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9 mayo 2015 • Meditaciones en el mes de María (II)

Angel David Martín Rubio

Madre y Maestra espiritual

María Auxiliadora

María Auxiliadora

La verdadera devoción y elculto a la Madre de Cristo son inseparables del deseo de alcanzar la santidad, la perfección evangélica es inseparable del culto .

1. Los bautizados somos llamados a la santidad

«Sed santos porque yo vuestro Dios soy santo» (Lev 19, 2); «sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). En ese camino, la Virgen nos ayuda como Madre amorosa, nos protege como Patrona segura y nos acompaña a los que contemplamos su vida aquí en la tierra: llevando una vida oculta, entregada a la oración, meditando en su corazón las palabras del Señor, ejerciendo obras de caridad.

La llamada a la santidad de todos los cristianos es algo que la Iglesia ha proclamado desde sus inicios; no es un descubrimiento de ninguna mente privilegiada ni estaba reservado para nuestros días el llegar a comprenderlo. San Francisco de Sales (en los ss.XVI-XVII) la llamaba vida devota y decía que era error y herejía «el querer desterrar la vida devota de la compañía de los soldados, de las tiendas de los oficiales, de las cortes de los príncipes y de la familia de los casados» y continúa poniendo ejemplos de aquellos que han alcanzado la santidad en las más diversas circunstancias: «Abrahán, Isaac y Jacob, David, Job, Tobías, Sara, Rebeca y Judit dan fe en el Antiguo Testamento de esta verdad y en el Nuevo S.José, Lidia y S.Crispín fueron perfectamente devotos en sus tiendas; Sta.Ana, Sta.Marta y Sta.Priscila en sus familias; Cornelio, S.Sebastián y S.Mauricio en los ejércitos, Constantino, Elena, S.Luis y S.Eduardo, en sus tronos reales» (Tratado de la Verdadera Devoción, III)

2. En este particular empeño de luchar para ser santos hay que evitar dos errores

Creer que se trata de un objetivo demasiado difícil, para gente fuera de lo común. Es verdad que ningún ideal que valga la pena se hace sin sacrificio pero Dios no pide a nadie imposibles y es una verdad de fe definida (en el concilio de Trento) que quien pone todos los medios de su parte y pide con humildad a Dios lo que le falta, alcanzará las gracias necesarias para su salvación. De ahí el adagio: «Quien reza, se salva, quien no reza se condena».

Pero tampoco es cierto el extremo contrario: pensar que a los santos todo les fue fácil. Porque al final lo que es “para todos” no es “para nadie”. Hasta podemos llegar a creer que la propia Virgen María no hizo nada, que le bastó ser elegida por Dios para ser Madre de Jesús y colmada de gracias para cumplir esa misión.

Por el contrario, lo más alentador en el camino hacia la santidad es que todos los que la han alcanzado han tenido que luchar. Santa María también nos da una lección: fue una criatura que recibió dones maravillosos de Dios como ninguna otra criatura pero supo unir su esfuerzo a la obra grandiosa de la gracia produciéndose así un aumento constante de su plenitud de gracia.

3. En toda vida hay crecimiento

Esta ley también se cumple en la vida sobrenatural.

El Bautismo es el punto de partida… Los medios de nuestro crecimiento en gracia, el alimento que vigoriza nuestra alma son los sacramentos, el mérito de las obras buenas y del ejercicio de las virtudes, la oración y la comunión con los misterios de Jesucristo.

Pero, además, nosotros contamos con la ayuda insustituible de la misma Virgen María que coopera en nuestro crecimiento en la vida de la gracia.

  • Como Maestra, que, conservando en su corazón las palabras del Señor (cf. Lc 2, 19. 51), nos instruye con su ejemplo; porque siendo modelo de vida evangélica, aprendemos a amar a Dios, a contemplar su Palabra y a servir a los demás con diligencia.
  • Como Madre que, habiéndonos recibido como hijos junto a la cruz del Señor (cf. Jn 19, 25-27), nos ampara y nos ayuda con su poderosa intercesión.

*

Que nuestra vida en gracia esté dirigida por Santa María. A su protección nos acogemos para que siga guiando nuestros pasos. Que, en cada momento de nuestra vida, nos ayude a descubrir la voluntad de Dios que quiere nuestra santidad y pone a nuestro alcance los medios para alcanzarla: «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Tes 4, 3).

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