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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Flp 3, 17-21; 4, 1-3)
17Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. 18Porque —como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: 19su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas. 20Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. 21Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
[4] 1Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos. 2Ruego a Evodia y también a Síntique que piensen lo mismo en el Señor. 3Y a ti en particular, leal compañero, te pido que las ayudes, pues ellas lucharon a mi lado por el Evangelio, con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.
Evangelio (Mt 9, 18-26)
18Mientras les decía esto, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá». 19Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. 20Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, 21pensando que con solo tocarle el manto se curaría. 22Jesús se volvió y al verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado». Y en aquel momento quedó curada la mujer. 23Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, 24dijo: «¡Retiraos! La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él. 25Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó. 26La noticia se divulgó por toda aquella comarca.

James Tissot: Cristo resucitando a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga (1884-96) Brooklyn Museum
Reflexión
I, Las lecturas de este Domingo nos ayudan a considerar la verdad de nuestra fe que profesamos en el Credo al hablar de la resurrección de los muertos o (como precisa el Credo de los Apóstoles) la resurrección de la carne, una expresión que «significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros «cuerpos mortales» (Rm 8, 11) volverán a tener vida» (CEC 990).
En la Epístola (Flp 3, 17-21; 4, 1-3), san Pablo nos recuerda que somos ciudadanos del cielo. Cristo transformará nuestro cuerpo y se escribirán nuestros nombres en el libro de la vida. Y en el Evangelio vemos cómo la curación de la mujer que padecía flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo anuncian que el retorno glorioso de Cristo significará la liberación de las enfermedades y la resurrección del cuerpo. Con razón leemos en la antífona del introito: «Dice el Señor: Yo tengo designios de paz sobre vosotros, y no de aflicción; me invocaréis y Yo os escucharé; os haré volver del cautiverio y os reuniré de todos los lugares adonde os había desterrado» (Jer 29, 11-12. 14). La palabra paz se aplica aquí a la eterna bienaventuranza y la muerte se ve como un regreso a la Jerusalén celeste, a la patria celestial del cristiano.
II. Esta consideración de la muerte llena de esperanza y de consuelo aunque no suprime su carácter enigmático ni la angustia que nos provoca, es posible porque, gracias a Cristo, la muerte adquiere un sentido positivo cuando los que mueren en gracia de Dios participación en la muerte del Señor para poder participar también un día en su Resurrección.
(cfr. CEC 988-1014) Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. «Nacido de mujer» (Gal 4, 4) y descendiente de Adán (Lc 3, 37), fue en todo igual a nosotros menos en el pecado (Hb 4, 15), o sea que sin tener pecado heredó y soportó como nosotros las consecuencias del pecado, esto es, la naturaleza sujeta a la muerte, al cansancio, a la tristeza y al miedo. Pero, a pesar de su angustia frente a la muerte, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre.
Por el Bautismo, estamos ya sacramentalmente «muertos con Cristo», para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Dios, la muerte física consuma este «morir con Cristo» y perfecciona así nuestra incorporación a Él. Por eso creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado de entre los muertos, y vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado. «Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana» (CEC 991).
III. Estas verdades de nuestra fe nos dan dos grandes lecciones para la vida cristiana:
Hoy un cristiano necesita capacidad de discernir para detectar y denunciar las falsedades sobre las que se construye el mundo moderno desde que perdió su fundamento sobrenatural en la verdad que Dios nos ha revelado y en el cumplimiento de su Ley. En estos tiempos de confusión es necesaria más que nunca una fe firme y vigilante, una fe consciente y bien formada.
IV. Le pedimos a la Virgen María, Madre del Verbo encarnado, que nos acompañe en nuestra peregrinación terrena, para que usemos las cosas temporales de tal modo que nos sirvan de medio para alcanzar las eternas. Y que ella sostenga el testimonio de todos los cristianos, apoyado siempre en una fe firme y perseverante en medio de las dificultades que podamos encontrar.