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4 octubre 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XVII Domingo después de Pentecostés: 5-octubre-2025

Epístola (Ef 4, 1-6)

1Así, pues, yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. 2Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, 3esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. 4Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. 5Un Señor, una fe, un bautismo. 6Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.

Evangelio (Mt 22, 34-46)

34Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar 35y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: 36«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». 37Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. 38Este mandamiento es el principal y primero. 39El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 40En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas». 41Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús una cuestión: 42«¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es hijo?». Le respondieron: «De David». 43Él les dijo: «¿Cómo entonces David, movido por el Espíritu, lo llama Señor diciendo: 44“Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”? 45Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». 46Y ninguno pudo responderle nada ni se atrevió nadie en adelante a plantearle más cuestiones.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James Tissot: Los fariseos cuestionan a Jesús. Ilustración para la vida de Cristo (1886-96). Brooklyn Museum of Art, New York, USA

Reflexión

I. El Evangelio de este Domingo (Mt 22, 34-46) se sitúa en el martes posterior a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, apenas unos días antes de su Pasión. En ese momento, los enemigos del Señor (fariseos, saduceos, herodianos) formaron un frente único y se reunieron para proponerle sucesivamente diversas cuestiones con la intención de acusarle distorsionando sus respuestas como vemos después en el juicio ante Pilato: «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey» (Lc 23, 2).

El texto que leemos se divide en dos partes: en la primera, uno de los fariseos plantea una cuestión a Jesús («Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?»: v. 36; cfr. Lc 10, 25-28) y Él responde en unos términos semejantes a la parábola del Buen Samaritano (cfr. Domingo XII después de Pentecostés). Pero entonces el Señor toma la iniciativa y les hace una pregunta: «¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es hijo?» (v. 42). No olvidemos que estaba muy próximo el Domingo de Ramos, con las aclamaciones a Jesús como Mesías que todos habían escuchado: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» (Mt 21, 9).

Precisamente «Hijo de David», el título mesiánico más frecuente, era la respuesta a la pregunta de Jesús y así le responden. Ahora bien, si el Mesías es «hijo de David» ¿cómo éste le llama «Señor» en el salmo 109 [1], «movido por el Espíritu» (v. 43), es decir inspirado por Dios? Según la mentalidad judía, ningún ascendiente podía llamar señor a sus sucesores, sino todo lo contrario, y mucho menos de una manera tan enfática como lo hace el salmo.

La cuestión planteada por Jesús, únicamente se resolvía afirmando que el mesías, además de hijo de David según la carne, era Hijo de Dios. Citando este salmo, el Señor prueba a los judíos la divinidad de su Persona pues el Mesías es presentado como Hijo de Dios, rey futuro y sacerdote para siempre.

II. La pregunta de Jesús («¿Qué pensáis acerca del Mesías?» equivale a preguntarnos a nosotros qué pensáis acerca de Cristo y nos sirve para recordar que Jesús es:

  • Dios (Hijo de Dios engendrado desde toda la eternidad, consustancial al Padre) y Hombre (descendiente de David según la carne, nacido de la Purísima Virgen María).
  • Por tanto, hay en Él dos naturalezas: la divina (que posee desde toda la eternidad) y la humana (que tomó al encarnarse). Y estas dos naturalezas foman una sola persona divina.

Por eso, a Jesús debemos:

  • Adorarle como a Dios y darle gracias como nuestro Redentor.
  • Obedecerle y estar dispuestos a poner en práctica su voluntad.
  • Imitarle procurando conocer su vida y su doctrina ya que por el Bautismo hemos sido hechos miembros de su Cuerpo místico y por la sagrada Comunión nos unimos a Él.

III. Procuremos conocer y amar a Cristo, y hagamos el propósito de imitarle a fin de que después de haber vivido unidos a Él aquí en la tierra por la gracia, merezcamos verle y gozar de Él por toda la eternidad en la gloria.


[1] Salmo 109 (110)

1 Salmo de David.

Oráculo de Yahvé a mi Señor:

“Siéntate a mi diestra,

hasta que Yo haga de tus enemigos

el escabel de tus pies.”

2 El cetro de tu poder

lo entregará Yahvé (diciéndote):

“Desde Sión impera

en medio de tus enemigos.”

3 Tuya será la autoridad

en el día de tu poderío,

en los resplandores de la santidad;

Él te engendró del seno antes del lucero.

4 Yahvé lo juró y no se arrepentirá:

“Tú eres Sacerdote para siempre

a la manera de Melquisedec.”

5 Mi Señor está a la diestra de (Yahvé).

En el día de su ira

destrozará a los reyes.

6 Juzgará las naciones,

amontonará cadáveres,

aplastará la cabeza de un gran país.

7 Beberá del torrente en el camino;

por eso erguirá la cabeza.

(Traducción de Mons. Straubinger)