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25 enero 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

III Domingo después de Epifanía: 25-enero-2026

Epístola (Rom 12, 16-21)

16 […] No os tengáis por sabios. 17A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente. 18En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. 19No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia, pues está escrito: Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice el Señor. 20Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: actuando así amontonarás ascuas sobre su cabeza. 21No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien.

Evangelio (Mt 8, 1-13)

1Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. 2En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». 3Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida quedó limpio de la lepra. 4Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 5Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: 6«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». 7Le contestó: «Voy yo a curarlo». 8Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. 9Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». 10Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. 11Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». 13Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.

Paolo Veronese: Curación del siervo del centurión

Reflexión

I. Después del Sermón de la Montaña, relata san Mateo varios milagros entre los que se encuentran los dos que leemos en el Evangelio de este III Domingo después de Epifanía: la curación de un leproso y la del siervo del Centurión (Mt 8, 1-13).

El evangelista termina esta serie de milagros con un resumen general: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9, 35). Es decir, predicaba el evangelio del reino y acreditaba su llegada mediante esos signos.

La palabra Evangelio significa buena nueva o buena noticia; por eso proclamar el Evangelio del reino equivale a dar la buena noticia de la llegada del Reino de Dios anunciado desde hacía siglos como se lee en las Sagradas Escrituras. La expresión reino de los cielos o reino de Dios nos indica que, en Jesucristo el Dios con nosotros (Mt 1, 23), Dios se ha hecho cercano, que ya reina en medio de nosotros, como lo demuestran los milagros y las curaciones que realiza.

Esta presencia de Dios en medio del mundo supone una llamada por su parte que se dirige hacia el hombre y que provoca la respuesta del que la recibe. Por eso hoy se nos proponen dos modelos: la confianza del leproso («Señor, si quieres, puedes limpiarme») y la fe del centurión que merece el elogio de Jesús: «Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe».

II. A esa llamada de Dios que provoca en el hombre una respuesta de fe que se traduce en el comportamiento y en la propia vida podemos llamarla vocación.

El día de nuestro Bautismo tomando nuestro nombre de Cristo, empezamos a ser cristianos y recibimos una vocación sobrenatural: «Dios, por una gracia particular, nos ha llamado a la Iglesia de Jesucristo, para que con la luz de la fe y la observancia de la divina ley le demos el debido culto y lleguemos a la vida eterna»[1].

El origen primario y el fundamento dogmático de toda vocación humana o sobrenatural, se encuentra en dos hechos[2]:

  • La finalidad de la creación. Es un hecho que Dios ha creado todas las cosas, sacándolas de la nada y que no abandona jamás a estos seres que dependen de Él en cuanto a su existir. Ahora bien, Dios es el Agente intelectual por excelencia y la filosofía más elemental nos enseña que todo agente intelectual obra por un fin por tanto podemos preguntarnos cuál es el fin intentado por Dios con la creación. Las criaturas no pueden proporcionarle a Dios ningún bien intrínseco a la divinidad (ya que Dios es el bien infinito y por consiguiente nada pueden añadirle intrínsecamente las criaturas), por tanto hay que concluir que los seres creados están destinados por su propia naturaleza a la gloria externa de Dios, o sea, a retornar a Él por vía de conocimiento, de amor y de servicio. La vocación a la divina glorificación (fin primario) se relaciona estrechamente con la vocación a la propia felicidad (fin secundario) que es la íntima e infinita ganancia que Dios nos ofrece al llamarnos.
  • La providencia de Dios. Es un dogma de fe que todas las cosas creadas están sometidas a la divina providencia; y no sólo en general, sino cada una de ellas en particular. Por tanto también lo está algo tan trascendente como la vocación de cada persona, es decir el estado o modo de vida en que habrán de realizar en este mundo la voluntad concreta y particularísima de Dios sobre ella. Sin duda ninguna, Dios tiene trazado desde toda la eternidad un determinado plan sobre cada uno de nosotros, y nos ha designado a cada uno, en el conjunto de la creación, un determinado puesto y una determinada misión, un estado de vida (matrimonio, sacerdote, vida consagrada…) Todos deben mantenerse a la escucha para captar ese mensaje.

Por eso, en la tercera petición del Padrenuestro («Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo»), pedimos la gracia de hacer en todas las cosas la voluntad de Dios, obedeciendo sus santos mandamientos con la misma prontitud y diligencia con que los ángeles y santos le obedecen en el cielo. Pedimos además la gracia de corresponder a las divinas inspiraciones y de vivir conformes con la voluntad de Dios en todas las circunstancias[3]. Y esto se refiere tanto a la elección de estado como a «enmendar y reformar la propia vida y estado de cada uno […] entregando su propio ser, tipo de vida y estado a la gloria y alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de su propia alma»[4].

III. Los milagros de Jesús dan testimonio de que el Reino de los Cielos ha llegado, es decir, que Dios se ha hecho presente en nuestra vida por el Bautismo que nos hace hijos suyos y miembros de la Iglesia. Con la intercesión de la Virgen María, hagamos el propósito de responder a esa vocación, de ser fieles cada día hasta llegar a nuestro encuentro definitivo con Dios que nos ha creado para ser felices junto a Él por toda la eternidad.


[1] Catecismo Mayor, nº 147.

[2] Cfr. Antonio ROYO MARÍN, ROYO MARÍN, La vocación religiosa, 1968, 147-152.

[3] Cfr. Catecismo Mayor, nº 298.

[4] SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales, nº 189.