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6 diciembre 2015 • "Descendió, por tanto, la Palabra, para que la tierra, que antes era un desierto, diera sus frutos para nosotros"

Angel David Martín Rubio

Penitencia: el desierto dará frutos

san-juan-bautista-predicando-a-fielesEl día que se aproxima está precedido por la aurora, y las tinieblas de la noche se disipan cuando está cerca la luz del sol. Por eso, en este segundo domingo de Adviento la liturgia destaca la figura de san Juan Bautista, que fue el precursor del Mesías, enviado para prepararle el camino. (cf. Lc 3, 1-6).

El Bautista se sitúa entre los dos Testamentos, como síntesis del Antiguo y como alborada del Nuevo. Es en él donde parecen unirse la Ley y los Profetas en la espera de algo nuevo y más perfecto: la Nueva Ley Evangélica. Anuncia el inminente cumplimiento de la espera de la humanidad y del pueblo de Israel que se había prolongado durante siglos, desde la promesa del Redentor hecha a nuestros primeros padres.

«La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la “Primera Alianza”(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida» (CEC, 522). «Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida» (ibid. 524).

El desierto está despojado de toda belleza y verdor. Es lugar austero, desolador… Puede significarnos el campo de este mundo que se ha olvidado de vivir según Dios. Cuando los hombres no viven la vida de la gracia, se parecen a este lugar sin vida, sin verdor y sin frutos.

Con la presencia del Bautista, la voz que dama en el desierto, la Iglesia nos viene a decir en este Adviento que hemos de preparamos para dejar lo que tengamos de desierto en nuestras vidas, y para que demos paso en nuestra vida a la belleza y los frutos de las buenas obras por la obra de la gracia.

Esa es la transformación que se evoca en el bellísimo lirismo de la Profecía de Baruc que hemos escuchado en la 1ª Lectura. Al igual que en otras profecías se anuncia cómo «Jesucristo, Sol de justicia, se levanta sobre Jerusalén… A la vista de su luz todos los pueblos acuden presurosos a la ciudad santa… Jerusalén adquiere una magnificencia incomparable, sus riquezas son sin límites, pero su piedad, su santidad y su fidelidad la hacen aún más hermosa y envidiable» (Vigouroux).

La predicación del Bautista sigue resonando en nuestros días. Y tiene actualidad también para nosotros, cristianos que nos vemos influidos por la mentalidad de nuestro tiempo y nos cuesta aceptar que a esa transformación se llega por el camino de la penitencia.

Nos cuesta hacer penitencia cuando se difumina la noción de lo que es el pecado como ofensa a Dios. Vivimos en una crisis de fe, que nos lleva a perder el sentido del pecado, pero también de enfriamiento de la caridad y el hombre va perdiendo la noción de su verdadera dignidad de hijo de Dios. En cambio, cuando recorre el camino de la penitencia, doliéndose sinceramente de sus pecados, ya está avanzando hacia el puente que lo conduce a la orilla de la misericordia y del perdón[1].

El Bautista no sólo nos viene a enseñar con su predicación, sino también con todo el ejemplo de su vida. Por eso era tan atractiva su palabra y reunió a su alrededor a un grupo de discípulos entre los que se encontraba san Andrés. «Hemos hallado al Mesías» (Jn 1, 41), dice a su hermano san Pedro. Buena parte de estos seguidores del Bautista, pasaron a formar parte del grupo de los fieles a Cristo porque escucharon que Juan llamaba a Jesús Cordero de Dios, es decir, la Víctima divina que, cargando con nuestros pecados, se entregaría para que su Sangre atrajese sobre el mundo entero la misericordia del Padre, su perdón y los dones de su gracia para los creyentes. «Descendió, por tanto, la Palabra, para que la tierra, que antes era un desierto, diera sus frutos para nosotros» (San Ambrosio).

Renovemos nuestra voluntad de purificarnos continuamente con la práctica de la virtud de la penitencia y pidamos a la Madre del Señor que nos ayude en este tiempo de Adviento a “enderezar” los caminos de nuestra vida para dar los frutos de santidad que Dios espera de nosotros.

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[1] Cfr. Alfredo SAENZ, Palabra y Vida, Ciclo C, Buenos Aires: Ediciones Gladius, 1994, pp. 13-18

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