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7 diciembre 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

II Domingo de Adviento: 7-diciembre-2025

Epístola (Rom 15, 4-13)

4Pues, todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. 5Que el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús; 6de este modo, unánimes, a una voz, glorificaréis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. 7Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. 8Es decir, Cristo se hizo servidor de la circuncisión en atención a la fidelidad de Dios, para llevar a cumplimiento las promesas hechas a los patriarcas 9y, en cuanto a los gentiles, para que glorifiquen a Dios por su misericordia; como está escrito: Por esto te alabaré entre los gentiles y cantaré para tu nombre. 10Y en otro lugar: Regocijaos, gentiles, junto con su pueblo. 11Y además: Alabad al Señor todos los gentiles, proclamadlo todos los pueblos. 12E Isaías vuelve a decir: Aparecerá el retoño de Jesé y el que se levanta para dominar a los gentiles; en él esperarán los gentiles. 13Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo.

Evangelio (Mt 11, 2-10)

2Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: 3«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». 4Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. 6¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». 7Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? 8¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. 9Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. 

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. El Evangelio de este segundo domingo de Adviento nos presenta a san Juan Bautista que, con su predicación en el desierto de Judea, llamó al pueblo de Israel a convertirse, a estar preparado para la inminente venida del Mesías. La misión de san Juan Bautista es el último momento de la preparación que, durante siglos, Dios había hecho de la venida de su Hijo a la tierra. Por eso se le denomina “el precursor”: «Precediendo a Jesús […], da testimonio de Él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio».

Al presentarnos a san Juan Bautista como precursor de Jesucristo en su primera venida, la Liturgia de este domingo nos invita a prepararnos para su segunda venida como lo hicieron los profetas y san Juan en su primera venida. Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza la espera del Mesías y, participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, lleva a los fieles a renovar el deseo de su segunda Venida en gloria y majestad (cfr. CATIC, 522-524).

II. Para los evangelistas, la predicación de san Juan Bautista que anuncia a Jesucristo es el cumplimiento de la profecía de Isaías (cfr. Is 40, 1ss) quien presenta al mensajero o pregonero que en la antigüedad se encargaba de anunciar la llegada de los reyes, intimando a los habitantes que arreglasen los caminos y alejasen todos los obstáculos. Ello obligaba a rellenar valles y hondonadas, rebajar montes y colinas, enderezar sendas torcidas… Por eso, los evangelistas dicen de san Juan: «Voz de quien grita en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos» (Mc 1, 3).

La preparación a la que invita san Juan Bautista se define con una palabra griega que significa «cambio de manera de pensar». Es lo que llamamos «conversión» o «penitencia» y la penitencia puede considerarse como virtud y como sacramento.

  • La penitencia como virtud, o penitencia interior, es la disposición del alma por la que nos convertimos de veras a Dios, detestamos los pecados cometidos, y nos proponemos cambiar nuestra vida con la esperanza de obtener el perdón de la divina misericordia divina.
  • La Penitencia como Sacramento, o penitencia exterior. Para facilitarnos y asegurarnos el perdón de nuestros pecados, Jesucristo dispuso que los actos de la virtud de penitencia constituyeran la materia del Sacramento de la Penitencia. El pecador arrepentido muestra, por sus palabras y actos, haber separado su corazón del pecado cometido; y el sacerdote manifiesta, por lo que dice y hace, la misericordia de Dios, que perdona los pecados.

III. Podemos preguntarnos si el mensaje de San Juan Bautista tiene algo que decirnos a nosotros. Si todavía hoy, dos mil años después, es necesario convertirse, prepararse para recibir a Cristo que viene. A eso nos exhorta san Pablo en la Epístola: «Pues, todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rom 15, 4)

La espera de la segunda venida de Cristo, de la Parusía, es un poderoso motivo de santificación. Puesto que el mundo presente está destinado a desaparecer y «el Día del Señor llegará como un ladrón» (2Pe 3, 10), hay que estar preparados llevando una vida santa: «Puesto que todas estas cosas van a disolverse de este modo, ¡qué santa y piadosa debe ser vuestra conducta» (v.11). Si los cristianos esperamos un mundo nuevo, debemos comportarse de tal manera que seamos hallados por el Señor en una disposición moral y espiritual tal que nos permita entrar en él (v.14). ¿Qué otros deseos debemos tener sino despreciar las cosas terrenas y amar las celestiales? (or. poscom.).

IV. A punto de celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción, recordemos que la devoción a la Virgen es la mayor garantía para alcanzar los medios necesarios y la felicidad eterna a la que hemos sido destinados. Que Ella nos recuerde que este mundo sólo es camino para el otro. Y que nos alcance de su Divino Hijo la gracia de que todos los que la veneramos en la tierra podamos reunirnos un día para cantar sus alabanzas en el Cielo.