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5 Octubre 2015 • Al ser elevado a la Jefatura del Estado pronunció estas palabras

Eduardo Palomar Baró

La Junta de Defensa y el Trascendente discurso de Franco: 1 de octubre de 1936

Franco llega a Sevilla

Franco llega a Sevilla

La jefatura suprema del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 la ostentaba José Sanjurjo Sacanell, si bien fue dirigido por Emilio Mola Vidal, “El Director”.

Sanjurjo moría el 20 de julio de 1936 en accidente de aviación, cuando desde La Marinha, cerca de Cascaes (Portugal) se dirigía a Burgos, quedando los mandos militares en tres circunscripciones: Mola, que era republicano, en el Norte; Queipo de Llano, también republicano, en Andalucía y Franco, monárquico, en África y Canarias.

Al fracasar el alzamiento en Madrid y en las principales ciudades, los militares tuvieron que pensar en organizar una jefatura que sustituyese a la que había representado Sanjurjo. Por decreto del 24 de julio de 1936 se formó la Junta de Defensa Nacional, órgano colegiado de Gobierno que asumía todos los poderes del Estado, así como la representación del mismo ante las potencias extranjeras, en la zona que quedó bajo el poder de los militares que el 18 de julio se alzaron en armas.

En un principio dicha Junta estuvo compuesta por el general de División, Miguel Cabanellas Ferrer, que hacía las veces de presidente de la misma, y que fue elegido el 23 de julio de 1936, como general más antiguo; por el también general de División Andrés Saliquet Zumeta; los de Brigada, Miguel Ponte y Manso de Zúñiga –que cesó en tal cargo el 18 de agosto del mismo año–, Emilio Mola Vidal y Fidel Dávila Arrondo; y por los coroneles del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, Federico Montaner Canet y Fernando Moreno Calderón. Con posterioridad se integraron en ella el capitán de navío Francisco Moreno Fernández, que el mismo día de su incorporación, el 30 de julio de 1936, fue nombrado jefe de la flota. El 3 de agosto lo hizo el general de División, Francisco Franco Bahamonde y el 18 del mismo mes, el también general de División Germán Gil Yuste. El 17 de septiembre, el general de División, Gonzalo Queipo de Llano y el general de Brigada, Luis Orgaz Yoldi. La referida Junta fijó su residencia en Burgos y ejerció su mandato hasta el 1º de octubre de 1936 en que, por decreto de la misma se nombró jefe del Gobierno del Estado al general Franco –que asumió todos los poderes del nuevo Estado– y comenzó a funcionar la Junta Técnica del Estado.

El anhelo unánime era ganar la guerra por encima de toda otra consideración y estaba claro que para ganarla lo que hacía falta era contar con el mejor general disponible en los mandos. Las gentes sabían muy bien quien era ese general, porque, como diría uno de sus críticos, José María Gil Robles, refiriéndose a Franco en la primavera de 1935: “La opinión unánime del Ejército le designaba como el jefe indiscutible”.

Como transcurrió la elección

El 21 de septiembre de 1936, la Junta de Defensa celebró su primera reunión en una finca del ganadero de reses bravas, Antonio Pérez Tabernero, en Muñodono, a unos treinta kilómetros de Salamanca, junto a su aeródromo de guerra. Asistieron los generales Cabanellas, Dávila, Mola, Saliquet, Valdés y Cabanillas, Gil Yuste, Franco, Orgaz, Queipo de Llano y Kindelán y los coroneles Montaner y Moreno Calderón. En esta reunión existían dos sectores. El presidente Cabanellas, que con otros varios miembros de la Junta, abogaba por el mantenimiento de la dirección colegiada de la política y de las operaciones militares; o en todo caso de la política general. El segundo sector estaba formado por los generales monárquicos Orgaz y Kindelán, que por expresas instrucciones del rey Alfonso XIII, favorecían la designación de Franco como jefe militar único; con acumulación del mando político mientras durase la guerra, por razones estratégicas, y con la esperanza de que Franco restaurase la Monarquía. En el centro decisivo estaba el general Mola, que al inclinarse por Franco, se convirtió en el árbitro del problema.

