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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (1Cor 1, 4-8)
4Doy gracias a mi Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; 5pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; 6porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, 7de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. 8Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo.
Evangelio (Mt 9, 1-8)
1Subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. 2En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados». 3Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema». 4Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? 5¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? 6Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”». 7Se puso en pie y se fue a su casa. 8Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: Hombre paralítico bajado a Cristo (c.1886-1894), Museo de Brooklyn, Nueva York
Reflexión
I. El milagro que nos narra el Evangelio de este Domingo (Mt 9, 1-8) ocurre en Cafarnaúm, ciudad que al final del primer año de la vida pública de Jesús, se había convertido en su morada habitual y en el centro de sus viajes apostólicos en Galilea.
La narración de san Mateo es breve pero san Marcos y san Lucas añaden detalles muy precisos. En particular, la forma en que presentaron aquel paralítico a Jesús: «Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico» (Mc 2, 2-4). Movido por la fe y la audacia de estos hombres y por la humildad del paralítico, Jesús no solo realizó la curación de su enfermedad sino que le otorgó el perdón de los pecados, revelando así su divinidad porque con razón decían los circunstantes: «¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?» (Mc 2, 7).
El paralítico representa, de algún modo, a todo hombre al que sus pecados o su ignorancia impiden llegar hasta Dios. En los amigos que le llevan hasta el Señor al incapacitado vemos un ejemplo vivo de que el Señor está siempre dispuesto a escucharnos y a darnos en cada situación aquello que necesitamos. Su bondad supera siempre nuestros cálculos; pero quiere nuestra correspondencia personal, nuestro deseo de crecer en la vida interior, que no pactemos con los defectos o los errores, y que pongamos esfuerzo para superarlos.
Tenemos por tanto que hacer un continuo ejercicio para mejorar en nuestras disposiciones interiores mediante la conversión del corazón a Dios y las obras de penitencia, que preparan nuestra alma para recibir las gracias que el Señor quiere darnos como nos recuerda el Apóstol en la Epístola (1Cor 1, 4-8): «Doy gracias a mi Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en Él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia». Estas expresiones nos recuerdan ese doble movimiento que tantas veces aparece en la Escritura, en los Padres de la Iglesia y en la Liturgia «Dios ha bajado, y el hombre ha subido; el Verbo (la palabra) se hizo carne para levantar al hombre y llevarlo a la diestra de Dios» (san Ambrosio). En la Palabra de Dios y el conocimiento sobrenatural que ella nos trae, ve san Pablo esas riquezas que nos fueron ganadas por la obra redentora de Cristo[1].
II. Volviendo a la curación del paralítico, este milagro nos enseña que no basta la buena voluntad, las buenas palabras. «Entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”. Se puso en pie y se fue a su casa».
Nuestra vida espiritual debe reunir estas mismas condiciones: no faltará la gracia de Dios si nosotros somos fieles colaboradores a ella. Debemos levantarnos, resueltos, tomar nuestra camilla, hacer penitencia, evitar las ocasiones de pecado, buscar en el recogimiento y oración el favor de Dios y el sosiego de nuestro espíritu[2].
Es necesario por tanto el cumplimiento de la voluntad de Dios aunque resulte costoso. ¿Y cómo podemos conocerla para después seguirla?
Además, el cristiano debe poner en práctica los deberes del propio estado y los consejos evangélicos[3].
III. Poner en práctica aquello que Dios nos pide es la prueba del verdadero amor a Dios y al prójimo que se alimenta en la oración, en los sacramentos y en la lucha constante por superar nuestros pecados. Al recibir al Señor en la Eucaristía, le pedimos que –como la Virgen María- hagamos de nuestra vida un continuo sí, en obediencia a su voluntad y a su divina Ley.
[1] Cfr. Juan STRAUBINGER, La santa Biblia, in: 1Cor 1, 5.
[2] Cfr. Isidro GOMÁ Y TOMÁS, El Evangelio explicado, vol. 2, Barcelona: Rafael Casulleras, 1940, 103.
[3] Cfr. CEC nº 915
[4] Cfr. SAN PÍO X, Catecismo Mayor, III, 5.