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11 Abril 2015 • "Dichosos los que han creído sin haber visto"

Angel David Martín Rubio

Fe y Bautismo

Matthias Stom: La incredulidad de Santo Tomás

Matthias Stom: La incredulidad de Santo Tomás

El primer domingo después del de Resurrección recibe diversos nombres:

  • Octava de Pascua, ya que con él se cierran los ocho días que prolongan la solemnidad de la fiesta de Pascua.
  • Domingo de “Quasimodo”, por las primeras palabras de la antífona de entrada: «Quasi modo geniti infantes, rationabiles, sine dolo lac concupiscite – Como niños recién nacidos, pero ya con uso de razón y sin falsía, ansiad la leche espiritual» (Cfr. 1Pe 2, 2).
  • Domingo “in albis”, y más explícitamente “in albis depositis”, porque en los primeros siglos de la Iglesia, en este día los recién bautizados se presentaban en el templo con los hábitos ordinarios, dejando las simbólicas vestiduras blancas que se les habían impuesto después de recibir el Bautismo.

Si el contexto litúrgico nos invita, pues, a recordar la condición bautismal de la Pascua, las lecturas de la Misa nos llevan a poner en relación Bautismo y Fe.

En la Epístola (Forma ordinaria: 1Jn 5, 1-6[1]; Forma extraordinaria: 1Jn 5, 4-10) el Apóstol San Juan resalta el mérito y la excelencia de la Fe como una exigencia bautismal y Cristo pronuncia su más encendido elogio en el Evangelio (Jn 20, 19-31): «dichosos los que han creído sin haber visto» (v. 29).

La Fe, junto con la Esperanza y la Caridad, es una virtud teologal

Llamamos virtud a «una cualidad del alma que da inclinación, facilidad y prontitud para conocer y obrar el bien». Y son teologales las que tienen a Dios por objeto inmediato y principal y Él mismo nos las infunde.

Las virtudes teologales tienen a Dios por objeto inmediato porque con la Fe creemos en Dios y creemos todo cuanto Él ha revelado; con la Esperanza esperamos poseer a Dios; con la Caridad amamos a Dios y en Él nos amamos a nosotros mismos y al prójimo.

Dios, por su bondad, nos infunde en el alma las virtudes teologales cuando nos hermosea con su gracia santificante, y por esta razón al recibir el Bautismo fuimos enriquecidos con estas virtudes y juntamente con los dones del Espíritu Santo. El Sacramento de la Confirmación nos confirma en la fe y perfecciona las otras virtudes y dones que hemos recibido en la santo Bautismo.

Para el que tiene uso de razón no basta haber recibido en el Bautismo las virtudes teologales, sino que es necesario el frecuente ejercicio de sus actos[2].

El texto de San Juan subraya la vinculación entre la fe y el Bautismo. «El mismo es el que vino a través de agua y de sangre: Jesucristo; no en el agua solamente, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es el que da testimonio, por cuanto el Espíritu es la verdad» (1Jn 5, 6). El agua y la sangre son dos pruebas exteriores para creer tanto en la realidad humana de Cristo cuanto en la divinidad de su Persona. En el bautismo que Él recibió de Juan, una voz celestial lo proclamó Hijo de Dios. Y con el otro bautismo de su sangre, Jesús dio en la Cruz el máximo testimonio de la verdad de todo cuanto afirmara[3].

Jesús dice a Santo Tomás: «Porque me has visto, has creído; dichosos los que han creído sin haber visto».

A pesar de que le habían abandonado y de las negaciones de Pedro, el único reproche que Jesús dirige a los suyos, es el de esa incredulidad altamente dolorosa para quien tantas pruebas les tenía dadas de su fidelidad y de su santidad divina.

Santo Tomás rehusó dar crédito al testimonio de las mujeres y de los demás Apóstoles acerca de la resurrección de Cristo. Al octavo día, Jesús se halló en medio de ellos y los saludó: «La paz sea con vosotros». Después dice a Tomás: «Trae acá tu dedo, mira mis manos, alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (v. 27). Tomás, renunciando a su lógica, se rindió a la evidencia y de sus labios salió el primer acto explícito de fe en la divinidad del Resucitado «¡Señor mío y Dios mío!». «Tomás, viendo y tocando al hombre, le confesaba Dios, a quien no veía ni tocaba. Pero por lo que veía y tocaba, depuesta toda duda, creía»[4].