En esta reunión del 21 de septiembre, –día en que el Ejército de África tomaba Maqueda y recibía la orden de virar hacia Toledo– Kindelán y Orgaz no consiguieron que los generales entrasen, por la mañana, en el problema principal. Después de comer, Kindelán vuelve a la carga y plantea el mando único militar. Ante las reticencias, Mola declara: “Pues yo creo tan interesante el mando único que si antes de ocho días no se ha nombrado generalísimo, yo no sigo. Yo digo ahí queda eso y me voy”. Se produce una votación y todos, menos Cabanellas, aceptan la necesidad del mando único. Entonces Kindelán, con el apoyo de Mola y de Orgaz, propone a Franco. Todos aceptan, con la abstención de Cabanellas. En esta primera reunión no se habló del mando político, que seguiría en manos de la Junta de Defensa. Y se convino que la Junta daría “vigencia y publicidad oficial” al acuerdo.

Pero la Junta de momento no hizo nada. Franco mandó hacer llegar al general Dávila y Mola su firme posición: no quería el mando, pero si se le ofrecía tenía que ser total, no sólo militar. Ya en Cáceres, Kindelán se reúne con Nicolás Franco, Yagüe y Millán Astray y –según su testimonio– “juntos le dimos una nueva y fuerte carga a Franco, proponiéndole una nueva reunión en la que se precisasen las atribuciones del generalísimo y se propusiera que este cargo llevara anexa la jefatura del Estado, con objeto de reunir en una mano todas las riendas de Gobierno de la entidad nacional”. Mientras tanto Franco dirigía diariamente, en el frente de Toledo, las operaciones para la liberación del Alcázar, que tuvo lugar al anochecer del 27 de septiembre. Todo Cáceres se reunió entonces y desbordó el callejón al final del que se alza el palacio de los Golfines de Arriba, y Franco hubo de salir al balcón con sus colaboradores. Allí Millán Astray y Yagüe le proclamaron generalísimo y anunciaron que al día siguiente sería elegido para la jefatura suprema.

La segunda reunión

El día 28 de septiembre, con la euforia general por la liberación del Alcázar, se celebró la segunda reunión en el campo de Salamanca. Con los mismos asistentes de la vez anterior, el coronel Yagüe había dispuesto una nutrida escolta de falangistas salmantinos que daban guardia en el exterior del barracón donde se iba a debatir el espinoso tema del mando único. La reunión empezó sobre las doce de la mañana. El general Kindelán leyó el proyecto de decreto que había redactado para esta reunión:

“Constituye precepto indiscutible del arte de la guerra la necesidad del mando único de los Ejércitos en campaña. En la nuestra, hasta ahora, la falta de tal requisito, impuesta por la incomunicación inicial entre los teatros de operaciones, ha sido suplida por el entusiasmo y buena voluntad de todos y por la unidad espiritual, que es característica destacada del Movimiento.

Realizada la conjunción táctica e incrementadas considerablemente las fuerzas de los Ejércitos, se hace inaplazable dar realidad al mando único, postulado indispensable de la victoria. Razones de todo linaje señalan además la conveniencia de concentrar en un solo poder todos aquellos que contribuyen a la consolidación de un nuevo Estado con asistencia fervorosa de la nación.

En su virtud, y en la seguridad de interpretar el sentir nacional auténtico, se decreta:

Artículo 1º. Todas las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire que colaboran o colaboren en el porvenir a favor del Movimiento estarán subordinadas a un mando único, que desempeñará un general de división o vicealmirante.

Artículo 2º. El nombrado se llamará generalísimo y tendrá la máxima jerarquía militar, estándolesubordinados los militares y marinos de mayor categoría.

Artículo 3º. La jerarquía de Generalísimo llevará anexa la función de jefe del Estado, mientras dure la guerra, dependiendo del mismo, como tal, todas las actividades nacionales: políticas, económicas, sociales, culturales, etcétera.

Artículo 4º. Quedan derogadas cuantas disposiciones se opongan a ésta.”

