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20 diciembre 2015 • "Y verán todos los hombres la salud de Dios"

Marcial Flavius - presbyter

4 Domingo de Adviento: 20-diciembre-2015

Rito Romano Tradicional

Evangelio

Lc 3, 1-6: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilato la Judea, siendo Herodes tetrarca de la Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene, hallándose Sumos Sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y vino por toda la ribera del Jordán, predicando un bautismo de penitencia, para remisión de los pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas. Todo valle será terraplenado, todo monte y cerro rebajado; y los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos allanados: y verán todos los hombres la salud de Dios.

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Reflexión

Lucas marca solemnemente este acontecimiento, nombrando a todas las autoridades, como hacían los romanos: 5° año del Imperio de Tiberio; Procurador de Judea, Poncio Pilato; Tetrarca de Galilea, Herodes; Tetrarca de Iturea, Felipe su hermano; y de Abilina, Lisanias —con el cual Lisanias hallan dificultades los historiadores—; bajo los Pontífices Caifás, y Anás su suegro, que aunque pontífices había uno solo, todos sabían que el que mandaba realmente era el suegro, o mejor dicho, toda la familia… Esta indicación sirve mucho a los eruditos para determinar la difícil cronología de los hechos evangélicos; y como el fin de San Juan está bien marcado en la Segunda Misión Galilea de Cristo, es decir, en su segundo año, sabemos que la misión y la vida de Juan fue muy corta y que murió de la misma edad de Cristo, cerca de octubre del año 32; de nuestra cronología, el 26.

Juan le llevaba seis meses de vida a su primo Jesucristo. “Et hic sextus mensis est illi, quae vocatur sterilis.” San Lucas reporta el nacimiento y la vocación del Bautista en un capítulo lleno de movimiento lírico-dramático, que termina con el Cántico de Zacarías, joya de la lírica hebrea. Hijo del milagro, Juan nació de una mujer estéril y un varón anciano; y el Ángel Gabriel anunció de antemano el suceso a su padre; el cual dudó de la visión, en castigo de lo cual quedó mudo. Estaba el Ángel de la Anunciación a la derecha del altar del incienso; y anunció al sacerdote Zacarías la gloria futura de su hijo, mientras la plebe afuera oraba en masa y se extrañaba de que el Sacerdote se demorara tanto.

“Nacerá para alegría de muchos, no beberá vino ni grapa, y será lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre.” No beber vino era señal de ser essenio, una especie de ermitaños o monjes que no se cortaban el cabello, no tocaban un arma, guardaban continencia voluntaria y vivían en oración y penitencia para implorar la venida del Mesías y prepararse a ella. El historiador Josepho narra de los essenios varias cosas raras y aun ridículas, al lado las otras que dije; que pueden ser verdad, o pueden ser de esas cosas inventadas que en todos los tiempos el vulgo dice de los “frailes”. El Evangelio dice que el hijo de Zacarías y Elizabeth desde muy niño movido por el Espíritu Santo se fue al desierto; y por ende fue essenio, porque en el desierto, de niño no pudo haber vivido solo, ni lo permitieran sus padres. En el Medioevo los chicos se escapaban de su casa para meterse en los cluniacenses, cuando predicaba San Bernardo. Y en nuestros días, en la India pasa a veces lo mismo, según leemos en el… Reader Digest. Puede que sea verdad.

En el desierto vivió de langostas y miel silvestre: en Oriente (en las Filipinas hoy día, por ejemplo) comen las langostas; pero son allá unos bichos diferentes de los nuestros, más grandes y más sabrosos; y también diferentes de las langostas de Chile. Es posible que Juan el Bautizador haya comido algarrobas —como los pobres en el Sur de España—; porque hay una especie de acacia que da unas vainas harinosas, al cual los ingleses llaman locust-treeo árbol de langostas, según me informa don Jorge Pereda. Pero el texto griego dice simplemente “langostas”. Las secan al sol y las mascan como maní, o semilla de girasol. Después de eso no sabemos más del niño prodigio, hasta que aparece como un meteoro “en toda la comarca del Jordán”.

Cerca de los 32 años, “se hizo la voz de Dios sobre él”; y él cayó como un león a bramarla ante las gentes de Judea. Su boca estaba llena de las palabras más agrias de los profetas: “Raza de
víboras – generación adúltera – corazones de piedra – falsos hijos de Abraham – árboles sin fruto buenos para el fuego – árboles muertos listos para el hacha.” La muchedumbre quedaba tocada: “Cuando venga el Mesías no lo reconoceréis por vuestras maldades; pero Dios puede convertir las piedras éstas en hijos de Abraham.” “—¿Qué debemos hacer?”. Juan se ablandaba entonces y les imponía los mandatos de la ley natural, antes que las observaciones vanas y las inútiles excrecencias de la moral talmúdica. Asombra la lenidad de los preceptos de Juan al lado de la acidez de su dogmática. Los que son austeros consigo mismos, suelen ser dulces para con los demás; y viceversa.

