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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Hch 4, 8-12)
8Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: 9Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; 10quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. 11Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; 12no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».
Evangelio (Lc 2, 21)
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

EL GRECO: Adoración del nombre de Jesús (1577), Patrimonio Nacional, Galería de las Colecciones Reales
Reflexión
I. Después de haber hecho memoria el pasado 1 de enero del momento en que le fue impuesto su nombre a Jesús en la ceremonia de la circuncisión, este domingo entre el 2 y 5 de enero (y si no lo hay, el 2 de enero) se dedica una fiesta propia a este nombre que significa Dios salva o bien Salvador y que no lo lleva el Hijo de Dios encarnado por voluntad de los hombres, sino por disposición divina.
Es por tanto un nombre que nos indica la identidad y la misión del Verbo encarnado[2] y que el evangelista san Mateo pone en relación con el anuncio del profeta Isaías del nacimiento de «Enmanuel», palabra que se traduce como «Dios-con-nosotros» (Mt 1, 23).
II: Cristo es verdaderamente «Dios-con-nosotros» porque es Dios hecho hombre. La veneración del nombre de Jesús va inseparable unida a la verdad de la Encarnación y, por tanto, podemos hacer algunas aplicaciones a nuestra vida cristiana.
También nosotros además de nuestro nombre propio nos llamamos cristianos. Por ello, no podemos ignorar cuántos beneficios hemos recibido a través de Jesús. Al contrario, debemos consagrarnos a nuestro Redentor y Señor para siempre como lo hemos profesado en el Bautismo, al declarar que renunciábamos a Satanás y al mundo y que nos entregábamos enteramente a Jesucristo. Debemos vivir de acuerdo con nuestra condición de bautizados, de hijos de Dios, de cristianos
Es lo que puede llamarse la circuncisión espiritual[4] (cfr. Rm 2, 25-29):
«Cristo ha sido circuncidado y nosotros tomamos parte en su circuncisión. Tal es la ingente tarea que nos impone nuestra redención. Es preciso mortificar las pasiones malas del hombre viejo. Aunque hayamos sido santificados en el bautismo llevamos siempre con nosotros una naturaleza corrompida, tenemos necesidad de una circuncisión continúa: la del corazón. Esto se realiza interiormente mediante la participación en los sagrados misterios y exteriormente mediante la tendencia personal hacia la perfección»[5].
Esta tendencia a la perfección supone también el desarrollo de la propia personalidad en todos los sentidos: trabajo, virtudes humanas, virtudes de convivencia, amor a todo lo verdaderamente humano… que se convierte en camino para la unión con Dios si es transformado por la acción de la gracia.
III. Demos hoy gracias a lo largo del día por los inmensos dones recibidos por la Encarnación del Hijo de Dios y la maternidad virginal de Santa María. Y que al venerar el nombre de Jesús mientras estamos en este mundo y recordando su entrega por nosotros, seamos alentados en la lucha por nuestra santificación con la esperanza de contemplarle por toda la eternidad en la gloria del Cielo.
[1] Cfr. Catecismo Romano I, 3, 5-7.
[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 430-435.
[3] Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 104-104.
[4] Cfr. J. THIRIET; P. PEZZALI, Archivo homilético para todas las domínicas y fiestas del año, vol. 5, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1950, 232-236.
[5] Pius PARSCH, El Año Litúrgico, Barcelona: Herder, 1964, 103.