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5 abril 2015 • "No está aquí. Ha resucitado"

Marcial Flavius - presbyter

Domingo de Resurrección: 5-abril-2015

Rito Romano Tradicional

Evangelio

Mc 16, 1-7: Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras:

– «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?»

Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo:

– «No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mitad el sitio donde lo pusieron.

Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.».

Reflexión

Anibale Carracci: Las santas mujeres

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En la Pascua se conmemora el misterio de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, es decir, la reunión de su alma santísima con el cuerpo, del cual se había separado por la muerte-y su nueva vida gloriosa e inmortal.

Con la palabra Resurrección significamos no solamente que Cristo triunfó de la muerte sino, sobre todo, que resucitó por su propia virtud y poder, cosa que solo de Él puede afirmarse porque es prodigio reservado al infinito poder divino.

1. Esta fiesta se celebra por la Iglesia con toda solemnidad y se continúa por toda la Octava y el tiempo litúrgico de Pascua que se prolonga hasta el Domingo de Pentecostés. Durante estas semanas, la Iglesia canta y proclama con frecuencia el Aleluya que quiere decir Alabad a Dios, y era el grito festivo del pueblo hebreo.

En este tiempo pascual resonará la gran noticia: Cristo, el que murió hace veinte siglos, ha resucitado. Está presente, sin límites de espacio ni de tiempo. Es nuestra luz, es nuestra esperanza. De ahí la excelencia de este misterio que es complemento de nuestra redención y es el fundamento de nuestra Religión (Cfr. Catecismo Mayor de San Pío X, 70-73).

Complemento de nuestra redención: porque Jesucristo, con su muerte, nos libró del pecado y nos reconcilió con Dios, y por su Resurrección nos abrió la entrada a la vida eterna.

Y fundamento de nuestra Religión porque el mismo Jesucristo nos la dio por principal argumento de su divinidad y de la verdad de nuestra fe.

«Por eso, la Iglesia, a través de los tiempos, da testimonio de una Resurrección inseparable del misterio de la Cruz. ¿Qué es para nosotros el misterio de la Cruz? Que el vencedor de la muerte, signo y prenda de nuestra victoria, esté con nosotros y, sin embargo, estemos todavía caminando entre sombras hacia la muerte.

Pero en Él vemos ya realizada nuestra esperanza. Él es el Hijo de Dios, que nos hace visible al Dios oculto y nos revela su amor. Él es el hermano, nacido de la Virgen María, que conduce nuestra vida humana hacia su plenitud feliz» (Guerra Campos, El Octavo día, 20). Es el Señor del mundo, cabeza de un cuerpo que crece incorporándonos como miembros. Según la palabra de la Escritura es «primogénito de entre los muertos» (Col 1, 18; Ap 1, 5).

2. Dos son los ejemplos que hemos de imitar en la Resurrección de Cristo:

Que, purificados de todo pecado, iniciemos una nueva vida en la que deben resplandecer la honestidad de costumbres, la pureza, la santidad, la modestia, la justicia, la caridad y la humildad.

El perseverar en esta nueva vida para que, con la ayuda de Dios, no nos separemos jamás del camino de la santidad que una vez emprendimos.

«Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él… Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor Nuestro» (cf. Rm 6, 9-11).

Las palabras de San Pablo no solamente proponen la resurrección de Cristo como ejemplar de la nuestra, sino afirman también que ella nos ofrece y concede la energía necesaria para resucitar y la fortaleza y alientos precisos para perseverar en la santidad, en la justicia y en la observancia de los mandamientos divinos. La Resurrección nos da gracia para conseguir la santidad y para caminar sirviendo a Dios piadosa y santamente en esta nueva vida a la que hemos resucitado.

Resucitemos realmente con Jesús, vivamos de su vida, vivamos según su espíritu, según sus enseñanzas… Una vida de hijos de Dios aquí en la tierra, para que Él nos haga participar de su vida gloriosa en el Cielo

«Oh Dios, que en este día, por tu Hijo Unigénito, nos franqueaste de nuevo las puertas de la Eternidad; ayúdanos a realizar los santos deseos que Tú mismo nos inspiras, previniéndonos con tu gracia». Así lo pedimos por intercesión de la Virgen Santísima, a quien la Iglesia felicita por la Resurrección de su Hijo (Reina del Cielo, alegraté…) y le pide: «Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre».

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