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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
A los fieles que visiten devotamente el cementerio u oren solo mentalmente por los difuntos se les concede la indulgencia plenaria (aplicable solamente a las almas del purgatorio) en cada uno de los días del 1 al 8 de noviembre, e indulgencia parcial en los demás días del año.
En el día de la conmemoración de los fieles difuntos (o, con el consentimiento del Ordinario, en el domingo anterior o posterior, o en la solemnidad de Todos los Santos), en todas las iglesias y oratorios se puede lucrar de indulgencia plenaria.
1ª Misa
EPÍSTOLA (1Cor 15, 51-57): Mirad, os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la última trompeta; porque sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es preciso que esto que es corruptible se vista de incorrupción, y que esto que es mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?». El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!
EVANGELIO (Jn 5, 25-29): En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.
2ª Misa
2 Mac 12, 43-46: [42: Por su parte, el noble Judas arengó a la tropa a conservarse sin pecado, después de ver con sus propios ojos las consecuencias de los pecados de los que habían caído en la batalla.] Luego recogió dos mil dracmas de plata entre sus hombres y las envió a Jerusalén para que ofreciesen un sacrificio de expiación. Obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección. Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos. Pero, considerando que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio, la idea era piadosa y santa. Por eso, encargó un sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran liberados del pecado.
Jn 6, 37-40: Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día»
3ª Misa
Ap 14, 13: Oí una voz del cielo, que decía: «Escribe: ¡Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor! Sí —dice el Espíritu—, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan».
Jn 6, 51-55: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida
Reflexión
I. La Liturgia de este día nos reúne hoy ante el altar para proclamar la victoria de la caridad sobre las barreras de la muerte.
Ayer la Iglesia triunfante levantaba sus ojos al Cielo; hoy, con idéntica fe, la Iglesia militante inclina su mirada hacia el Purgatorio para socorrer a aquellos hijos suyos que ya han partido de este mundo.
La muerte ha separado sus almas de sus cuerpos, pero el lazo del amor cristiano es más fuerte que la tumba. Nos unimos, por tanto, en el santo sacrificio de la Misa para ofrecerles el mayor acto de piedad y consuelo que podemos brindar a quienes amamos: nuestra oración viva y nuestros sufragios.
II.1: ¿Aprovecha a los difuntos la sepultura de su cuerpo? Ante la muerte de un ser querido, surge de forma natural la preocupación por las honras fúnebres, la calidad de la sepultura y la solemnidad del entierro. Debemos ser conscientes de que todo esto constituye, en realidad, un consuelo para los vivos, pues cumplir con estos deberes de piedad reafirma nuestra fe en la resurrección de la carne.
Si hasta los que no creen en la resurrección cuidan a sus muertos por un sentimiento natural por el que nadie odia su propia carne, ¿cuánto más debemos hacerlo nosotros? Para el cristiano, las honras fúnebres rendidas a un cuerpo que ha de resucitar y vivir eternamente son un testimonio espléndido de la propia fe.
Además, esto nos deja una saludable lección: si Dios no deja caer en el vacío las delicadezas derrochadas con los miembros ya sin vida de los hombres, ¡cuánto mayor será la recompensa que nos aguarda por las limosnas y obras de caridad ofrecidas a quienes hoy tienen vida!
Los cuidados externos honran la memoria terrenal, pero el verdadero alivio del alma requiere un auxilio de una naturaleza mucho más profunda.
II.2: La oración de la Iglesia por los difuntos. Por tanto, habiendo comprendido que el cuerpo inerte recibe el sepelio como un testimonio de fe y no como un salvoconducto de salvación, debemos elevar la mirada hacia la realidad espiritual.
La costumbre de ofrecer sacrificios por los difuntos es una tradición de raíces profundas. Ya desde el Antiguo Testamento, en los libros de los Macabeos, leemos cómo se ofrecían sacrificios por los que habían muerto en la batalla (2 Mac 12, 43-46).
Y ahora la santa Iglesia, cada día, y de un modo solemne en esta jornada, ofrece al Señor nuestro Dios oraciones sobre el altar, teniendo un momento especial y sagrado para la conmemoración de los difuntos cada vez que un sacerdote celebra la santa Misa.
Sin embargo, debemos comprender cómo actúa este auxilio espiritual. Para que estas oraciones aprovechen a alguien después de su muerte, es absolutamente necesario que haya adquirido el mérito durante su vida. Hay que ejercitarse aquí abajo, mientras vivimos en este mundo, con un género de vida que nos capacite para ser socorridos más tarde.
De este modo, según la forma de vida que cada uno ha llevado por medio de su cuerpo, le aprovecharán o no los sufragios que se ofrecen piadosamente por él.
Si no se ha adquirido la capacidad de ser ayudado en esta vida, es inútil buscarla después, porque el Señor dará a cada uno según sus obras. Con esta certeza, sabemos que ni la Iglesia ni la piedad de los fieles derrochan en vano lo que les inspira el celo de la religión; nuestras oraciones tienen un destino real y efectivo al derramarse sobre las almas necesitadas del Purgatorio.
II.3: Es conveniente rezar por todos los difuntos. Una vez resueltas estas cuestiones principales, debemos estar firmemente convencidos de una verdad: las súplicas solemnes hechas en los sacrificios del altar, las oraciones y las limosnas llegan verdaderamente a los difuntos por quienes ejercitamos la piedad. Sin embargo, como hemos visto, no aprovechan a todos por igual, sino tan sólo a los que en vida hicieron méritos para poder aprovecharlos.
Aquí nace una pregunta fundamental: si no aprovechan a todos, ¿por quiénes debemos rezar? Dado que nosotros no podemos discernir el estado secreto de los corazones ni saber quiénes son los elegidos, es conveniente hacer estos sufragios por todos los bautizados, sin excepción. De este modo, nos aseguramos de que no sea olvidado ninguno de aquellos a los que puedan y deban llegar esos beneficios.
Es un misterio de comunión donde ninguna oración se pierde: si el alma por la que rezamos ya no la necesita, la bondad divina la encauzará hacia otra alma desamparada, haciendo que el amor fraterno sobreabunde siempre en la Iglesia.
IV. Os exhorto, por tanto, a no fundar el consuelo por vuestros seres queridos en la suntuosidad perecedera de las tumbas, sino en la caridad perseverante del altar. Multipliquemos las oraciones, las limosnas y la participación en la Santa Misa por las almas del Purgatorio.
No permitamos que ningún bautizado quede en el olvido. Seamos generosos con ellos hoy, ofreciendo el refrigerio de nuestros sufragios para apresurar su entrada en la patria celestial.
De esta manera, al ejercitar esta santa piedad, estaremos sembrando nuestro propio auxilio futuro; pues aquellos a quienes hoy abramos las puertas del Cielo serán los mismos que, mañana, intercederán con poder ante el Juez Supremo por nuestra propia salvación.
Basado en: SAN AGUSTÍN, La piedad con los difuntos: https://www.augustinus.it/spagnolo/cura_morti/cura_morti.htm