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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Tit 2, 11-15)
11Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, 12enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, 13aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, 14el cual se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, dedicado enteramente a las buenas obras. 15De esto es de lo que has de hablar. Exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te menosprecie.
Evangelio (Lc 2, 21)
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción

Giovanni Bellini: Circuncisión del Señor (ca. 1500). National Gallery. Londres
Reflexión
En este 1 de enero la Iglesia propone varios motivos a nuestra consideración.
I. En primer lugar, hoy termina la Octava de la Natividad del Señor.
La liturgia llama “Octava” a la celebración continuada durante ocho días de una festividad solemne. La simbología del número 8 es muy elocuente. En la cultura helenística en la que nació la Iglesia representaba la perfección definitiva propia de la eterna bienaventuranza y para nosotros adquiere una connotación semejante si pensamos, por ejemplo, que la semana tiene siete días. El día octavo, es a la vez el primero, el que está más allá de todo día, símbolo y anticipo de la eternidad. Es más, el día octavo es símbolo del mismo Cristo, Lucero de la mañana, verdadero Día sin ocaso.
II. Como se nos relata escuetamente en el Evangelio, al octavo día de su Nacimiento Jesús fue sometido a una ceremonia de carácter religioso: la Circuncisión, en la que le fue impuesto el nombre que Dios había revelado a la Virgen María y a San José y que indica su condición de Salvador nuestro: «Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).
La Circuncisión de Jesús constituye una de las fases de la Redención que anuncia con anticipación la Sangre de la nueva y eterna alianza que Él derramará en la Cruz para el perdón de los pecados. Por eso la fiesta de hoy también nos habla de la relación entre la Navidad y la Pascua, entre el pesebre y la Cruz. El Niño reposa en el pesebre envuelto en pañales y derrama ya su sangre por nosotros.
III. Y, por último, es un tema central de esta Celebración la función de María en la obra de la Salvación, tanto en relación con Cristo, que por medio de Ella ha recibido la naturaleza humana, como con los miembros de su Cuerpo: es la Madre de la Iglesia que intercede por nosotros (DH, 123)
Mediante la maternidad virginal de santa María, Dios entregó a los hombres los bienes de la salvación eterna (or. colecta) y por medio de Ella nos sigue llegando la gracia que es la misma vida divina en nosotros.
Por eso, el título de «Madre de Dios» subraya la misión única de la Virgen santísima en la obra de la redención, misión que es el motivo de la devoción y el culto de que es objeto por nuestra parte: los cristianos acudimos a la Virgen como mediadora entre Dios y los hombres y dispensadora universal de todas las gracias.
En la maternidad divina de la Virgen María vemos también una figura de la Iglesia que nos enseña su parte y la nuestra en la obra de la redención pues la Iglesia nos hace llegar la gracia santificante mediante los medios que pone a nuestro alcance, en particular los sacramentos que nosotros debemos recibir dignamente y procurar después que toda nuestra vida se ajuste a nuestra condición de hijos de Dios por el cumplimiento de su santa Ley y la práctica de las virtudes.
IV. Recordemos también, cómo el inicio de un año nuevo nos ofrece la ocasión de dar gracias a Dios por los bienes recibidos durante el año que termina y pedir los que necesitemos en el que comienza. Especialmente para que el mundo en el que vivimos encuentre la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
El Señor nos conceda a cuantos celebramos hoy la solemnidad de la Madre de Dios, que así como nos llena de alegría celebrar el comienzo de nuestra salvación al recordar el Nacimiento de Cristo, nos alegremos un día de alcanzar su plenitud en la Gloria del Cielo.
Cfr. Pius PARSCH, El Año Litúrgico, Barcelona: Herder, 1964, 101-104 y CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Directorio homilético (2014), nº 123