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18 junio 2015 • Cristo no puede ser comparado a ningún otro hombre, incluso poseyendo, ontológicamente, una estructura humana completa • Fuente: Radio Cristiandad

Chiesa Viva

La Sagrada Humanidad de Cristo

Tal vez, uno de los peores y más desastrosos errores que amenazan a la Iglesia de hoy es la falsificación de la sagrada Humanidad de Cristo y una errada interpretación del misterio de la Encarnación.

Aparición de Cristo a Santa Teresa (Guercino)

Aparición de Cristo a Santa Teresa (Guercino)

Al comienzo del Evangelio de San Juan, leemos: “Et verbum caro factum est et habitavit in nobis; et vidimus gloriam ejus, gloria quasi Unigeniti a Patre, plenum gratiae et veritatis” (Jo. l. 14); palabras que no sólo definen el tremendo misterio que la segunda Persona de la Santísima Trinidad –el Logos– ha asumido la naturaleza humana, sino que esta naturaleza humana suya estuvo llena de Gracia y de Verdad.

1) Integridad y supereminencia de la humanidad de Cristo

La segunda Persona –el Logos – asumió la naturaleza humana sin perder su naturaleza divina. Todos ustedes saben que Cristo posee dos naturalezas –la humana y la divina– en una sola persona. Así fue definido y declarado solemnemente en el Concilio de Calcedonia. Las dos naturalezas permanecen distintas pero, al mismo tiempo, inefablemente conectadas, siendo ambas naturalezas de la misma e idéntica persona.

El dogma subraya: “totus Deus et totus homo”. Y es precisamente aquí, en el significado del “totus homo” que se insinúa, en nuestros días, una interpretación herética de Cristo. Es decir, muchos pretenden que el haber asumido Cristo una naturaleza plenamente humana quiere decir que Él ha dividido también con nosotros todo cuanto es humano. Así, presentan la humanidad de Cristo como la de un hombre ordinario –una personalidad humana secularizada y desacralizada. Antes de discutir tal grave error, que forma la base de la falsificación de la Santísima Humanidad de Cristo y del significado de “totus homo”, debemos examinar brevemente las características que forma la naturaleza humana.

La naturaleza humana

Entre todos los seres que encontramos en la naturaleza, sólo el humano es persona. Sólo él está dotado de consciencia clara; y la consciencia implica una nueva dimensión del ser. La filosofía escolástica ha definido con exactitud que la persona es un “ser en posesión de sí”. De hecho, todo un mundo separa al ser material de una piedra, la vida de una planta e incluso de un animal, del ser humano, el cual posee únicamente la facultad del conocer, del libre albedrío y de la responsabilidad; el cual ha sido únicamente honrado de valores o de anti-valores morales.

Esta dimensión completamente nueva del ser –la consciencia– es propia solamente del hombre, entre todas las creaturas que conocemos. El hombre es el único ser “despierto” –por decir así– mientras los otros seres están “en estado de sueño”: ellos sufren el ser. El hombre es el único ser personal; el único capaz de buscar la verdad o, como dice San Agustín: “está hecho para Dios” –capaz, mediante la razón, de elevarse al conocimiento de la existencia de Dios. Por eso, San Buenaventura llama a todas las otras creaturas (materia inanimada, plantas, animales), “vestigia Dei”, mientras que al hombre, en cuanto persona, “imago Dei”. Es la expresión usada en el Antiguo Testamento: “Dios creó al hombre según su imagen”.

La naturaleza humana lleva el carácter de la imagen de Dios y los rasgos de un ser personal: dotado de consciencia. Sócrates y Buda tienen esto en común con Hitler y Stalin: todos ellos tienen una naturaleza humana, creada según la imagen de Dios; ellos forman, ontológicamente, el mismo tipo de ser. Pero es claro que hay una distancia enorme entre Sócrates y Hitler, entre Buda y Stalin. Esta distancia no concierne a la estructura ontológica de la persona humana –que ambos poseen–, sino a las diferencias cualitativas existentes entre ellos.

