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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Gal 4, 1-7)
1Digo además que mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo siendo como es dueño de todo, 2sino que está bajo tutores y administradores hasta la fecha fijada por su padre. 3Lo mismo nosotros, cuando éramos menores de edad, estábamos esclavizados bajo los elementos del mundo. 4Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, 5para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. 6Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!». 7Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.
Evangelio (Lc 2, 33-40)
33Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. 34Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción 35—y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». 36Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, 37y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. 38Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. 39Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT, Presentación de Jesús en el Templo (c.1886-96), Brooklyn Museum
Reflexión
I. Celebramos hoy el Domingo dentro de la octava de la Natividad del Señor y los textos litúrgicos de esta Misa nos proponen una mirada de conjunto al misterio de la Navidad a través de tres temas íntimamente unidos: el Nacimiento de Jesús, su Pasión y los frutos que nosotros recibimos. Podemos decir, por tanto, que subrayan la unidad del misterio redentor, llevándonos del pesebre de Belén a la Cruz del Calvario[1].
Esta íntima vinculación entre la Encarnación y la Redención aparece en las palabras pronunciadas por Simeón con el Niño Jesús en sus brazos y dirigidas a la Virgen María que leemos en el santo Evangelio (Lc 2, 33-40): «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Con la profecía de Simeón, María supo que le aguardaba un gran dolor, y que ese dolor se relacionaba con la redención del mundo. «Desde aquel momento comenzó María a ser verdaderamente la Virgen de los Dolores»[2].
También la Epístola de san Pablo (Gal 4, 1-7) se refiere a la presencia de la Virgen María en los misterios de la Encarnación y de nuestra Redención: «cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial». Estos versículos afirman explícitamente la preexistencia de Jesucristo y su encarnación en el seno de una mujer: la Virgen María.
II. Vemos pues que la Virgen tiene una misión como cooperadora en el misterio de la redención realizado por Cristo por dos razones fundamentales:
Pero además, la Maternidad espiritual de María se consuma de hecho en la obra de nuestra santificación. El Espíritu Santo santifica nuestras almas, mediante la efusión de sus gracias, con la cooperación incesante de María. Puesto que toda gracia procede del «fiat», lleno de caridad, que María pronunció el día de la Anunciación, y de los méritos del Sacrificio del Calvario, el Espíritu Santo nos aplica todas las gracias con la mediación actual de Jesús y de María, nuestra Abogada ante Jesús. Por eso se proclama a María «Tesorera, Canal y Dispensadora de todas las gracias». El que desee gracias debe recurrir a María; y el que recurre a María puede estar seguro de obtener las gracias que desea[4].
El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha publicado el pasado 4 de noviembre una “Nota doctrinal” (Mater Populi fidelis) en la que se califica de «siempre inoportuno el uso del título de Corredentora para definir la cooperación de María». Al hilo de las observaciones que se han hecho a este documento recordando la reiterada utilización del término por el Magisterio de la Iglesia y por innumerables teólogos, predicadores y santos, cabe recordar el cuidadoso tratamiento que daba a la cuestión Pietro Parente. La idea de una cooperación de María a nuestra salvación es tan antigua como el cristianismo y tiene su fundamento dogmático en la maternidad divina, por la cual Cristo y su obra pertenecen en cierto sentido verdadero a María. Esta es doctrina fuera de toda discusión en la que hay unos puntos doctrinales ciertos y otros controvertidos «Aunque ciertamente la asociación de la Virgen a su divino Hijo importa también alguna participación directa e inmediata si bien misteriosa, a la obra redentora de Jesucristo. El título de Corredentora está, por lo tanto , plenamente justificado»[5].
III. Por todo lo que venimos diciendo, necesitamos de la Virgen en nuestra vida cristiana. Si nosotros la tratamos frecuentemente, El ejemplo de su vida, por ser la de una criatura igual a nosotros en todo menos en el pecado, se nos hace muy cercano. Y su protección, por muchas que sean nuestras debilidades, nos hará salir airosos de cualquier dificultad y nos allanará el camino haciéndolo más llevadero.
Para ello basta con que aprendamos a quererla con el mismo corazón con el que amamos a nuestros seres más queridos, con la misma sencillez, con la misma confianza… A veces bastará un gesto, una mirada, el beso a una de sus imágenes… otras podremos recurrir a las formas tradicionales en que la piedad cristiana ha expresado su devoción por María: invocándola al acostarnos y al levantarnos, rezando el Angelus y el Rosario… Con éstas y otras prácticas de piedad mariana iremos creciendo en amor a Ella y, necesariamente en amor a Jesucristo.
IV. San Lucas nos dice que María «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19) y que «conservaba todo esto en su corazón» (v. 51). Es decir, observaba, admirada, el modo como Dios iba preparando y realizando la obra de su Hijo a la que Ella estaba asociada.
Pidámosle su intercesión para que nos alcance de su Hijo la gracia de ser capaces de penetrar un poco más en la hondura y en la belleza de estos misterios del nacimiento y la infancia de Jesús. Y como como cooperadora de su Hijo en la obra de nuestra redención y santificación, no olvidemos que Ella es el camino más corto para llegar a su Hijo: «a Jesús por María».
[1] Cfr. Pius PARSCH, El Año Litúrgico, Barcelona: Herder, 1964, 96-97.
[2] Antonio ROYO MARÍN, La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas, Madrid: BAC, 1997, 18.
[3] Cfr. Ibíd., 140.
[4] Cfr. ibíd., 181-203.
[5] Cfr. voz “Corredentora” in: Pietro PARENTE; Antonio PIOLANTI; Salvatore GAROFALO, Diccionario de Teología Dogmática, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1955, 90-91.