Como se puede apreciar, el decreto de Kindelán era muy claro en cuanto al mando único; y en el tercer artículo acumulaba al mando militar la jefatura del Estado mientras durase la guerra, limitación que Franco había tolerado como baza de negociación, pero que a la vez declaró no aceptar. Debe notarse que en este primer borrador se denominaba al jefe supremo jefe del Estado, sin reticencia alguna.

“Mala acogida tuvo mi lectura –dice Kindelán–; en especial el artículo tercero mereció muestras de disconformidad generales.” En vista del ambiente, Kindelán propuso una interrupción para comer.

El decreto definitivo

En la comida se habló de la situación militar y, sobre todo, de la liberación del Alcázar ocurrida la tarde anterior. “Tras la comida –según Kindelán– se iniciaron conversaciones parciales en las que brilló el oro más puro del patriotismo y desinterés por parte de todos.” Esto significa que, gracias a Mola, los otros dos posibles aspirantes a jefe supremo, Cabanellas y Queipo de Llano, cedieron a favor de Franco, por el que se inclinaba claramente la mayoría. Se celebró entonces la segunda y definitiva reunión, en la que Franco impuso su criterio de no aceptar más que sin limitación de tiempo la jefatura suprema. Con algunas matizaciones, se aceptó en líneas generales el proyecto de Kindelán, y Cabanellas fijó el plazo de dos días para publicarlo.

El 29 de septiembre, Cabanellas cumple su promesa y firma el decreto para designación del mando supremo que se publicará en el “Boletín” del día siguiente, 30 de septiembre. La versión definitiva es la siguiente:

“La Junta de Defensa Nacional, creada por decreto de veinticuatro de julio de mil novecientos treinta y seis, y el régimen provisional de mandos combinados respondían a las más apremiantes necesidades de la liberación de España.

“Organizada con perfecta normalidad la vida civil en las provincias rescatadas y establecido el enlace entre los varios frentes de los Ejércitos que luchan por la salvación de la patria, a la vez que por la causa de la civilización, se impone ya un régimen orgánico y eficiente que responda adecuadamente a la nueva realidad española y prepare, con la máxima autoridad, su porvenir.

“Razones de todo linaje señalan la alta conveniencia de concentrar en un solo poder todos aquellos que han de conducir a la victoria final, y al establecimiento, consolidación y desarrollo del nuevo Estado, con la asistencia fervorosa de la nación.

“En consideración a los motivos expuestos, y segura de interpretar el verdadero sentir nacional, esta Junta, al servicio de España, promulga el siguiente Decreto:

Artículo 1º. En cumplimiento de acuerdo adoptado por la Junta de Defensa Nacional, se nombre jefe del Gobierno del Estado español al excelentísimo señor general de división don Francisco Franco Bahamonde, quien asumirá todos los poderes del nuevo Estado.

Artículo 2º. Se le nombra asimismo generalísimo de las fuerzas nacionales de Tierra, Mar y Aire, y se le confiere el cargo de general jefe de los Ejércitos de operaciones.

Artículo 3º. Dicha proclamación será revestida de forma solemne, ante representación adecuada de todos los elementos nacionales que integran este movimiento liberador, y de ella se hará la oportuna comunicación a los Gobiernos extranjeros.

Artículo 4º. En el breve lapso que transcurre hasta la transmisión de poderes, la Junta de Defensa Nacional seguirá asumiendo cuantos actualmente ejerce.

Artículo 5º. Quedan derogadas y sin vigor cuantas disposiciones se opongan a este decreto. Dado en Burgos a 29 de septiembre de 1936. Miguel Cabanellas.”

La investidura en Burgos

Había desaparecido del proyecto Kindelán toda limitación en el mando de Franco. La denominación jefe del Gobierno del Estado era una simple concesión a Cabanellas, pero ante la atribución simultánea de todos los poderes del Estado equivalía sin más a la jefatura del Estado, como se demostró en la ley que Franco firmó el 1º de octubre de 1936, en la que se hablaba simplemente de jefatura del Estado, como reconoció, desde el primer día, la Prensa.
El mismo día 30 de septiembre, por iniciativa personal, el obispo de Salamanca, el catalán Enrique Plá y Deniel –que cedía a Franco su palacio como nuevo cuartel general–, firmaba una importantísima pastoral, Las dos ciudades, en que por vez primera la Iglesia de España declaraba cruzada al movimiento nacional. “La actual lucha –decía la pastoral– reviste, sí, la forma externa de una guerra civil; pero en realidad es una cruzada.”

