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5 julio 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

VI Domingo después de Pentecostés: 5-julio-2026

Epístola (Rom 6, 3-11)

3¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? 4Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. 5Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; 6sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; 7porque quien muere ha quedado libre del pecado. 8Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. 10Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios. 11Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Evangelio (Mc 8, 1-9)

1Por aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: 2«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, 3y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos». 4Le replicaron sus discípulos: «¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?». 5Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete». 6Mandó que la gente se sentara en el suelo y tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. 7Tenían también unos cuantos peces; y Jesús pronunció sobre ellos la bendición, y mandó que los sirvieran también. 8La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; 9eran unos cuatro mil y los despidió; 

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT, El milagro de los panes y los peces (c. 1886-94), Brooklyn Museum

Reflexión

I. El signo del desierto y la figura de la Eucaristía. Por segunda vez en el año litúrgico, el santo Evangelio del VI Domingo después de Pentecostés propone a nuestra consideración el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, en este caso en el relato de san Marcos (8, 1-9).

Que Jesús llevara a cabo este milagro en dos ocasiones («como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer…»); que nos lo hayan transmitido los cuatro evangelistas y su reiteración en la Liturgia, son circunstancias que nos permiten calibrar su importancia y su significado profundo, más allá de remediar la necesidad de aquellos que se habían reunido en un lugar desierto, alejado de las poblaciones del entorno para escuchar la predicación de Jesús.

Es san Juan el evangelista que mejor expone este carácter de los milagros de Jesús como signo, ya que los presenta como una señal que provoca la fe del espectador en quien ha realizado el prodigio, es decir en Jesús como Hijo de Dios[1]. En este caso, al saciar el hambre de aquella multitud, Jesús la dispone a acoger el anuncio de que Él es el pan bajado del cielo (Jn 6, 38. 41), que sacia de modo definitivo y les anuncia la futura institución del Sacramento de la Eucaristía y sus frutos admirables. Por tanto, además de ser una muestra de la misericordia divina de Jesús con la necesidad material, la multiplicación de los panes y los peces es figura de la Sagrada Eucaristía, el verdadero alimento espiritual.

Aquí se esconde un misterio precioso de la forma que Dios tiene de hacer las cosas. Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos responden: «Siete». Siete panes y unos pocos pececillos. Una cantidad pequeña, insignificante a los ojos del mundo para alimentar a cuatro mil hombres en pleno desierto. El Señor no pide grandes multitudes ni el aplauso de las mayorías; pide fidelidad a esos «siete panes» y a todo lo que podemos ver representados en ellos.

En este desierto actual, donde las almas pueden experimentar la incomprensión, la sequedad o la prueba, resuena con fuerza la máxima espiritual de san Ignacio de Loyola: «en tiempo de desolación, nunca hacer mudanza»[2]. Ante la tormenta de las circunstancias que muchas veces nos rodean y que superan nuestra capacidad de iniciativa, el alma fiel no cambia de rumbo, no varía sus buenos propósitos, ni abandona las certezas de la fe. Se mantiene firme. Aunque a los ojos de muchos parezca un reducto insignificante o fuera de su tiempo, si ponemos esa escasez y esa constancia en manos de Dios con pureza de intención, Él comenzará el milagro y la transformará en sobreabundancia.

II. Sacrificio, Sacramento y disposiciones interiores. Como sabemos, Cristo instituyó la Eucaristía como sacrificio y como alimento, esto último «para que fuese sustento celestial de nuestras almas, con el cual pudiésemos conservar y mantener la vida espiritual»[3].

Esta doble condición de sacrificio y de sacramento explica también por qué en la Santa Misa se realizan dos consagraciones separadas: primero la del pan y después la del vino. ¿Por qué lo dispuso así el Señor? En primer lugar, para representar vivamente su Pasión. Al consagrar el Cuerpo y la Sangre de manera separada sobre el altar, la liturgia nos muestra místicamente aquella separación real que ocurrió en el Calvario, cuando la Sangre de Cristo se derramó por nuestra salvación.

