Widgetized Section

Go to Admin » Appearance » Widgets » and move Gabfire Widget: Social into that MastheadOverlay zone

21 junio 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

IV Domingo después de Pentecostés: 21-junio-2026

Epístola (Rm 8, 18-23)

18Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. 19Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; 20en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza 21de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. 22Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. 23Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

Evangelio (Lc 5, 1-11)

1Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Genesaret, 2vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. 3Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. 4Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». 5Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». 6Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. 7Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. 8Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». 9Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; 10y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». 11Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. El Evangelio del IV Domingo después de Pentecostés (Lc 5, 1-11) presenta la llamada de los primeros discípulos (en concreto, se nombra a Pedro, Santiago y Juan), precedida por la enseñanza de Jesús a la multitud y por una pesca milagrosa realizada por voluntad del Señor.

Mientras la muchedumbre se agolpa en la orilla del lago de Genesaret para escucharle, Él ve a Simón desanimado por no haber pescado nada durante toda la noche. A partir de ahí, se da una sucesión de acontecimientos[1]:

  • En primer lugar, le pregunta si puede apartar un poco la barca de la orilla para predicar a la gente desde allí.
  • Terminada la predicación, le pide que se dirija mar adentro con sus compañeros y que eche las redes (cf. v. 5).
  • Simón obedece y pescan una gran cantidad de peces. En ese momento, san Pedro es particularmente consciente de su propia indignidad: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador» (v. 8). «Y Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres» (v. 10).

Encontramos expresiones semejantes en el caso de los profetas del Antiguo Testamento («¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros […]»: Is 6, 5) o en las palabras del profeta Jeremías, en las que aflora el duro combate interior entre la certeza de haber recibido la vocación divina y una crisis que conmueve los fundamentos de la fe. Esto ocurre cuando, después de un arduo trabajo, parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso: «Oía la acusación de la gente: / “Pavor-en-torno”, / delatadlo, vamos a delatarlo. / Mis amigos acechaban mi traspié: / “A ver si, engañado, lo sometemos / y podemos vengarnos de él”» (Jer 20, 10)[2].

Mons. Straubinger, comentando estos oráculos, dice: «Todo este pasaje es un cuadro elocuentísimo del martirio que significa el apostolado. San Pablo nos lo muestra con no menor crudeza en 1 Cor 4, 9 ss.; 2 Cor 6, 4 ss.; 1 Tes 2, 9»[3]. El mismo Apóstol, recordando que había sido perseguidor de la Iglesia, reconoce que la gracia de Dios ha hecho en él maravillas y, a pesar de sus limitaciones, le ha encomendado la tarea y el honor de predicar el Evangelio (1 Cor 15, 1-11).

En la Epístola (Rm 8, 18-23), san Pablo nos explica que esta vocación se vive en dos tiempos: aquí, bajo la adopción bautismal; en el cielo, por su consumación definitiva en la gloria. Por eso habla de «primicias del Espíritu» (v. 23), es decir, de que tenemos ya al Espíritu Santo, pero no poseemos todavía todo lo que esa posesión nos garantiza. Dicho de otra manera, «hemos sido salvados en esperanza» (v. 24), pues la plenitud de esa salvación aparecerá solo más tarde; de momento, debemos mantener una espera paciente y constante. San Pablo sostiene que no hay en este mundo sufrimiento alguno que merezca compararse con la gloria que nos espera: «Creemos y esperamos una gloria sin fin, igual a la de Aquel que, por conquistarla para su Humanidad santísima y para nosotros, no obstante ser el Unigénito de Dios, sufrió en la vida, en la pasión y en la cruz más que todos los hombres»[4].

II. Por eso, tanto la palabra de Jesús en el Evangelio («no temas») como esta consideración de san Pablo son una exhortación a vivir la fortaleza en la vida cristiana, a afrontar y superar las dificultades que inevitablemente van a aparecer, poniendo toda nuestra confianza en Dios. El Señor nos pide oponerles una fortaleza que se fundamenta en nuestra condición de hijos de Dios.

La palabra fortaleza puede tomarse en dos sentidos principales[5]:

  • Firmeza de ánimo: Significa, en general, cierta firmeza de espíritu o energía de carácter. En este sentido, es una condición general que acompaña a toda virtud, la cual, para ser verdaderamente tal, ha de ser practicada con entereza. Por eso podemos decir que nuestra vida cristiana tiene que adquirir un tono heroico, fuera de lo común.
  • Virtud especial: Designa la virtud cardinal específica que lleva ese mismo nombre. En este segundo sentido, puede definirse como una virtud cardinal, infundida con la gracia santificante, que nos hace animosos para no temer ningún peligro, ni la misma muerte, por el servicio de Dios.

La fortaleza es una de las cuatro virtudes cardinales, junto con la prudencia, la justicia y la templanza. Reciben este nombre porque son el quicio y fundamento de las demás virtudes. Estas virtudes son sobrenaturales porque se reciben con la gracia y nos ordenan al fin sobrenatural.

Nosotros debemos vivir la fortaleza. En determinados momentos de nuestro caminar, podrán ser grandes las tribulaciones que padezcamos, y el Señor nos dará entonces las gracias necesarias para sobrellevarlas y crecer en la vida interior. De ordinario, sin embargo, será en lo pequeño donde manifestaremos la fortaleza y la valentía propia de un cristiano, poniendo los medios específicos para fomentar esta virtud:

  • Cumplimiento exacto del deber: Acostumbrarnos a su realización a pesar de todas las dificultades.
  • Conformidad con la voluntad de Dios: Fomentar la aceptación de la voluntad amorosísima de Dios, que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, aun en momentos de tribulación y dolor, pidiéndole que nos dé fuerzas para sobrellevar las cruces de la vida. Si nos quejamos de lo pequeño, ¿cómo vamos a llegar a lo grande?
  • Mortificación diaria: Practicar sacrificios voluntarios en esos mil detalles de la vida cotidiana.
  • Frecuencia sacramental: Buscar en la Eucaristía, pan de los fuertes, la fortaleza para nuestra alma.

III. En el Bautismo, Dios nos ha llamado a seguirle, como a los Apóstoles que hoy nos presenta el Evangelio. Podemos examinar cómo estamos correspondiendo a esa llamada, y si hay cosas en nuestra vida que nos impiden renovar cada día una respuesta rápida y generosa.

Recordando la fidelidad y fortaleza de la Virgen María junto a la Cruz de Jesús, le pedimos a Ella que nos ayude a permanecer unidos al Señor en todo momento, con la confianza que nos da el saber que somos hijos de Dios.


[1] Cfr. Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 2, Evangelios, Salamanca: BAC, 1964, 797-798.

[2] FACULTAD DE TEOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE NAVARRA, Sagrada Biblia. Comentario, Pamplona: EUNSA, 2010, in loc. cit.

[3] La Santa Biblia, in: Jer 20, 14.

[4] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Rm 8, 18.

[5] Cfr. Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 1: Moral fundamental y especial, Madrid: BAC, 1996, 426-435.