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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Eclo 24, 23-31; Vg)
Yo, como una viña, di aroma fragante, mis flores y mis frutos son bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor noble, del temor, del conocimiento, de la santa esperanza.
Yo tengo la gracia del camino y de la verdad, en mí está la esperanza de la vida y de la virtud. Venid a mí los que me amáis, saciaos de mis frutos.
Mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad mejor que los panales. Mi recuerdo durará por los siglos.
El que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed; el que me escucha no se avergonzará, el que trabaja conmigo no pecará. Los que me explican tendrán la vida eterna.
Evangelio (Lc 1, 26-38)
26En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 27a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo [Bendita tú entre las mujeres = Vg]». 29Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. 30El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. 31Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. 32Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». 34Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». 35El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. 36También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, 37porque para Dios nada hay imposible». 38María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.

El nacimiento de la Virgen (Murillo)
Reflexión
El 12 de septiembre se celebra la fiesta del Santo Nombre de María. «El nombre de la Virgen era María» (Lc 1, 27), nos dice san Lucas.
Muchas veces, en la Sagrada Escritura el nombre expresa la personalidad del que lo lleva, de la misión que Dios le encomienda al nacer, la razón de ser de su vida. Por eso un ángel revela a san José el nombre que le ha de imponer al Hijo de Dios: «Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).
Si los nombres de los personajes bíblicos están vinculados a la obra de nuestra redención y llenos de significado, el de María tenía que ser representativo de su vocación como Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Los padres y autores espirituales han propuesto diversas etimologías asociadas al nombre de María:
«Como vid lozana retoñé, | y mis flores son frutos bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, | del conocimiento y de la santa esperanza, | me doy a todos mis hijos, | escogidos por él desde la eternidad» (Epístola de la Misa vv. 17-18). A lo largo de los siglos todos los cristianos han invocado el nombre de María con respeto, confianza y amor… El más dulce y suave, y, al mismo tiempo, el más bello de cuantos nombres se han pronunciado en la tierra después del de Jesús. Sólo para los nombres de María y Jesús ha establecido la liturgia una fiesta especial en su calendario.
España se anticipó en solicitar y obtener de la Santa Sede la celebración de la fiesta del Dulce Nombre de María, inseparable de nuestra historia: de Covadonga a Lepanto o en la “Santa María”, la carabela de Colón. El Papa Inocencio XI extiende a toda la Iglesia la festividad del dulce y santísimo nombre de María para conmemorar el triunfo de las tropas cristianas en el asedio de Viena por los turcos el 12 de septiembre de 1663.
Recordemos las palabras pronunciadas por la Virgen con ocasión de la Visitación a Santa Isabel: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 48). La Teología concede un gran valor a las profecías a la hora de proceder a la demostración de los fundamentos racionales de la fe católica. Veinte siglos después, al comprobar el exacto cumplimiento de este vaticinio, tenemos que reconocer que las palabras de la Virgen quizás sean una de las profecías con mayor valor apologético de toda la Sagrada Escritura.
«Desde ahora me felicitarán todas las generaciones»: ¡Que gran verdad se esconde detrás de esa frase que nadie se hubiera atrevido a poner por escrito si no hubiera sido pronunciada por una mujer que vivía en una aldea de Galilea en el siglo primero. Una mujer que es la Madre de Dios y Madre nuestra.