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14 febrero 2016 • "Vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar"

Angel David Martín Rubio

Resistidle, firmes en la fe

Tentaciones de Jesús en el desierto (Fernando Cabedo Torrents, Misal Diario Dominicano, 1958)

Tentaciones de Jesús en el desierto
(Fernando Cabedo Torrents, Misal Diario Dominicano, 1958)

El miércoles pasado, con el rito de la imposición de la Ceniza, comenzaba la Cuaresma, tiempo de renovación espiritual para prepararnos por medio de la penitencia a celebrar santamente la Pascua.
La Iglesia, al principio de la Cuaresma, acostumbra imponer la sagrada Ceniza para recordarnos que somos compuestos de polvo y a polvo hemos de reducirnos con la muerte, y así nos humillemos y hagamos penitencia de nuestros pecados, mientras tenemos tiempo.

Además de los domingos, en este tiempo los días feriales cobran un importante relieve. Hagamos notar que, algo no frecuente en la Liturgia romana, cada una de ellos cuenta con un formulario completo propio. De esa manera, en la sucesión de las semanas y los días, podemos percibir la Cuaresma como un largo itinerario, como un tiempo para entrar de manera progresiva en nosotros mismos y escuchar la Palabra de Dios. Es un tiempo de “combate espiritual” que hay que librar utilizando las armas de la fe, es decir, la oración y la penitencia. De este modo podremos llegar a celebrar verdaderamente la Pascua, dispuestos a renovar las promesas de nuestro Bautismo.

Pero, ¿qué significa entrar en el itinerario cuaresmal? Nos lo explica el Evangelio de este primer domingo, con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto.

«Por aquel tiempo Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo. Ayunó cuarenta días y cuarenta noches, después de lo cual tuvo hambre» (Mt 4, 1).

Como Dios que es, Jesucristo no podía sentir ninguna inclinación al pecado, por eso la tentación no tiene ningún efecto y la resistió fácilmente. Por tanto, esta tentación se comprende sólo como humillación del Señor, quien, siendo el segundo Adán, quiso expiar así el pecado de los primeros padres. El diablo intentó averiguar quién era Jesús, y por otra parte quiso el Señor experimentar todas las debilidades de la naturaleza humana, aun las tentaciones: «para hacerse semejante a los demás hombres en todas las miserias que no son culpa… y con la victoria de sus tentaciones nos enseñase a vencer las nuestras y nos diese ánimo y esfuerzo para vencerlas» (padre LAPUENTE, Meditaciones).

«Jesucristo ha sido tentado para que el cristiano no fuese vencido por el tentador, y vencedor Jesucristo, fuésemos nosotros también vencedores» (S. Agustín).

Para alcanzar esta victoria, escuchemos la advertencia y el consejo de san Pedro: «Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe» (1Pe 5, 8) y san Juan nos da igual fórmula para vencer al mundo, cuyo príncipe es el mismo Satanás (Jn 14, 30).

Sobre ese mundo adquirió Satanás, con la victoria sobre Adán, un dominio verdadero del cual sólo se libran los que renacen de lo alto (Jn 3, 3; Col. 1, 13), aplicándose la Redención de Cristo mediante la fe que obra por la caridad (Ga 5, 6). A éstos llama Jesús, dirigiéndose al Padre, «los que Tú me diste» y dice que ellos están apartados del mundo, y declara expresamente que no ruega por el mundo, sino sólo por aquellos que no son del mundo, antes bien son odiados por el mundo (cfr. Jn 17, 2-14) [Cfr. Mons. STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Mt y Lc 4, 6].

El tentador procura excitar las tres concupiscencias del hombre: la sensualidad por medio del apetito de comer, la soberbia por medio del orgullo presuntuoso, y la concupiscencia de los ojos por medio de los apetitos de riqueza, poder y goce. Para vencerle necesitamos recurrir a las obras de penitencia pueden reducirse a tres especies, que son: oración, ayuno y limosna [Catecismo Mayor, IV, 6].

  • Por oración se entiende todo género de ejercicios de piedad. La oración es una elevación de la mente a Dios para adorarle, darle gracias y pedirle lo que necesitamos. Por eso, la oración nos ayuda a vencer la soberbia, puesto que nos hace reconocer nuestra condición de criaturas de Dios, elevados a la dignidad de hijos suyos en el orden sobrenatural y a esperarlo todo de Él [cfr. “De los devotos ejercicios que se aconsejan al cristiano para todos los días”, in: Catecismo Mayor, V, 8].
  • Por ayuno se entiende toda clase de mortificación. Mortificarse quiere decir dejar por amor de Dios algo que gusta y aceptar algo que desagrada a los sentidos o al amor propio. La mortificación nos conduce a vencer la sensualidad, el apego a las cosas creadas, a los placeres materiales. «Por el ayuno corporal domas nuestras pasiones, elevas la mente, nos das la virtud y el mérito» [Misal Romano, 1962: Prefacio de Cuaresma]
  • Por limosna se entiende toda obra de misericordia espiritual y corporal. Frente a la concupiscencia y a sus apetitos, al egoísmo que fomenta en nosotros, las obras de misericordia nos llevan a socorrer las necesidades corporales o espirituales de nuestro prójimo.

Hagamos el propósito de renovar en esta Cuaresma nuestro combate espiritual para que, impulsados por el Espíritu Santo, nos vayamos purificando cada vez más del pecado y renovemos los santos propósitos del Bautismo y el empeño de nuestra vida cristiana. Que la Virgen María nos ayude para que alcancemos ese fruto en este tiempo de gracia.

«Oh Dios, que purificas tu Iglesia por la observancia anual de la Cuaresma: concede a tu familia cristiana que lo que por la abstinencia desea obtener de Ti, lo consiga con las buenas obras. Por NSJC…» [Misal Romano, ed. 1962: Colecta del I Domingo de Cuaresma].

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