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9 Enero 2015 • Dios suscitó testigos en medio de la Iglesia mozárabe

Balbina Garcia de Polavieja

Los Mártires de Córdoba, ¿Santos o imprudentes?

En la Memoria Litúrgica de San Eulogio de Córdoba reproducimos este artículo publicado por Historia en Libertad el 6 de enero de 2012

Martirio de San Eulogio

Entrado el siglo IX, la Córdoba de los Omeyas, famosa por su magnificencia, presenta una sociedad en la que la convivencia entre musulmanes y mozárabes cada vez resulta más difícil. La llegada del islam a la península ha supuesto un choque en la vida de sus antiguos pobladores, y aunque algunos de ellos se sienten agradecidos de conservar la vida, lo cierto es que la falta de libertad y la dificultad de llevar una vida cristiana son cada vez más patentes. Se quejaba Álvaro de Córdoba en el Indículo luminoso, ante aquellos cristianos que no eran conscientes de la situación, “¿habrá todavía alguno tan envuelto por las nubes del error que niegue que estamos en tiempos de persecución? ¿Pues, qué mayor persecución puede haber cuando ya no se atreve a publicar la boca lo que cree racionalmente el corazón?”.

Hoy se suele considerar un signo de tolerancia por parte de los musulmanes invasores el hecho de que consintieran que la población cristiana de Al-Ándalus conservara su fe, eso sí, sin manifestarla: pero para los mozárabes que experimentaban el peso de una legislación totalmente desfavorable, la tolerancia no era más que un engaño, un intento de hacer desaparecer su fe católica sin necesidad de ir frontalmente contra ella.

Ante esta situación aparece un fenómeno asombroso, sólo comprensible para aquellos que ven en la confesión de la fe una exigencia necesaria del Evangelio: Dios suscita en medio de la Iglesia mozárabe, cada vez más acobardada y debilitada, testigos que se niegan a sufrir pasivamente el desprecio hacia la verdadera religión revelada por Dios y hacia los cristianos, un desprecio sufrido cotidianamente, manifestado en obligaciones como tener que saludar reverentes a todo musulmán con el que se cruzasen por la calle, ceder el asiento si estaban sentados, no montar a caballo, pagar impuestos extraordinarios, como el juruch y la chizia, prohibición de tener una espada… Dificultades externas que no eran, sin embargo, las más dolorosas, comparadas con la pena de no poder reconocer a Cristo como Dios públicamente ni manifestarse como cristianos, bajo la amenaza de sufrir duros castigos.

Entre los miembros de la Iglesia sufriente, algunos ven claramente la llamada de Jesucristo a dar la vida por Él voluntariamente y son alentados por obispos como san Eulogio y por otros cristianos relevantes en su tiempo como san Álvaro que, conscientes de que está en juego la salvación de muchas almas, estimulan con sus palabras y su oración la iniciativa, siempre dejando claro que el martirio al que los fieles aspiran no puede ser fruto de una decisión propia sino que se trata en todo caso de una especial vocación que tiene que venir de Dios.

El primer mártir de Córdoba es el presbítero Perfecto, decapitado en el año 850 por orden del cadí, después de haber sido interrogado sobre su opinión acerca de Mahoma y el islam. La mecha encendida arde imparable gracias a su ejemplo, y en apenas diez años son cuarenta y seis los cristianos que mueren por la confesión de su fe. Cada uno alcanza la palma del martirio por diferente camino, bien acudiendo personalmente ante el cadí con el deseo de anunciarle el Evangelio, como los monjes Isaac, Pedro Walabonso, Sabiniano… bien llevando la cabeza descubierta para ir a la iglesia, como en el caso de Natalia y Liliosa. Pero todos tienen en común que fácilmente pudieron librarse de este final, apostatando como habían hecho muchos de sus hermanos, o simplemente viviendo discretamente su fe sin hablar de Cristo ante los musulmanes, y sin embargo no lo hicieron.

Llama la atención y en cierto sentido estremece saber que entre estos mártires cordobeses había todo tipo de personas: hombres y mujeres, presbíteros –Perfecto-, monjes –Isaac, Siseardo, Habencio-, monjas –digna, Columba-, jóvenes doncellas –Flora y María-, e incluso dos matrimonios que se prepararon juntos para el martirio, Aurelio y Natalia, y Félix y Liliosa. La llamada era universal y todos se sentían responsables de la transmisión de la fe, sin pensar que ésta fuera tarea exclusiva de las personas especialmente consagradas. Al sufrimiento e la persecución se une otro no menos doloroso: la incomprensión por parte de algunos obispos como Recafredo, dispuestos a contemporizar con los musulmanes, y por una parte del clero seducido por la prosperidad del reinado de Abderrahmán. Llegan incluso a despreciar a los que habían muerto por Cristo, llamándolos locos y herejes ante el cadí en el intento de apagar su ira. Según ellos, los cristianos que se presentaban ante los jefes musulmanes con palabras como las del monje Isaac –“abrasado de amor por la verdad he querido decírtela a ti y a los que te rodean. Si por ello me condenas a muerte, no me importa. La recibiré de buena gana”- sólo podían recibir el nombre de temerarios e irresponsables.

En defensa de los mártires escriben incansables san Eulogio y san Álvaro. El primero afirma en su Memorial de los santos que “deben contarse entre las primeras dignidades del reino de los cielos éstos que vinieron a la pasión sin ser forzados, porque es mayor heroísmo el presentarse a los tormentos cuando no hay culpa en retraerse, pero en verdad es forzoso confesar que hay crimen en ocultarse cuando la confesión de nuestra fe exige la predicación“. Gracias a ellos, el culto a los mártires fue permitido en el concilio de Córdoba de 852, a pesar de que en un primer momento los obispos, elegidos directamente por los infieles –el concilio fue convocado por el sultán- habían propuesto un documento que los anatematizaba. Los dos corroboraron sus palabras dando su vida por Cristo en 859 y 861 respectivamente.

Los mártires cordobeses del siglo IX son un ejemplo para los cristianos de todos los tiempos, y una llamada de atención para nosotros, que en un mundo hostil a la Iglesia podríamos llegar a pensar que debemos su supervivencia a la tolerancia de sus enemigos y no a la gracia del Redentor, lo que nos haría abandonar el mandato de Cristo de “hacer discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”, y caeríamos en el mismo error de los que en la Córdoba de Abderrahmán consideraron provocación y escándalo cualquier intento de proclamar la Verdad.

Por otra parte, esta página de nuestra historia, como muchas otras, nos mueve a una profunda gratitud. ¿Cuánta sangre ha tenido que ser derramada para que la fe en Jesús haya llegado hasta nosotros? Si el Señor nos pidiera en algún momento dar la vida por Él, ojalá fuéramos capaces de decir, con los mártires cordobeses: “Dios lo hará”, para que cuando Él vuelva, todavía encuentre fe sobre la Tierra.

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