“Los soldados le preguntaban: Maestro ¿qué haremos? y él respondía: «No andéis pidiendo aumentos de sueldo y no seáis prepotentes».” Se ve que los militares han sido siempre los mismos. A los cobradores del gobierno les decía: “No andéis sacando coimas”; y a la muchedumbre en general: “Haced limosnas por poco que algo os sobre.” De aquí sacaron los Santos Padres que la limosna es el mejor medio para la expiación de los pecados, no más que la oración, pero más que el ayuno. Y después los bautizaba con el “bautismo de Juan”, el bautismo preparatorio o provisorio.

San Juan imponía a la gente simplemente su deber profesional, el deber de estado que se llama; y no se puede dudar que estaba muy acertado, porque el deber de estado resume en sí todos nuestros deberes. “Las mujeres se salvarán por la crianza de sus hijos”, dice San Pablo: es su deber profesional. Si no eres buen obrero ¿cómo serás buen hombre? Y si no eres bueno a manejar tus manos ¿cómo ordenarás tus pensamientos, que son mucho menos obedientes? Ustedes encontrarán tipos que son “muy religiosos”, y no son buenos hijos o buenos vecinos o buenos ciudadanos; bien: no son muy religiosos. También se encuentran “buenos religiosos” que son malos profesores, malos predicadores, malos escritores —o malas enfermeras o maestras—: no creo que sean muy buenos frailes. Un buen fraile que escribe, lo menos que puede hacer es aprender a escribir; si no, que no escriba. Agarran a un fraile buenazo y corto y lo hacen Superior de un convento: como hombre es un santo y como Superior una porquería. Para hacer un buen ángel, primero hay que hacer un buen hombre, decía San Francisco de Sales. Agarran a un reíto del suburbio y de golpe quieren hacerlo un sacerdote del Altísimo a fuerza de devociones; y no
les sale. Salen “fetos con alas”, como decía Don Orione. Primero de leer la Imitación de Cristo hay que aprender la Ética a Nicómaco.

Contra todas estas macanas militaba San Juan Bautista. Que cada cual comience por hacer bien su oficio. Al rey Herodes, que cayó allí con su comitiva, de curiosón no más, a ver cómo era aquello que toda la gente hablaba, no le dijo que hiciese bien su oficio de rey, pues todos sabían que no era rey sino de mojiganga. Le dijo una cosa casi suicida: “No te es lícito cohabitar con la mujer de tu hermano.”

Preparado Herodes por este disgusto, los fariseos tuvieron juego fácil para hacer encanar a Juan por “perturbador”; y la mala hembra para hacerlo decapitar. En los sótanos del Palacio de Makeronte, el Tetrarca de la Judea solía ir a conversar con el eremita: le molestaba lo que oía, pero lo oía; lo cual ya es algo; pero Herodías la mala hembra no le perdonaba la condena de sus amores incestuosos. Toda esta familia de los Asmoneos era un desastre: aristocracia en decadencia, refinada pero muelle. Herodes Antipas había vivido en Roma, era amigo del César, tenía un barniz de cultura griega y de entereza romana sobre su oblicua y astuta alma de asiático; y los romanos lo tenían allí en un palacio de jaspe y sedas como pantalla para tener quietos a los judíos con la ilusión de que eran “nación” puesto que allí estaba su “rey”: estos romanos eran los ingleses de aquel tiempo; y este rey fantoche no hacía más que emborracharse y cobrar impuestos. Tres veces al año caía sobre los míseros campos de Galilea el gusanón de tres cabezas: los impuestos de los romanos, los impuestos de Herodes y los impuestos del Temp lo, por medio de los implacables publicanos o cobradores ofíciales. Los campesinos decían: “la cosecha se libró del gusano; pero no se librará del gusanón”.

Herodes dio una gran fiesta en su cumpleaños a todos los notables de la ciudad y se emborrachó: éste cumplía años casi todas las semanas, como Parreño el guitarrero: y allí pereció San Juan Bautista, ofrenda al despecho, a la lujuria y a la frivolidad. Esta fiesta sanguinosa ha tentado la pluma de los escritores, músicos y pintores románticos: Oscar Wilde escribió con ella un drama para Sarah Bernhardt tan lleno de colores, gemas y lentejuelas como el salón regio de Herodes o más; es vistoso y agradable de leer pero bastante disparatado. Flaubert escribió una novelera, también romántica, y muy exótica y palabrera. Y después el músico Strauss, y varios otros.

