el mismo Jesucristo. Y que seamos coherentes con esta fe, viviendo de tal manera que, al morir, podamos contemplar eternamente en la Gloria del cielo al mismo Dios que se ha hecho alimento de los que peregrinan en este mundo.

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[1] «Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda: y aceptadla como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquísedec» (Canon Romano). La versión de la Vulgata refuerza la idea de que Melquisedec ofreció allí un sacrificio de pan y vino en honor a Dios («ofreciendo pan y vino porque era sacerdote del Dios Altísimo»). Los exegetas protestantes pretenden que simplemente trajo pan y vino para agasajar a Abrahán como huésped y niegan la interpretación tradicional que aparece también difuminada en la actual versión litúrgica.

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