La humanidad de Cristo

Debemos darnos cuenta que la sentencia: Cristo es “totus homo” (totalmente hombre), se refiere a la estructura ontológica del hombre, esto es, al carácter de “imagen de Dios”, pero en ningún modo concierne a las características cualitativas de su humanidad. Su humanidad es sagrada –no sólo porque está unida a su naturaleza divina en una única persona, sino también por su santidad, única e incomparable, exacta para la cualidad de su humanidad “llena de gracia y de verdad”. Cualitativamente, la humanidad de Cristo no sólo no es la de un hombre cualquiera, y ni siquiera de un hombre extraordinario y noble, sino que es inefablemente santa, esto es, que es una cualidad completamente diferente de la misma bondad moral, sea ésta incluso eminente.

La sagrada humanidad de Cristo es algo que la mente humana no puede ni siquiera imaginar: es la epifanía de Dios. El Prefacio de Navidad se expresa así: «Quia per incarnati Verbi mysterium nova mentis nostrae oculis lux tuae claritatis infulsit: ut dum visibiliter Deum cognoscimus, per hunc in invisibilium amorem rapiamur».

Cada ser humano está llamado a hacerse santo, a alcanzar la “semejanza” de Dios, según la fórmula del dogma. Esta similitud, evidentemente, es sólo cualitativa y de ninguna manera minimiza la diferencia ontológica inalcanzable que existe entre Dios, omnipotente Creador, y el hombre, su creatura. Pero, para ser santos, esto es, para conseguir la semejanza con Dios, el hombre debe ser redimido por Cristo y recibir nuevamente de Cristo la vida sobrenatural, aquella vida de gracia que Adán poseía en el paraíso, antes de la caída. Sin embargo, esta reconciliación de la humanidad mediante Cristo en la Cruz y la obtención de la vida de la gracia mediante el bautismo, no cambian el carácter natural del hombre en tanto hombre, ni cambia la estructura ontológica del hombre como persona, es decir, como imagen de Dios; elementos que todos los hombres tienen en común. El Papa Pío XII dijo: “La Gracia no destruye ni cambia la naturaleza, sino que la transfigura”. Por lo tanto, el poseer este nuevo principio ontológico de vida –la vida de la Gracia– no es una garantía de santidad. Nosotros la podemos alcanzar sólo mediante nuestra libre colaboración con la Gracia.

«Qui fecit te sine te, non justificat te sine te», dice San Agustín.

Démonos cuenta que la distancia que nos separa a nosotros, pobres pecadores, anhelantes de la santidad, de un San Francisco de Asís o de una Santa Teresa de Ávila, es incomparablemente más breve que el abismo que separa a un Santo de la sagrada humanidad de Cristo.

La sagrada humanidad de Jesús es de una santidad inefable, en la que se refleja la inefable gloria divina. Cristo mismo lo dijo: “Felipe, quien me ve a Mí, ve al Padre”. La sagrada humanidad de Jesús es el corazón de toda la Revelación cristiana. Fue esta santidad cualitativa indecible que obligó a los Apóstoles a abandonar todo y a seguirlo. Más que todos los milagros, la sagrada humanidad de Cristo ha dado testimonio de su divinidad; y esto por el hecho de que su naturaleza humana está unida a su naturaleza divina, sin ninguna confusión de las dos naturalezas. «Cor Jesu, in quo habitat omnis plenitudo divinitatis», dicen las Letanías del Sagrado Corazón. La naturaleza divina de Cristo no era visible, pero su santa humanidad –aunque humana en todo en su estructura ontológica– es, cualitativamente, una revelación de Su divinidad.

Es parte de la naturaleza humana conocer el miedo y la angustia. Cuando hablamos de la naturaleza humana, debemos considerar su doble aspecto: por un lado, su carácter de “imagen de Dios”, donde reside su inmensa superioridad sobre todas las creaturas terrenas; por otra parte, su fragilidad que también es mayor, bajo cierto aspecto, que aquella de los seres inanimados; fragilidad que le es causada por el cuerpo, sujeto al ritmo del desarrollo, del crecimiento y de la muerte. Pero, también aquí, la superioridad del hombre aparece evidente. Pascal, a su admirable manera, ha dicho: “el hombre no es otra cosa que una caña, la cosa más débil de la naturaleza; pero es una caña pensante. No sucede que todo el universo se arme para destruirla; basta un vapor, una gota de agua para matarlo. Sin embargo, cuando el universo lo destruye, el hombre es aún más noble que su asesino, porque sabe que morirá mientras que el universo de la ventaja, que tiene encima de él, no tiene conocimiento alguno”.