Burgos, octubre-1936: Franco y Mola

Burgos, octubre-1936: Franco y Mola

El 1º de octubre de 1936 la Junta de Defensa proclama en Burgos generalísimo y jefe del Estado al general Francisco Franco, a quien el general Cabanellas, en su discurso, llama jefe del Estado. Franco acepta en una breve arenga en la que afirma mi pulso no temblará y recalca: “Me tengo que encargar de todos los poderes.” Luego sale al balcón de la Capitanía General de Burgos y dirige unas palabras al gentío que le aclamaba.

Alocución de Franco a través de Radio Castilla

En la noche del 1º de octubre de 1936, Franco pronunció por los micrófonos de Radio Castilla de Burgos un importantísimo discurso programático –que mereció el expreso elogio del rector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno– y que por su trascendencia nos disponemos a reproducir. Esta alocución fue publicada posteriormente en un volumen oficial titulado Palabras de Franco, que al pasar a la imprenta sufrió muy diversos retoques de estilo y hasta de concepto, aunque sin afectar significativamente a su contenido.

“¡Españoles!: Los que escucháis en vuestros hogares las noticias de Radio Castilla, los que, en el frente de batalla, escucháis a los pequeños radiadores (sic) que os llevan las noticias de vuestros hogares y de la retaguardia. Españoles que, bajo la horda roja, sufrís la barbarie de Moscú y que esperáis la liberación de las tropas españolas. Españoles que en América sufrís la incertidumbre de la España grande. A todos los que, unidos, lucháis por ella. A vosotros me dirijo, no con arengas de soldado. Voy solamente a exponeros los fundamentos de nuestras razones, no con tópicos ni contumacias, sino con el propósito de hacer un breve examen del pretérito y de lo que nos proponemos en el porvenir.

No se trata, por tanto, de invocar una situación que justifique nuestra decisión. Lo que es nacional no precisa razonamiento. España, y al invocar este nombre lo hago con toda la emoción de mi alma, sufría la mediatización más nociva de algunos intelectuales equivocados, que tenían un concepto demoledor.

Permanecimos en silencio mientras se iba inoculando el virus que jamás debió atravesar las fronteras, para traer aquí lo que hay en otros países de demoledor, aunque se revistiese de literatura, y así se iba perdiendo el concepto de la Bandera, del Honor, de la Patria y de los valores históricos.

Todo eso, y mucho más, acabó por añadir, a la falta de sentimiento patriótico, la pérdida del carácter tradicional de nuestro pueblo, olvidadas nuestras pasadas glorias y falto de conciencia para el porvenir, por ese concepto moderno de las cosas.

Vivimos de tal suerte sumida, unos en el error y otros en la incultura, que, obedeciendo órdenes secretas, no era de extrañar que en un instante no tuvieran inconveniente en destruir todo lo que fuera elemento diverso de los factores de nuestra riqueza.

Después del abismo en que aparecía sumida España, y siguiendo sólo la potestad de una misma tendencia materialista, no era difícil venderla al mejor postor extranjero. Tal es la estampa que representábamos en el concurso de las naciones.

Entre tanto, nuestra balanza comercial era adversa y descendería nuestro propio nivel desoyendo nuestras voces de todos los días. Se creaban obstáculos a todos cuantos defendían la personalidad de España, se enrarecía el ambiente nacional, y, por medio de este comunismo, se destruía la economía, se fomentaba el odio y se sustentaba la anarquía en todas las provincias de España.

Por esto se da cuenta España y acomete su liberación con amplio espíritu de colaboración social para el restablecimiento en el porvenir de la instauración de su propia libertad, la cual, por ser suya, la reclamará dentro y fuera del solar patrio. España se organiza dentro de un amplio concepto totalitario de unidad y continuidad. La implantación que implica este movimiento, no tiene exclusivo carácter militar, sino que es la instauración de un régimen de autoridad y jerarquía de la Patria.

