Widgetized Section

Go to Admin » Appearance » Widgets » and move Gabfire Widget: Social into that MastheadOverlay zone

3 enero 2026 • Los hechos ocurrieron justo 48 horas antes de que el destino de toda la nación diera un vuelco definitivo.

Moisés Domínguez Núñez

El último disparo del general Amado Balmes

Fuente: Archivo familia Balmes

El sol golpeaba la batería de San Fernando en las Palmas de Gran Canaria aquel 16 de julio de 1936. El General Amado Balmes, experto tirador, apuntaba con precisión… hasta que la muerte encontró su blanco. En un instante, la rutina se volvió tragedia, y la historia de una nación estaba a punto de cambiar.

En el siguiente estudio veremos, paso por paso, qué le ocurrió aquella fatídica mañana de la festividad de la Virgen del Carmen.

I. La Inspección de un Experto Tirador (10:30 AM)

Aquel jueves 16 de julio de 1936, festividad de la Virgen del Carmen, el sol comenzaba a calentar la piedra volcánica en la batería de San Fernando, en La Isleta.

El General Amado Balmes, hombre que manejaba las armas cortas con maestría, no faltaba a su cita habitual con la precisión. Esa mañana, ordenó a su chofer Manuel Escudero Díez que condujera hasta los cuarteles de ingenieros e infantería en La Isleta, para posteriormente dirigirse al campo de tiro como parte de una inspección de material. Una vez llegado al lugar ordenó al conductor dar la vuelta al Hispano-Suiza para encarar la salida.

Escudero, siguiendo el protocolo, extrajo las cuatro pistolas Astra Modelo 1931 (400) y el arma reglamentaria, disponiéndolas sobre el estribo del coche con sus cargadores y fundas. Tras colocar las tablillas de tiro, el General comenzó la prueba. Nada hacía presagiar que el acero que tanto conocía le traicionaría esa mañana.

II. El Accidente en la Batería (10:45 AM)

Tras dos tandas brillantes, Balmes encaró la tercera Astra. Al disparar el último cartucho, el arma sufrió una interrupción; la corredera no cerró. Con los guantes de piel aceitados y ante la dureza de un muelle recuperador nuevo, el General buscó el máximo punto de apoyo: apoyó la culata directamente sobre su guerrera, a la altura del epigastrio izquierdo, e inclinó el tronco con fuerza para hacer palanca.

En ese esfuerzo máximo, la mano izquierda resbaló sobre el metal húmedo de aceite. Por un puro reflejo de sujeción, la mano derecha se cerró y el dedo accionó el disparador. El proyectil atravesó la guerrera y el abdomen, destrozando el bazo y alojándose finalmente en la vértebra L5.

Ilustración del autor

III. El Agónico Trayecto (10:45 – 11:15 AM)

El General cayó inmediatamente desplomado sobre un gran charco de sangre y barro formado por la hemorragia y el polvo de la batería. Escudero, en solitario y bajo un choque emocional profundo, lo arrastró como pudo hasta el coche. Tras recoger al Sargento José López López en el cuartel de infantería, el Hispano-Suiza voló hacia el Puerto.

Dentro del vehículo, el escenario era dantesco. Balmes, desangrándose imparable, se quejaba de un dolor agudo en una pierna, consecuencia del impacto en la columna. Entre estertores, el General lanzó su ruego más íntimo:

—»¡Malditas pistolas! ¡Que no se entere Julia! Escudero, no le diga nada de esto a mi esposa ni a mi hija Julita».

El sargento sostenía su cuerpo, notando con espanto que Balmes estaba ya helado como un témpano de hielo.

IV. La Casa de Socorro y la Transfusión (11:15 – 11:45 AM)

Al llegar a la Casa de Socorro del Puerto, el General fue colocado sobre una mesa. Los médicos de guardia, Rafael O’Shanahan y Bravo de la Laguna, acudieron de inmediato junto a los doctores Ley y Valle. Balmes, con la respiración entrecortada, repetía: «¡Qué fatalidad! ¡Me ahogo!».

En un intento desesperado, un enfermero se prestó como donante para una transfusión de sangre in situ. Pese al esfuerzo, el estado del General era demudadísimo. Ante la gravedad irreversible, el galeno Rafael O’Shanahan ordenó el traslado inmediato en ambulancia al Hospital Militar.

V. El Final y el Certificado de Tomasetty (11:45 – 12:30 PM)

El Capitán Médico Fernando López Tomasetty llegó a la Casa de Socorro en el preciso instante en que la ambulancia iniciaba su marcha. Sin dudarlo, Tomasetty siguió al vehículo hasta el Hospital Militar, donde asumió la dirección de los auxilios de urgencia.

Se aplicaron balones de oxígeno e inyecciones de alcanfor para sostener el pulso. Tomasetty preparó nuevas transfusiones, pero el bazo aniquilado y la pérdida de sangre en el coche habían dictado sentencia. A las 12:30 horas, tras agotar todos los recursos de la medicina militar, el Capitán Tomasetty certificó la muerte del General Amado Balmes.

El maestro tirador había perdido su última batalla contra la fatalidad, justo 48 horas antes de que el destino de toda la nación diera un vuelco definitivo.