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31 marzo 2015 • En la familia se toman decisiones económicas cruciales para el desarrollo económico • Fuente: La Razón, 6-abril-2015

José Manuel Cansino Muñoz-Repiso

Familia y economía

La familia no sólo es el tema central del actual Sínodo de los Obispos. Es también, valga la perogrullada, un pilar social incuestionable sobre el que en las últimas décadas se descargan ríos de tertulias en el mundo Cristiano y no cristiano. La disputa a la concepción cristiana del concepto de familia por parte del pensamiento más cristofóbico que laicista, ocupa manuales de educación obligatoria y discursos políticamente correctos. Unos y otros serán la antesala no del respeto a las diferentes formas de familia, sino el bautismo laico como tal de casi cualquier suma aritmética de seres –a saber si sólo humanos- sin más criterio que el afectivo.

Pero este no es nuestro objetivo en esta tribuna sino analizar el papel que la familia recibe en la Economía. Una opinión –mi opinión- que me solicitó recientemente uno de los más influyentes ‘think thank’ confesionales de Andalucía, la Asociación Católica de Propagandistas.

El análisis de la familia desde la perspectiva económica no ocupa lugar alguno en el que de momento es el texto central del Sínodo de los Obispos. Esto es algo que no debe sorprendernos porque el económico no tiene por qué ser un punto de vista prioritario. Sin embargo en el análisis económico sorprende –y mucho- que la familia esté casi ausente en el análisis Microeconómico mientras que juega un papel fundamental en el Macroeconómico.
Mientras que las decisiones microeconómicas de consumo (o ahorro), de producción, de oferta de trabajo (o demanda de ocio) o de emprendimiento (o inversión) son analizadas científicamente desde un punto de vista individualista por la Microeconomía, cuando pasamos a las cifras agregadas de la ‘Macro’, el resultado cambia y mucho.

Aunque extramuros de los manuales de Microeconomía, la familia aparece explícitamente en la Contabilidad Nacional, esa de la que buena parte la sociedad fue consciente a finales del año pasado cuando se supo que pasaban a formar parte del PIB la prostitución y parte de las actividades delictivas. Efectivamente, en el Sistema Europeo de Cuentas de 2010, también en el anterior de 1995, las familias aparecen como un sector económico diferenciado como las Administraciones Públicas o las empresas financieras y no financieras.

El gasto en consumo de las familias (reparen en que no se contabiliza el gasto de los individuos) ascendió en 2013 -último dato disponible- a casi 600.000 millones de euros. Así las cosas, esto representó el 57 % del PIB español.
Pero además, las familias son parte importante de las decisiones de inversión pues no de otra forma se considera el gasto en vivienda que es un gasto de inversión pero realizado por las familias y no por las empresas.

La familia en la Economía recibe un trato no muy diferente al que recibe en el debate social cotidiano; despreciada por unos (como lo hace la Microeconomía) y subrayada por otros (como la Macroeconomía). Quizás este sea otro de los tantos ámbitos en los que el debate desprejuiciado -sin juicios a prioristicos- deba ceder protagonismo al sentido común. El sentido que reconoce un papel sociológicamente determinante a la familia en todas las civilizaciones de la Historia.

Aunque estemos en Semana Santa y, como en Navidad, aflore un sentimiento epidérmico y fugaz que indulta los grandes gastos de las cofradías con el argumento de la bolsa de Caridad que también manejan durante todo el año, la familia no debe recibir atención como realidad económica sólo por su papel de ‘red’ en las graves etapas de crisis. Objetivamente considerada, la familia es el seno donde se toman decisiones económicas cruciales para el desarrollo económico de cualquier Nación.

En la familia se decide quién y cuanto se trabaja en función no sólo de las necesidades económicas sino también de las atenciones educativas y afectivas que los hijos demandan. En la familia es donde se vive el ejemplo del emprendimiento o de la comodidad; la proclividad a asumir el riesgo de una subvención, a desarrollar la carrera en el servicio público o a vivir a la caza y captura de la paguita. En la familia se aprende en valor del esfuerzo o la cultura del mangazo. Todo ello, en una lectura microeconómica de las cosas acaba marcando el comportamiento de la oferta de trabajo, de la inversión o de la promoción profesional.

Son estos aspectos todos cotidianos e importantes que deberían ir de la mano de un mayor respeto a la familia en el sentido sociológico y central del término.

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