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23 enero 2016 • "Se levantó a hacer la lectura"

Angel David Martín Rubio

“Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”

EN LA SINAGOGA.-Maurycy Gottlieb.-S. XIX

EN LA SINAGOGA.-Maurycy Gottlieb.-S. XIX

La primera lectura de la Misa de este domingo (III del Tiempo Ordinario: Neh 8, 2-4ª. 5-6. 8-10) nos relata cómo Esdras, sacerdote y autor inspirado de dos libros del Antiguo Testamento (Esdras y Nehemías) llevó a cabo una solemne lectura del libro de la Ley de Dios frente al pueblo reunido en su presencia. Ya Moisés había señalado entre sus últimas recomendaciones la lectura de la Palabra de Dios:

«Y les dio Moisés esta orden: “Al cabo de cada siete años en la celebración periódica del año de remisión, en la fiesta de los Tabernáculos, cuando viene todo Israel a presentarse delante de Yahvé, tu Dios, en el lugar por Él elegido, leerás esta Ley en presencia de todo Israel, a oídos de ellos. Congregarás el pueblo, los hombres y las mujeres, los niños y los extranjeros que moran dentro de tus puertas, para que oigan y aprendan a temer a Yahvé, Dios vuestro, y cuiden de cumplir las palabras de esta Ley. Y también los hijos de ellos, que no la conocen, la oirán y aprenderán a temer a Yahvé, vuestro Dios, todos los días que viviereis en la tierra a la cual vais pasando el Jordán para tomarla en posesión» (Dt 31, 10-13).

Ahora la escena nos traslada en torno al año 450 a.C., al momento de restauración de la comunidad del Pueblo de Dios, con posterioridad al regreso de la cautividad en Babilonia que había durado setenta años. El texto bíblico destaca el respeto de los allí presentes: todo el pueblo estaba de pie para manifestar su reverencia a la Palabra de Dios y, finalmente, se inclinaron profundamente, adorando al Señor con el rostro en tierra.

El texto evangélico une el prólogo de San Lucas, cuyo texto se leerá en todo el ciclo litúrgico C, con la presentación de Jesús en Galilea y en la sinagoga de Nazaret donde proclama la Palabra de Dios un sábado.

Ambos textos nos lleva a reflexionar sobre el significado del domingo. Como es sabido, En la ley antigua los sábados eran los días particularmente solemnes para el pueblo hebreo; en la ley nueva lo es el domingo, que significa día del Señor, en lugar del sábado, porque en tal día resucitó Jesucristo Nuestro Señor.

El domingo, en cuanto que es el primer día de la semana, nos trae a la memoria la primera creación; en cuanto que es octavo (si consideramos que sigue al día séptimo, el sábado del Antiguo Testamento), nos significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo y además preanuncia el descanso eterno en el Día sin ocaso que será el Cielo.

En nuestros tiempos se ha perdido en buena medida la estimación social y personal del sentido religioso de este día. Habitualmente lo destinamos a ocuparnos de lo que no pudimos hacer durante la semana, o también, para distracciones mundanas. En cambio, el tercer mandamiento: santificarás las fiestas, nos manda honrar a Dios con obras de culto en los domingos y otras festividades establecidas por la Iglesia. Para ello tenemos que asistir al santo sacrificio de la Misa y dejar el trabajo para descansar de nuestras fatigas, atender mejor al culto divino y ejercitarnos en la oración y en obras de misericordia con el prójimo.

En la Sinagoga de Nazaret, Jesús explicó a sus paisanos un texto del Profeta Isaías (cfr. Is. 61, 1 ss) en el que se describe admirablemente el ministerio del Mesías que los judíos allí presentes esperaban pero no supieron reconocer a pesar de que, durante siglos, el principal encargo de los Profetas había sido conservar viva la memoria de la promesa del Mesías y preparar al pueblo para que le acogiese en su venida. Por eso Jesús tiene que advertirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acabáis de oír».

Esto nos recuerda que no basta con un cumplimiento material del tercer precepto. Hemos sido consagrados a Cristo en el bautismo y formamos parte de su Cuerpo Místico como recuerda San Pablo en la Epístola (1Cor 12, 12-30) y expuso magistralmente Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis, por eso podemos ofrecer a Dios nuestro culto espiritual y alcanzar grandes bienes al cumplir este mandamiento:

  • En primer lugar porque en la celebración dominical escuchamos la Palabra de Dios. De los que lo guardan se puede decir que están en presencia de Dios y tratan con Él «Pues contemplamos la Majestad de Dios, y tenemos coloquios con él cuando hacemos oración, y cuando oímos a los predicadores que proponen piadosa y santamente las cosas divinas, recibiendo la palabra de Dios que por su ministerio llega a nuestros oídos» (Catecismo Romano III, 4, 27).
  • También porque, cumpliéndolo, se nos facilita poner en práctica los otros mandamientos de la Ley. Al oír la palabra de Dios, somos bien instruidos en ésta y las demás leyes divinas, con ello conseguiremos también guardarlas todas con todo el corazón.
  • Por último, asistiendo al Sacrificio del altar, adoramos a Cristo Señor nuestro que está allí presente, y podemos recibirle dignamente preparados en el Sacramento de la Eucaristía.

Por eso puede concluirse que «el fiel cristiano católico, que inclina su razón a la palabra de Dios, predicada en nombre de la santa Iglesia por los legítimos Pastores, y cumple fielmente la santa divina ley, camina con seguridad por el camino que le guía a su último fin» (Catecismo Mayor).

*

Fomentemos el deseo de escuchar al Señor que nos habla por medio de su Evangelio. Hagamos el propósito de escuchar su mensaje, y guardar su palabra como lo hizo la Virgen Santísima, conservándolo en su corazón.

Pidámosle a ella que nos ayude a poner en práctica lo que escuchamos, para que esa semilla de la Palabra de Dios se deposite en nuestra alma y dé mucho fruto con la ayuda de la Gracia divina.

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