Pero, además, el Señor quiso que este misterio fuera el alimento de nuestras almas. Por eso, el Catecismo de Trento nos recuerda que fue muy conveniente instituirlo bajo las especies de comida y bebida[4]. Así como el cuerpo humano necesita del alimento y de la bebida para estar perfectamente nutrido, Cristo adaptó este Sacramento a nuestra propia naturaleza, ofreciéndose Él mismo como el banquete perfecto que sostiene y vivifica nuestro espíritu.

En la Comunión recibimos al mismo Jesús que da a este sacramento una eficacia sobrenatural infinita. Cada Comunión es una fuente de gracias, una nueva luz y un nuevo impulso que, a veces sin notarlo, nos la fortaleza para afrontar la vida diaria. Pero la participación de estos beneficios depende también de la calidad de nuestras disposiciones interiores, porque los sacramentos producen un efecto mayor cuanto más perfectas son las disposiciones con las que se los recibe.

Por eso, debemos procurar que una buena preparación preceda a la Sagrada Comunión, y que le siga una fervorosa acción de gracias, según la posibilidad y condiciones de cada uno.

1º La buena preparación a la Comunión se hace con:

  • humildad sincera, basada por una parte en el sentimiento de la grandeza y santidad de nuestro Señor, y por otra en el de nuestra indignidad e indigencia;
  • fe viva en la presencia de nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento y en los maravillosos efectos de este celestial alimento: transformación en Jesucristo, comunión a sus misterios y a sus méritos, aplicación al alma de los abundantes frutos de la Redención;
  • confianza ilimitada en la bondad del Señor, que viene al alma para colmarla de sus gracias y para convertirse en su Padre, Esposo, Pastor, Médico y Amigo;
  • y ardientes actos de caridad y de deseo de unirse a Jesucristo y de entregarse por completo a su voluntad.

2º A su vez la acción de gracias se hará fervorosa y provechosamente:

  • adorando a Jesucristo en nuestro interior, en una actitud de donación completa de nosotros mismos y de coloquio afectuoso y filial con El;
  • renovando especialmente los actos de las virtudes teologales, que nos unen directamente con el Dios que acabamos de recibir: fe, esperanza y caridad;
  • y pidiendo aquellas gracias más necesarias para nosotros, para las personas por las que tenemos obligación de rezar, y por los grandes intereses de la Iglesia: el Sumo Pontífice, los Obispos, sacerdotes y almas consagradas, la conversión de los pecadores y la salvación de las almas[5].

III. Encontramos pues en este milagro un estímulo para llevar a plenitud la vida sobrenatural, la vida cristiana que se inició en nosotros el día de nuestro Bautismo y a servirnos para ello de los medios de santificación que el mismo Dios ha puesto a nuestro alcance, en especial el sacramento de la Eucaristía. A la Virgen María le pedimos que nos alcance la gracia de ser fieles, de mantenernos firmes en la fe que hemos recibido y corresponder a la vocación cristiana a la que hemos sido llamados. Así, Ella nos dará sus mismos sentimientos de adoración y de amor cada vez que su Hijo viene a nuestra alma en el sacrificio de la Eucaristía que recibimos como alimento espiritual.


[1] Cfr. Francesco SPADAFORA (dir.), Diccionario bíblico, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1959, 404.

[2] Ejercicios Espirituales, Reglas de la 1ª semana, 5ª regla.

[3] Catecismo Romano promulgado por el Concilio de Trento. Comentado y anotado por el R.P. Alfonso Mª Gubianas, O.S.B., Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1926, LXX, 482

[4] Ibíd., Catecismo Romano XXXV, 436.

[5] A. TANQUEREY, Compendio de Teología Ascética y Mística, París-Tournai-Roma: Sociedad de San Juan Evangelista-Desclée & Cía, 1930, 199-202.