La personalidad de las regiones españolas será respetada en la peculiaridad que tuvieron en su momento álgido de esplendor, pero sin que ello suponga merma alguna para la unidad absoluta de la Patria.

Los Municipios españoles también se revestirán de todo su rigor como entidad pública. Fracasado el sufragio inorgánico, que se malversó por los caciques nacionales y locales, la voluntad nacional se manifestará oportunamente a través de aquellos organismos técnicos y Corporaciones que representen de manera auténtica sus intereses y la realidad española.

Cuanto mayor sea la fuerza del Estado español más se avanzará y las regiones y los Municipios, las Asociaciones y los individuos, gozarán de amplias libertades sin menoscabo de los supremos intereses del Estado.

Dentro del aspecto social, el capitalismo se encauzará y no se regirá como clase apartada, pero tampoco se le consentirá una inactividad absoluta. El trabajo tendrá una garantía absoluta, evitando que sea servidumbre del capitalismo y que se organice como clase, adoptando actitudes combativas que le inhabiliten para colaboraciones conscientes. Se implantará la seguridad del salario hasta que se pueda llegar a la participación de los obreros, haciéndose beneficiarios en el aumento de producción.

Serán respetadas todas las conquistas alcanzadas legítimas y justamente, pero al lado de estos derechos estarán sus deberes y obligaciones, especialmente en cuanto afecta al rendimiento de su trabajo y leal colaboración. Todos los españoles estarán obligados a trabajar según sus facultades. No puede el Estado nuevo admitir parásitos.

El Estado nuevo, sin ser confesional respetará la religión de la mayoría del pueblo español, sin que esto suponga intromisión de ninguna potestad dentro del Estado.

En su aspecto tributario evitará el aniquilamiento de la riqueza, estableciendo una equidad en los impuestos y contribuciones, haciéndose un justo reparto de las cargas.

En el aspecto agrario se llegará a la creación del verdadero patrimonio familiar, merced a lo que el campesino produce se le dará una ocupación permanente para mejorar la vida campesina y al mismo tiempo la vida de la Patria. Tal misión será llevada a la práctica con preferencia.

En el orden internacional, comercial, viviremos en armonía con todos los demás pueblos, en especial con los de comunidad de raza, de lengua y de idearios comunes, y dentro de la más leal convivencia, siempre que no sean incompatibles con nuestro sentido ideológico. Exceptuamos de manera rotunda el contacto soviético.

Estoy seguro que en esta tierra de héroes y de mártires que vierte su sangre generosa para que el mundo encuentre en España la más clara de las visiones, cuando escriba sobre las páginas de su Historia, que no es Oriente ni Occidente, sino genuinamente española, marcará el ejemplo a seguir con este movimiento nacional. ¡Viva España!”

Así pues, este fue el primer mensaje con que Franco, como nuevo Jefe, se dirigió a la nación.

La primera ley y creación de la Junta Técnica del Estado

En la tarde del 1º de octubre de 1936, Franco firmó el decreto número 1 de su mandato, por el cual se organizaba el Ejército Nacional en dos grandes regiones: la del Norte, al mando del general Mola; la del Sur, que incluye la provincia de Badajoz, a las órdenes del general Queipo de Llano.