En este misterio inefable, de condescendencia, como es la encarnación, la segunda Persona de la Santísima Trinidad ha asumido la naturaleza humana con toda su fragilidad y aceptado sus limitaciones ontológicas, salvo el hecho decisivo que Jesús no fue concebido por un hombre humano, sino que se hizo hombre «de Spiritu Sancto ex Maria Virgine».

Pero esto no impide en absoluto que Él posea una perfecta naturaleza humana: sólo testifica que su ser, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, que ha asumido la naturaleza humana sin perder ni devaluar su naturaleza divina.

2) La falsificación de la humanidad de Cristo

Bajo este contexto de la humanidad de Cristo, inefablemente santa, surge la horrible falsificación de la humanidad de Cristo, difundida cada día, en amplias capas de la Iglesia. Pensemos en la frase que se escucha repetir con frecuencia: “Si Cristo fue realmente un ‘hombre completo’ –“totus homo”-, entonces tenía que poseer todos los elementos cualitativos que se hallan en el hombre”. En el Catecismo de Benzinger se menciona el interés de Jesús por la buena mesa; y el episodio de Betania es relatado de modo que se pruebe que Marta sabía preparar un buen alimento. Y este es el tema central del discurso (¡yo no sabía que la naturaleza humana completa exigiera que el hombre fuera un amante de la comida!). Pero aún hay cosas peores: se escuchan, inclusive, discusiones asquerosas… Se subraya de continuo, el “totus homo”, el “hombre completo”; y esto para sostener que Jesús tuvo todas las cualidades que se observan en el hombre, ignorando que el “completamente humano” de la naturaleza humana de Cristo se refiere sólo a su estructura ontológica y que en el plano de las realizaciones cualitativas, Jesús era inefablemente santo. Aún más, su postura única de Hombre-Dios, de Redentor, lo pone por encima de la posibilidad de poseer todas las realizaciones cualitativas de los hombres. El estar por encima no significa en absoluto privación o que esté incompleto. Es éste un punto de suma importancia. La plenitud no consiste en la multitud de las cualidades y de las posibilidades que pertenecen al hombre, sino en la grandeza de los valores poseídos. Existen cosas que, en sí mismas, no son malas, sino al contrario, positivas, como el deporte, que, sin embargo, son superadas cuando se alcanza un cierto grado de santidad.

Se habla mucho, hoy, de autosuficiencia, de personalidad. Se dice que el celibato de los sacerdotes debería ser abolido, justamente porque obstaculizaría esta formación total de sí. Pero quien quiere tal reivindicación, olvida que sólo el Santo es un hombre completo, el único que ha alcanzado, verdaderamente, una personalidad. Esto lo ha explicado, hace cuarenta años, en mi libro: “Liturgia e Personalità”. El gran escritor francés Léon Bloy decía: “No hay más que una sola desgracia: la de no ser santo”. La santidad es el verdadero cumplimiento de todo hombre; sólo en la santidad, el hombre se eleva a aquella plenitud a la cual lo ha llamado la misericordia y la bondad de Dios.

El Arcángel Gabriel saludó así a la Virgen: “Ave Maria, gratia plena”; la Liturgia canta: “Tota pulchra es, Maria!”. Sin duda, Ella fue plenamente humana; Ella tuvo nuestra naturaleza humana; Ella no era en absoluto divina. Y sin embargo Ella es llamada “Reina de los Ángeles; Reina de todos los Santos”, y es considerada la más santa de todas las creaturas. Decir que María no alcanzó jamás su plenitud, su personalidad, por ajena a la vida sexual, sería la más obscena de las estupideces que podría formular cualquier mente humana.

