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13 Julio 2015 • La Encíclica retorna a una senda de crítica a la economía de mercado • Fuente: La Razón, 21-junio-2015

José Manuel Cansino Muñoz-Repiso

El eco-ecologismo del papa Francisco

El Santo Padre Francisco ha promulgado su primera Encíclica –Laudatio Si- focalizada no sólo en la ecología o “cuidado de la Casa Común” sino también en su relación con la economía y el modelo de crecimiento “tecnocrático” que considera predominante en el Mundo. Si la anterior Encíclica papal “Caritas in veritate” de Benedicto XVI recibió mucha atención (posiblemente porque en la etapas de crisis el ser humano suele volver a mirar a la Religión), esta no va a recibir menor atención. Su interés no sólo reside en el perfil marcadamente mediático del Santo Padre sino en la sensibilidad social sobre el tema del que ocupa, razón por la que algunos la han tachado de oportunista al elegir esta cuestión frente a la criminal persecución de los cristianos en amplias zonas del Planeta.

Naturalmente me centraré en la vertiente económica de esta Encíclica por deformación profesional pero no sin antes opinar sobre el pretendido oportunismo de la misma.

La Encíclica, tiene un marcado componente de recomendaciones prácticas pero entre la aprobación de las primeras medidas mundiales en la lucha contra el cambio climático (Protocolo de Kioto, 1997) y la Encíclica papal han pasado dieciocho años de manera que no es una materia desconocida para la Santa Sede. Sin embargo, sí tiene un matiz oportunista al promulgarse el mismo año en el que se celebra la Cumbre del Clima en París en el mes de diciembre de la que se esperan compromisos verdaderamente reales para el gobierno de la denominada era Post-Kioto. En cualquier caso, las Encíclicas responden a cuestiones que conciernen a la Humanidad en cada momento por lo que descalificarla como oportunista no tendría mucho fundamento.

Desde el punto de vista ecológico, el Papa Francisco asume la teoría del calentamiento global sobre la que afirma que existe consenso científico. En puridad existe consenso científico mayoritario pero no unánime como, por otra parte, suele ocurrir. También asume –aun sin mencionarlo- el objetivo mayoritariamente compartido de tomar medidas para impedir que la temperatura del Planeta suba por encima de 2o con respecto a la etapa preindustrial. En este objetivo, el Santo Padre también asume -punto 52 del documento- el planteamiento de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” de los países que ya aparece en el Protocolo de Kioto (“Common but differentiated responsibility”) y que tiene una gran presencia a lo largo de toda la Encíclica. Precisamente este argumento es uno de los nexos que sirven al documento papal para vincular el compromiso con la preservación del medio ambiente con el compromiso con los pobres (“la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del Planeta”, Punto 16). Precisamente, la mayor parte de los documentos eclesiales citados a pie de página corresponden a episcopados de países en desarrollo en los que tienen gran predicamento planteamientos económicos marcadamente contrarios al sistema económico de mercado.

Es aquí donde quiero detenerme, esto es, en la visión económica de la cuestión ecológica que impregna la Encíclica.

El Santo Padre parece asumir una visión predatoria (punto 51) en la explotación de los recursos de los países pobres por parte de los países ricos en virtud de la cual existe una “deuda ecológica” de los segundos con respecto a los primeros; una deuda que naturalmente debe operar a la hora de repartir el esfuerzo en la lucha contra el cambio climático. Así se derivaría del principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas”. Hay dos cuestiones a tener en cuenta en este asunto. La primera es que la explotación de los recursos naturales no necesariamente está vinculada al problema del cambio climático salvo cuando se trata de la desforestación de zonas que actúan como sumideros de anhídrido carbónico. En otros términos, cada vez que se destruye parte de un bosque se daña una zona con capacidad de capturar este gas de efecto invernadero pero el daño no es el mismo cuando se extrae mineral o gas natural con técnicas convencionales. La segunda es que se está desresponsabilizando a los países en desarrollo de su situación. Un ejemplo palmario es el caso de Noruega en comparación con Nigeria; ambos tienen grandes recursos petrolíferos pero en el primer caso revierten en un fondo soberano que garantiza el sistema de pensiones, y en el otro no ¿a quién corresponde la responsabilidad del uso de los ingresos provenientes del petróleo?

Pero además, la Encíclica retorna a una senda de crítica a la economía de mercado propia de los documentos papales anteriores a San Juan Pablo II. Por ejemplo, parece atribuirse una maldad intrínseca a las grandes corporaciones multinacionales. Probablemente esto es fruto de una visión simplificada, reduccionista, del beneficio de las empresas; “el principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía” afirma en la página 149. Hoy día, ninguna mediana o gran empresa concibe su beneficio como la mera diferencia aritmética entre ingresos y costes. Ni sus accionistas, ni sus clientes ni el conjunto de la sociedad aceptaría comportamientos empresariales orientados a la maximización del beneficio sin ejercicio de responsabilidad social; en otro caso la empresa tendría problemas en mantener a sus clientes y en encontrar inversores. Una simplificación similar se le aplica al sector financiero (punto 189) sobre el que pesa –sin matices- la sombra de su responsabilidad en la crisis que arranca en 2007.

La Encíclica, en definitiva, parece tener muy presente los gravísimos fallos del sistema financiero en la crisis reciente pero los extiende sin límite al atribuirle una responsabilidad difusa en el deterioro del medio ambiente, en el funcionamiento de la economía de mercado y en el problema de la pobreza. En mi opinión, el nexo lógico de esa cadena de razonamiento debería reforzarse más.

Lo que sí tiene esta Encíclica a diferencia de su predecesora “Caritas in veritate” es una mayor precisión en la recomendación de acciones (cambio del patrón de consumo fruto del sistema tecnocrático, fomento de energías renovables, mejora de la eficiencia energética, reutilización de los residuos, etc). Posiblemente esto se deba a que este tipo de medidas están más desarrolladas que las que había que tomar para hacer frente a la crisis financiera.

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