Por esta ley también se creaba la Junta Técnica del Estado como organismo ejecutivo de la Administración, que prescindiendo de un desarrollo burocrático innecesario, respondiese a las características de autoridad, unidad, rapidez y seriedad, tan esenciales para el desenvolvimiento de las diversas actividades del país. Presidía dicha junta el general Fidel Dávila Arrondo y se componía de las siguientes comisiones. De Hacienda, presidida por Andrés Amado y Reygondaud de Villebardet, que tenía como misión el estudio y preparación de los siguientes asuntos: divisas, donativos, impuestos, contribuciones, bancos, Tesoro Nacional, aduanas, timbre, presupuestos, cámaras de compensación, aranceles, monopolios y operaciones de créditos y gastos. De Justicia, presidida por José Cortés López, a la que competía la proposición de aquellas normas que en el orden procesal no tenían, en aquellos momentos, aplicación tangible, así como la modificación o alteración de las hasta entonces vigentes. De Industria, Comercio y Abastos, para cuya presidencia se designó a Joaquín Bau Nolla, a la que se encargaba el estudio estadístico de las diversas actividades, mercancías y provisiones existentes en las provincias ocupadas; régimen de coordinación entre las mismas y auxilios que necesitasen; fomento de las exportaciones y determinación de las importaciones necesarias, así como arbitrar los primeros medios necesarios para la subsistencia de las industrias. De Agricultura y Trabajo Agrícola, presidida por Eufemio Olmedo, cuya función principal consistía en fijar las normas indispensables para la continuación de las actividades agrícolas y preparar la revalorización de los productos de la tierra; establecimiento de patrimonios familiares; cámaras agrícolas y mejora de la vida campesina. De Trabajo, de la que era presidente Alejandro Gallo Artacho, cuya competencia se extendía a todo lo relacionado con las bases vigentes y laudos de trabajo, y el estudio de nuevas orientaciones que tendiesen al bienestar obrero y a la colaboración de éste con los demás elementos de la producción. De Cultura y Enseñanza, presidida por José María Pemán y Pemartín, que debía ocuparse de asegurar la continuidad de la vida escolar y universitaria; de la reorganización de los centros de enseñanza y del estudio de las modificaciones necesarias para adaptar éstos a las orientaciones del nuevo Estado. De Obras Públicas y Comunicaciones, cuyo presidente fue Mauro Serret, que tenía por misión asegurar la continuación de las obras públicas en curso; emprender otras nuevas donde fuesen indispensables; restablecer las líneas de transportes de todas clases; organizar un perfecto servicio de comunicaciones postales y telegráficas en todo el territorio ocupado, así como el personal necesario para estos servicios.

Dichas comisiones habían de ocuparse, además, de cuantos otros asuntos no mencionados especialmente fuesen peculiares de su general cometido. El presidente de la junta estaba facultado para resolver los asuntos que se asignasen a las respectivas comisiones; presidía sus reuniones parciales o totales, pudiendo recabar la opinión de técnicos que con carácter consultivo podían nombrarse en cualquier momento; y, por último, estaba obligado a someter sus dictámenes a la aprobación del jefe del Estado. En el mismo decreto se creaba el cargo de gobernador general, el cual tenía como cometido la inspección de las provincias ocupadas y cuanto se refería a la organización de su vida ciudadana, abastos, trabajo y beneficencia, en estrecha relación con las autoridades de las mismas y con los departamentos correspondientes de la Junta Técnica del Estado. Se nombró para ocupar tal cargo al general Francisco Fermoso Blanco, que lo desempeñó hasta principios de noviembre de 1936, en que fue reemplazado por el también general Luis Valdés Cabanillas. Al mismo tiempo se creaba una Secretaría de Relaciones Exteriores, que tenía a su cargo las relaciones diplomáticas y consulares con los demás países, así como una Sección de Prensa y Propaganda. Y, por último, una Secretaría General del Estado, con personal especialista de las materias que eran objeto de las distintas secciones de la Junta Técnica y con un miembro destacado del Departamento de Relaciones Exteriores, para cuyo destino se nombró a Nicolás Franco Bahamonde. Dicha Junta Técnica fue disuelta por ley de 30 de enero de 1938, en virtud de la cual se organizó la Administración Central del Estado y se constituyó el primer Gobierno de la zona Nacional.

Franco instaló, desde el 5 de octubre de 1936, su cuartel general en el palacio episcopal de Salamanca, y nombró al general Cabanellas inspector general del Ejército.

En el palacio de Anaya, el general Millán Astray y el escritor Ernesto Giménez Caballero, montaron unos servicios de propaganda que cumplieron satisfactoriamente su misión, pese a la penuria de medios de que dispusieron.

Logrado el mando único, Franco ordenó al jefe del Ejército Norte, general Mola, el avance sobre Madrid.

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