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27 mayo 2015 • "La vida cristiana se desarrolla bajo la acción vivificadora y transformadora del Espíritu Santo"

Angel David Martín Rubio

Octava de Pentecostés

Maino: "Pentecostes" (1620-1625; Museo del Prado)

Maino: “Pentecostes” (1620-1625; Museo del Prado)

1. Pentecostés (lit. “el quincuagésimo día”) era el nombre de una fiesta religiosa que los judíos celebraban a los cincuenta días de Pascua en memoria de la ley dada por Dios en el monte Sinaí, después de ser librados del cautiverio del Faraón.

Como había ocurrido con la Pascua, también Pentecostés tenía un sentido profético y debía haber un segundo Pentecostés para todos los pueblos, como hubo una segunda Pascua para la redención del género humano.

En el desierto de Arabia, entre truenos y relámpagos, Dios reveló su ley grabada en dos tablas de piedra y selló una Alianza con su pueblo. Ahora, cincuenta días después de Pascua, los Apóstoles, en compañía de la Virgen María y de otros discípulos, perseveraban en oración, como les había indicado el Resucitado. Sobre ellos bajó el Espíritu Santo manifestándose de forma visible en los signos exteriores del viento y el fuego.

El Espíritu Santo confirmó en la fe a los Apóstoles, los llenó de luz, de fortaleza, de caridad y de la abundancia de todos sus dones:

«Los Apóstoles, después que fueron llenos del Espíritu Santo, de ignorantes se trocaron en conocedores de los más profundos misterios y de las Sagradas Escrituras, de tímidos se hicieron esforzados para predicar la fe de Jesucristo, hablaron diversas lenguas y obraron grandes milagros»[1].

Dom Gueranguer pone de relieve cómo la Iglesia, a través de su predicación, permitía evocar el magnífico espectáculo que ofrecía la tierra cuando el linaje humano no hablaba más que una sola lengua:

«Durante los siglos de fe, la Iglesia, única fuente del verdadero progreso de la humanidad, hizo aún más: llegó a reunir en una sola lengua los pueblos que había conquistado. La lengua latina fue durante largo tiempo el lazo de unión del mundo civilizado. A pesar de las distancias, se la podían confiar todas las relaciones existentes entre los diversos pueblos, las comunicaciones de la ciencia y aun los negocios de los particulares; nadie de los que hablaban esta lengua se consideraba extranjero en todo el Occidente. La herejía del siglo XVI emancipó a las naciones de este bien como de tantos otros, Europa, dividida durante largo tiempo, busca, sin encontrarlo, este centro común que únicamente la Iglesia y su lengua podían ofrecerle»[2].

2. La Virgen María, los Apóstoles, los discípulos, los recién bautizados… todos ellos recibieron gracias y a todos ellos se les encomienda una misión que cumplir el día de Pentecostés.

Lo allí ocurrido es, a su vez, una imagen sensible de las maravillas que el Espíritu Santo obra diariamente en las almas cristianas para santificarlas, aplicándolas en forma de gracia los méritos de Jesucristo. Aquellas lenguas de fuego eran símbolo de la acción sobrenatural que el Espíritu Santo realiza en el cristiano que vive en gracia, la que se da al hombre para redimirlo del pecado, para santificarlo, para introducirlo en su vida divina.

Dios, por su bondad, nos infunde en el alma las virtudes teologales cuando nos infunde su gracia santificante, y por esta razón al recibir el Bautismo fuimos enriquecidos con estas virtudes y juntamente con los dones del Espíritu Santo que sirven para afianzarnos en la Fe, Esperanza y Caridad, y darnos prontitud

Así, nuestra vida cristiana es auténtica vida sobrenatural y se desarrolla bajo la acción vivificadora y transformadora del Espíritu Santo

  • El Espíritu Santo es quien convierte a los pecadores.
  • El Espíritu Santo es quien, después de convertidos nos da fuerza para resistir las tentaciones y desarraigar los malos hábitos.
  • El Espíritu Santo es quien convierte en héroes divinos a los cristianos, como a San Pedro que tan tímido fue antes de negar a Cristo y luego se abrazó a la cruz con fortaleza. O Santiago, allí presente, que sería el primero de los Apóstoles en dar su vida por Cristo, marcando con su sello al catolicismo español: tierra de soldados de Cristo o de mártires; ojalá nunca de apóstatas y traidores.
  • El Espíritu Santo es, por último, quien habita en el alma del justo y, como fuego misterioso purifica sus afectos, ahuyenta sus tinieblas… del mismo modo que el fuego se apodera de los objetos y los incorpora a sí mismo hasta convertirlos en fuego, el Espíritu Santo va transformando el alma del justo en cosa suya, sobrenatural y divina.

