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29 agosto 2015 • La religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre

Angel David Martín Rubio

Hacer más religiosa nuestra vida

Jacobo Jordaens: "Cristo y los fariseos"

Jacobo Jordaens: “Cristo y los fariseos”

Dios, nuestro Creador y Redentor, eligió a Israel como su pueblo y le reveló su Ley, preparando así la venida de Cristo. La Ley de Moisés contiene muchas verdades naturalmente accesibles a la razón y sus prescripciones morales están resumidas en los Diez mandamientos (Suma y compendio de todas las leyes, como dice San Agustín).

«Los mandamientos de la Ley de Dios tienen este nombre porque el mismo Dios los ha impreso en el alma de todo hombre, los promulgó en la antigua Ley sobre el monte Sinaí, grabados en dos tablas de piedra, y Jesucristo los ha confirmado en la Ley nueva»[1].

A todos nos consta por experiencia que tenemos impresa por Dios en nuestra alma una Ley, por la cual podemos distinguir lo bueno de lo malo, lo honesto de lo inhonesto, y lo justo de lo injusto (Ley natural). La fuerza y condición de esta Ley no es diversa de la que está escrita (Ley mosaica) pues es Dios el Autor de ambas. Y el fundamento último porque el que se ha de obedecer a estos mandamientos no es solamente haber sido dados por medio de Moisés, sino haber nacido con nosotros mismos, y haber sido explicados y confirmados por Cristo Señor nuestro (Ley evangélica).

En la ley, Dios ha manifestado su voluntad, en la cual está contenida nuestra salvación. De ahí las exhortaciones de Moisés al pueblo (Domingo XXII del Tiempo Ordinario, Ciclo B: Dt 4, 1-2. 6-8). En conocer la Ley de Dios «consistirá vuestra sabiduría». La verdadera sabiduría radica en cumplir los eternos mandamientos de Dios. Esta sabiduría practica constituye la base y el punto de arranque de toda espiritualidad, con tal que se funde en el conocimiento de Dios (Jn 17, 3), porque sin el recto conocimiento del Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, el hombre se desvía y cae en esas exterioridades y formulismos que son todo lo contrario de la sabiduría[2]. Es lo que Jesús censura tantas veces en los fariseos y leemos en el Santo Evangelio de este Domingo (Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23).

San Marcos, que escribió su Evangelio para los cristianos de Roma procedentes del paganismo, suele explicar en diferentes pasajes algunas de las costumbres de los judíos, para que sus lectores comprendieran mejor las enseñanzas del Señor. Por eso se nos dice que los judíos ponían en práctica una serie de purificaciones y abluciones antes de las comidas; gestos cargados en su origen de un significado religioso pero que en la práctica habían perdido su propia naturaleza.

En ésta y otras muchas ocasiones, Jesucristo condena la falsa religiosidad de los fariseos que reducen lo espiritual a la materia: hechos, realizaciones, obras visibles para que sean vistos de los hombres y los hombres los alaben y los imiten. Los fariseos se habían quedado en lo exterior, incluso habían aumentado los ritos y su importancia, mientras descuidaban lo fundamental: la limpieza del corazón, de la cual todo lo externo era únicamente una señal, un símbolo[3]. Por el contrario, en su Epístola, el apóstol Santiago caracteriza la auténtica religiosidad en estos términos «La religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas cuando están necesitados, y en no contaminarse con el mundo» (cfr. 2ª Lectura: St 1, 17-18. 21b-22. 27).

La Ley nueva o Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. Llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro (Mc 7, 14-15), donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El Catecismo Romano utiliza la referencia a la Sagrada Eucaristía para hacernos comprender la perfección de la Ley evangélica, que posee en la realidad lo que la Ley mosaica sólo poseyó en figuras y sombras. La Iglesia militante se encuentra así en posesión del mismo Cristo, Dios y Hombre, que posee la Iglesia triunfante, con la sola diferencia de que Cristo no es aún visto por nosotros, sino venerado bajo los velos eucarísticos, mientras que en el cielo se goza ya de su feliz visión[4]. Algo análogo podría decirse de la Ley nueva en relación a la del Antiguo Testamento.

Hagamos, pues, hoy, un examen de conciencia sobre la autenticidad de nuestra vida cristiana, analizando si lo que aparece exteriormente corresponde a nuestra realidad interior. Las dos cosas son necesarias: la rectitud exterior y la justicia interior. Pero la rectitud exterior debe ser el fiel reflejo de nuestra vida interior, de la identificación interior con Cristo.

Nuestra Madre Santa María, que estuvo llena de gracia desde el momento de su concepción, nos enseñará a ser fuertes si acudimos a Ella cuando la necesitamos para mantener el corazón limpio y lleno de amor a Dios.

«Oh Dios, de quien dimana todo cuanto hay de más excelente: infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y aumenta en nosotros la virtud de religión; para que fomentes el bien que en nosotros hay, y mediante nuestro fervor, guardes esos mismos bienes que en nosotros fuiste regando con tu gracia. Por NSJC…»[5].

__________

[1] Catecismo Mayor, III, 1.

[2] Mons. STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Dt 4, 6.

[3] En muchas de sus obras y sermones, Leonardo Castellani describe el contraste entre la religión verdadera y el espíritu farisaico, que empieza por reducir la religión a lo que es exterior y la convierte en rutina, en negocio, en medio de influencia, en persecución a los que son religiosos de veras… La vida del Señor adquiere un carácter verdaderamente dramático a la luz de este conflicto personificado en las frecuentes diatribas de Jesús hacia los fariseos. La animadversión de éstos fue, en último término, lo que llevó a Jesús a la Cruz.

[4] Catecismo Romano, II, 4.

[5] Misal Romano, ed. 1962, Domingo 6º después de Pentecostés: or. colecta. Con los habituales, y deplorables, retoques la oración ha sido adaptada para colecta del Domingo que estamos comentado en el Misal reformado. De ahí el título de este artículo. «Dios todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves».

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