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4 Octubre 2015 • Una misericordia que desconociera la justicia, sería una falsificación de la misma

Angel David Martín Rubio

“Lo que Dios ha unido…”

Sagrada Familia Murillo

Particular Providencia puede considerarse el Evangelio de la Misa del Domingo 4 de octubre (Mc 10, 2-16) en el que se inaugura la segunda parte del Sínodo dedicado a “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización”, ahora bajo el lema “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”.

Las palabras de Jesús nos instruyen acerca de la naturaleza del matrimonio; realidad elevada por Él mismo a la condición de Sacramento, «que establece una santa e indisoluble unión entre el hombre y la mujer y les da gracia para amarse uno a otro santamente y educar cristianamente a los hijos» (Catecismo Mayor).

Cristo declara en esta ocasión la indisolubilidad original del matrimonio, según lo instituyera Dios en el principio de la creación. Para ello, cita expresamente las palabras del Génesis que se leen en la Primera lectura (Gen 2, 18-24). «Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre». De este modo, el Señor declara la unidad y la indisolubilidad del matrimonio tal y como había sido establecido en el principio, antes de ser alterado por la corrupción de los hombres.

En efecto, Dios estableció la unión estable del hombre y de la mujer con vistas a perpetuar la especie humana. La Revelación nos enseña de modo clarísimo que el matrimonio fue establecido directamente por Dios con sus características esenciales: unidad e indisolubilidad. Es decir, entre un hombre y una mujer y que dicho vínculo no puede romperse por la simple voluntad de los esposos. «Se dice que el vínculo del matrimonio es indisoluble o que, no puede desatarse si no es por la muerte de uno de los cónyuges, porque así lo estableció Dios desde el principio y así lo proclamó solemnemente nuestro Señor Jesucristo» (Catecismo Mayor).

El deterioro que sufren el matrimonio y la familia en nuestros días, se debe en buena parte al ataque institucional promovido contra ella desde altas instancias de intereses políticos, económicos y pseudo-religiosos. Y ha provocado la multiplicación de situaciones irregulares que no pueden por menos de afectar también a los bautizados.

Estas personas que sufren como consecuencia de la destrucción de sus familias deben ser acogidas por la Iglesia con compasión, para mostrarles el rostro misericordioso de Dios. Pero una misericordia que desconociera la justicia, sería una falsificación de la misma. Por eso, antes que nada hay que alentar a los que sufren inocentemente; especialmente los esposos e hijos abandonados por quien no ha sido fiel a la palabra dada ante la Iglesia el día de su matrimonio. Y también a los esposos que se esfuerzan por mantenerse unidos a pesar de las dificultades, los que perseveran en el amor aun cuando se ven golpeados por la enfermedad, el paso de los años, las dificultades económicas… Especial reconocimiento merecen los que se movilizan contra las leyes civiles que atentan contra la familia, la vida y la santidad del matrimonio.

Pero aún hay más. La ley de Dios es también expresión de su misericordia que permanece en medio de las circunstancias cambiantes y la Iglesia no puede hacer mejor obra de misericordia que proclamar a los cristianos, y a todo los hombres, las palabras llenas de claridad de Jesucristo: «Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio». Y, al mismo tiempo, recordarles las principales obligaciones de los casados:

«1.º, guardar inviolablemente la fidelidad conyugal y portarse siempre y en todo cristianamente;

2.º, amarse uno a otro, soportarse con paciencia y vivir en paz y concordia;

3.º, si tienen hijos, pensar seriamente en proveerlos de lo necesario, darles cristiana educación y dejarles en libertad de escoger el estado a que Dios los llamare» (Catecismo Mayor)

Recordemos, por último que Dios preparó cuidadosamente la familia en la que iba a nacer su Hijo: la Sagrada Familia de Nazaret. Y pidamos por intercesión de san José y de la Virgen María, que la Iglesia conserve fielmente la doctrina sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio, aliente a los esposos para que reciban las gracias que necesitan para cumplir sus deberes y alcance la conversión de los que se han apartado de la fidelidad a las exigencias de su vocación familiar.

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