Cristo es incomparable

Cristo no puede ser comparado a ningún otro hombre, incluso poseyendo, ontológicamente, una estructura humana completa, como ya habíamos dicho. Y esta condición incomparable le proviene no sólo de la inefable santidad de su humanidad sagrada, sino, sobre todo, de su naturaleza divina, cual segunda Persona de la Santísima Trinidad. El misterio inmensurable de la unión íntima de las naturalezas divina y humana, en una sola y única persona, eleva a Cristo por encima de todas las creaturas humanas, incluida la Santísima Virgen. El hecho de que su santa humanidad esté conectada con la naturaleza divina, que no sólo es una Epifanía de la divinidad por su santidad, sino que está unida a la divinidad en una sola y misma persona, hace a Cristo insuperablemente superior a cualquier otro ser humano. Al contrario, el hecho de ser “Hombre-Dios”, hace de su humanidad algo absolutamente único, incluso en el plano ontológico. Ciertamente, habrán escuchado aconsejarlos –¡como solían aconsejar los sacerdotes de otros tiempos más ortodoxos!– “¡Pregúntate cómo habría actuado Jesús en la misma situación!”; pero la formulación no es exacta. La intención era sin duda buena; sin embargo, tal formulación, para expresar “la imitación de Cristo”, es poco justa y tiene sus peligros. Deberíamos, en su lugar, preguntarnos en cada situación: “¿Puede mi actitud sostenerse delante de Cristo? ¿Querría Él que yo actuara de este modo? ¿Corresponde mi acción a sus mandamientos?”. Preguntarse, al contrario: “¿Cómo habría actuado Jesús?”, conduce a un camino equivocado, ya que existen muchas situaciones en la vida del hombre, en las que Cristo, el Hombre-Dios, no podía encontrarse; aún más, hay muchas acciones que sólo Él podía cumplir y que sería blasfemo imitar por una simple creatura humana.

Cristo pudo decir a sus Apóstoles: «Unus est magister vester, Cristus». Sólo Él podía perdonar a los pecadores; podía decir a María Magdalena: “Tus pecados son perdonados”; y a la mujer adúltera: “Tampoco yo te condeno; ¡vete y no peques más!”.

Podemos y debemos perdonar todo el mal que nos han hecho, pero no podemos cancelar la ofensa hecha a Dios con el mismo mal hecho contra nosotros. Podemos perdonar; podemos eliminar cualquier pensamiento de venganza; podemos no tomar en cuenta el mal que sufrimos; podemos buscar la reconciliación con quienes nos han hecho injusticia, pero el daño moral del mal hecho, esto es, el pecado, que representa aquel mal –la ofensa a Dios-, permanece sin cambio, incluso después de nuestro perdón. Sólo Dios puede perdonar el pecado. Una esposa puede decirle al marido que la ha traicionado: “Te perdono con todo mi corazón y le pido a Dios para que te perdone”. Pero nosotros sólo podemos decir a Dios: «Asperges me hyssopo et mundabor». Cristo únicamente, esto es, el Hombre-Dios, puede perdonar los pecados; y este poder divino lo ha dado a sus Apóstoles cuando les dijo: “A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados”. Y es por esto que los sacerdotes pueden perdonar los pecaos en confesión, en virtud del poder del orden, conferido a ellos mediante la ordenación sacerdotal y en virtud del poder de jurisdicción, delegado a ellos por los Obispos. Hemos hecho esta observación para atraer su atención sobre el hecho de que el Hombre-Dios Cristo es capaz de cumplir acciones que ningún otro, simple hombre, está en poder de cumplir con sus fuerzas humanas y que no podría ni siquiera intentar cumplir si no por presunción blasfema. Solamente Cristo, el Hombre-Dios, podía redimir a la humanidad mediante su muerte en la Cruz. Nosotros no deberíamos acercarnos jamás a Cristo si no es mediante una adoración amante, una contemplación de Su Sagrada humanidad, considerada en su inefable santidad plenamente consciente de la íntima unión del Hombre-Jesús con la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Como queda expresado en las Letanías del Sagrado Corazón: «Cor Jesu, Verbo Dei substantialiter unitum».

(Continuará)

(Traduccion Gentileza Yo Vera)

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