La narración evangélica es más fuerte que todas las variaciones románticas acerca de la Primera de las Vampiresas. Salomé, hija de Herodías bailó delante del ebrio y lo dejó fascinado; que le prometió con juramento allí mismo la mitad de su reino. (¿Qué reino?). Ella, movida por su madre, le pidió la cabeza de San Juan Bautista. Salomé no sería como la pinta Oscar Wilde, pero ciertamente era una depravadita: le faltó tiempo para obedecer el consejo nefando “apresuradamente”, dice el Evangelio. ¡Qué angelito de polleras cortas! El rey diletante “se contristó” porque tenía de San Juan Bautista un miedo supersticioso; más tarde, cuando oirá hablar de los milagros de Cristo, se asustará y dirá: “¡Ése es Juan el profeta que ha resucitado!”. Más tarde aún, mandará a buscar a Jesucristo y Este se negará a visitarlo diciendo: “¿Qué tengo que ver yo con esa raposa vieja?”. Más tarde todavía, el Viernes Santo, pedirá al Mesías atado delante de su cara granujienta que “le haga un milagro cualquiera… para ver”; y el Salvador bajará la cabeza sin contestar una palabra. Poco más tarde, morirá como un perro agusanado.

Mas ahora estaba en su gloria, delante del Pontífice Caifás, del Centurión de la Antonia, y de la flor de los saduceos. Había jurado y tenía que cumplir. El verdugo bajó al sótano y trajo en un plato argentino la cabeza sangrienta del Precursor de Cristo; y Herodías y Salomé quedaron servidas.

Como la de Cristo, delante de ese cubil de afeminados, la boca de Juan estaba ahora muda; pero él había dicho su palabra, desde los días de Aenon-en-Salim hasta ayer. Sin ninguna ilusión acerca de lo que podía esperar de su regio oyente, había despachado hacia Cristo definitivamente a sus discípulos, que lo seguían incluso en la cárcel con un entusiasmo un poco brasilero. Tenían disputas con los nuevos discípulos de Cristo; y así fueron, cuando todavía bautizaba en las Fuentes (Aenon) cerca de Salina; y le dijeron al Precursor: “Maestro, aquel que estaba escuchando y al cual tú bautizaste en la ribera, ahora bautiza Él —lo cual no era exacto— y todos corren detrás de Él. ¿Qué hacemos?”. Juan respondió: “Ningún hombre tiene autoridad, sino hasta donde se la da el cielo. Vosotros mismos deberéis testimoniar que yo dije que no soy el Mesías, sino mandado como delantero. El que posee la Esposa, ése es el Esposo; el amigo del Esposo [el “padrino”] se alegra sí, pero con la alegría del Esposo; y esa alegría me ha sido dada, y pronto será completa. El es menester que crezca, yo que disminuya. El que viene del cielo está
sobre todo; el que sale de la tierra es terreno y habla terrenidad. Pero Aquel que vino del cielo está sobre todos: Él ha hablado de lo que conoce, ha testimoniado lo que ha visto; y no quieren recibir su testimonio, peor para ellos. El que recibe su testimonio, se da cuenta de golpe de que Dios dijo verdad, por los profetas. Mas el Enviado de Dios habla las palabras de Dios, porque tiene el Espíritu de Dios sin medida en pleno. El Padre ama al Hijo y ha puesto todas las cosas en su mano. El que cree al Hijo, tiene la vida eterna; mas el que no cree al Hijo, no verá la vida eterna; y la ira de Dios morará sobre él.”

Éste fue el testamento de Juan. Ya no dice sólo que Cristo es el Mesías, sino que afirma claramente su Divinidad, desde el fondo admirable de su tremenda humildad: “Yo soy un hombre terreno, ya os he dicho que no soy el Mesías; pero yo profeticé al Mesías.”

Bendito el Señor Dios de Israel Que visitó y redimió a su pueblo Y levantó un bastión de salud
En la casa de David su hijo.
Como había hablado por boca de los santos Desde lejanos siglos sus profetas. La salvación contra nuestros enemigos
De la mano de todos los que nos odian. Para hacer merced a nuestros padres
Y acordarse de su testamento santo.
El juramento de nuestro padre Abraham Que Él juró nos había de dar.
Para que intrépidos, liberados de enemigos Le sirvamos en limpieza y justicia
Delante de él, todos los días nuestros.
Y tú, niño mío, serás llamado profeta del Altísimo
Irás ante la cara de Dios a preparar sus vías. A dar la ciencia salvífica a su plebe
La ciencia que remite los pecados.
Por las entrañas piadosas del Dios nuestro Su corazón que nos visitó desde lo alto.
Para iluminar a los sentados en la sombra de la muerte
Para enderezarnos los pies por el camino de la paz.

Éste es el cántico de Zacarías. No parece el canto de un mudo y es que ya no lo era más: este canto le destrancó la boca; y ningún poeta ha celebrado mejor a San Juan el Bautista, confesor, profeta y mártir.

(P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Ed. Vórtice, Bs. As., 1957, Pág. 343-348)

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