«Si alguno dijera, ojalá hubiese vivido en aquellos tiempos, y hubiese visto al Señor haciendo milagros, que se acoja a esta palabra: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”»[5]. Veinte siglos después, los cristianos creemos que Jesucristo ha resucitado y que, con su cuerpo glorificado, nos acompaña sin limitación de tiempo ni de espacio. Esta convicción, que es el núcleo mismo de nuestra fe y la razón de nuestra esperanza, se enlaza necesariamente con el testimonio original que nos viene de los Apóstoles. La Fe de la Iglesia brota del testimonio de los Apóstoles, lo prolonga y lo continúa en el tiempo.

Desde el principio, los Apóstoles y otros muchos testigos oculares, como nos refiere San Lucas, atestiguan el hecho de haber visto y tratado a Cristo Jesús resucitado, hecho que les hizo pasar de una fe que se desvanecía, a una fe reavivada y contagiosa. Por la transmisión de aquel hecho con signos, milagros y palabras, surge la fe de los creyentes, la fe de las primeras comunidades. Desde entonces, toda la vida de la Iglesia en la Historia no es más que la actualización continua de ese testimonio y ahí está toda la fe católica[6].

*

Toda la liturgia de la Octava de Pascua tiene por finalidad confirmar en la Fe y exhortar a una vida del todo nueva y fervorosa.

En efecto, por el Bautismo el cristiano entra en comunión de Fe con la Iglesia, se adhiere perfectamente a Cristo, del que se convierte en miembro vivo, se compromete en su servicio. En estas fiestas pascuales, renovándonos en la gracia de nuestro bautismo, cada uno de nosotros debe vivir una nueva vida.

Para ser fieles a la vocación recibida, hagamos nuestra la oración de la Iglesia:

Haz, te rogamos, oh Dios omnipotente: que habiendo celebrado las fiestas de Pascua, continuemos, con tu gracia, realizando su ideal en nuestra vida y costumbres. Por nuestro Señor Jesucristo…[7].

__________________________

[1] Obsérvese la parcial coincidencia de ambas lecturas. En la liturgia reformada se ha prescindido de 1Jn 5, 7-8, el controvertido comma johanneum (entre corchetes) cuya autenticidad niegan algunos. «Porque tres son los que dan testimonio [en el cielo; el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra]: el Espíritu, y el agua, y la sangre; y los tres concuerdan». «Los arrianos omitieron en algunos códices este testimonio tan claro y expreso de la divinidad de Jesu-Christo, y de la Trinidad de las Personas divinas. Y así es que algunos herejes han querido impugnar la legitimidad de este texto, alegando algún códice en que falta: lo cual nada prueba contra la universal sentencia de los santos Padres y escritores de los primeros siglos de la Iglesia que o le citan con las mismas palabras, o se refieren claramente a ellas»: Félix TORRES AMAT, La Sagrada Biblia, nuevamente traducida al español e ilustrada con notas, in 1 Jn 5, 7. Los argumentos, a favor y en contra de la autenticidad, que –a juicio del autor- se inclinan más hacia esta última opción pueden verse en: Iohannes PRADO, Praelectionum Biblicarum Compendium, III, Madrid: Editorial Perpetuo Socorro, 1952, págs. 694-695.

[2] Cfr. Catecismo Mayor de San Pío X, V, cap, 1.

[3] Cfr. Mons. STRAUBINGER, La Santa Biblia, in 1 Jn 5, 6ss.

[4] San Agustín, in Ioannem, tract., 121

[5] San Juan Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86.

[6] José GUERRA CAMPOS, “Jesucristo es nuestra esperanza porque ha resucitado”, en La Esperanza del Evangelio, Madrid: Editorial Sol, 2009, pág. 68.

[7] Misal Romano, ed. 1962, Domingo “in albis”, Colecta.

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