3. Si la Pascua es el rescate del hombre por la victoria de Cristo; en Pentecostés el Espíritu Santo toma posesión del hombre rescatado; de ahí que la Liturgia de la Iglesia haya dado tanta importancia a este misterio. Por esa razón, el Rito Romano Tradicional celebra en los días que siguen a la fiesta de Pentecostés una Octava[3].

En la antigüedad cristiana, en esta fiesta -al igual que en la Pascua- los catecúmenos eran conducidos a las fuentes bautismales. El bautismo se administraba en la noche del sábado al domingo, y para los neófitos comenzaba esta fiesta con la ceremonia del bautismo. Como los que eran bautizados en Pascua, vestían túnicas blancas y las deponían el sábado siguiente, que se consideraba como el día octavo.

En la Edad Media se dio a la fiesta de Pentecostés el nombre de Pascua de las rosas. Su color rojo y su perfume recordaban las lenguas de fuego que descendieron en el Cenáculo, y los pétalos deshojados evocan a la la rosa divina que derramaba el amor y la plenitud de la gracia sobre la Iglesia naciente. Esto mismo es lo que nos recuerda la Liturgia al mantener el color rojo durante toda su octava[4].

Los textos de la liturgia romana que se extienden a lo largo de estos días prolongan el esplendor espiritual de la fiesta de Pentecostés como meditación del misterio del Espíritu Santo y desembocan en la solemnidad de la Santísima Trinidad[5].

*

La Virgen María que en el Cenáculo perseveró en la oración con los Apóstoles hasta la venida del Espíritu Santo nos haga conocer la necesidad que tenemos de este mismo Espíritu Santo como luz para conocer las culpas, vencer las pasiones y encender nuestros corazones en el amor de Dios.

«Oh Dios, que enseñaste en este día a los corazones de los fieles con la ilustración del Espíritu Santo: haz que, guiados por este mismo Espíritu, saboreemos la dulzura del bien, y gocemos siempre de sus divinos consuelos. Por nuestro Señor…. en la unidad del mismo Espíritu Santo…».[6]

__________________________

[1] San Pío X, Catecismo Mayor, “Instrucción sobre las fiestas…”, XI.

[2] Cfr. Prospero GUERANGER, El Año Litúrgico, Tomo III, Burgos, Editorial Aldecoa: 1956, págs. 98-102. Recordar los valores de la latinidad en la Iglesia nos ayuda, también, a valorar su desaparición como mucho más que una pérdida de identidad cultural: cfr. Romano AMERIO, Iota Unum, 38. 2-8. «La inmensa calamidad provocada por la Iglesia con el rechazo del latín y del gregoriano fue percibida y luctuosamente deplorada en un memorable discurso de Pablo VI (OR, 27 de noviembre de 1969). Sin embargo, la gravedad de la desgracia no pude prevalecer sobre las esperadas ventajas de la deslatinización, ni desligarla de la reforma, ni detenerla en su precipitada realización, ni siquiera moderar mediante la antigua sabiduría romana sus efectos más funestos y malhadados» (32. 8). Este lenguaje tan característico de Pablo VI quien, por un lado lamentaba aquello de lo que él mismo era en última instancia responsable es calificado por Amerio de “bustrofédico”.

[3] Las Octavas -ya conocidas en algunas de las más importantes festividades judías del Antiguo Testamento- son una prolongación de las fiestas cristianas durante ocho días. El número ocho es símbolo de la perfección total y de la salvación escatológica.

[4] Cfr. Prospero GUERANGER, ob. cit., págs. 532-533.

[5] La Octava de Pentecostés fue suprimida por el arbitrismo litúrgico posconciliar en el Misal reformado. El pretexto alegado fue resaltar más la unidad de la cincuentena pascual, aunque ignoramos cómo contribuye a ello la supresión de las peculiaridades litúrgicas de una Octava dedicada al Espíritu Santo con textos propios para cada día de la semana. El “arqueologismo” utilizado en otras ocasiones para justificar la introducción de novedades fue aquí olvidado para eliminar un valioso vestigio de la Liturgia primitiva.

[6] Misal Romano, ed. 1962, Domingo de Pentecostés, Oración colecta.

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